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Sueños y pesadillas

Dr. Fernando de Jesús Hernández Estrada.- Tomé consciencia de mí, al sentir la frialdad del suelo; estaba acostado en la superficie  áspera de un largo dormitorio en tinieblas, con una atmósfera pesada y deprimente, que proyectaba hacia la insondable oscuridad sensaciones fantasmagóricas y de un profundo malestar físico; un terror que casi podía sentir embarrándose por toda mi piel.  

Alrededor,  personas durmiendo a poca distancia en numerosas camas. Se escuchaba el respirar suave de aquellos que duermen apaciblemente, pero también algunos ronquidos sordos e irregulares con su componente de gruñido. Yo estaba experimentando un malestar intenso pero impreciso, de incomodidad tal, que me impedía relajarme… Tenía miedo!, un miedo intenso e incontenible…  Giraba el cuerpo para variar mi postura corporal para aligerar la molestia, sólo para descubrir que, allá al fondo de la cama, (Yo estaba extendido en el suelo) observaba un niño sombrío de aproximadamente 8 años, con sombrero antiguo y una soga de charrería en sus manos, realizando un movimiento agresivo y dirigiendo su mirada fija y siniestra hacia mí.  Entonces, con un espanto profundo, presentía que me harían cautivo para feos y retorcidos rituales demoniacos. 

Modificaba mi postura acostándome de lado para dar la espalda a ese sueño macabro, sin embargo, al otro lado, percibía con nitidez la presencia de una bonita chica que me miraba con una intensa angustia, luciendo un vestido desagarrado, que evidenciaba una desnudez desprovista de sensualidad, más bien como de una persona que ha permanecido en cautiverio durante un tiempo prolongado. En sus ojos se adivinaba un inaudible grito de auxilio, expresando con elocuencia un superlativo sufrimiento, ya que se encontraba bajo el poder maligno de un viejo desagradable el cual permanecía en la penumbra, pero sus ojos brillaban rojos y malignos así que, al mirar la solicitud de ayuda que ella solicitaba con anhelo, dirigía su temible odio hacia mí, con un poderío que yo era capaz de adivinar por algún tipo de transmisión mental.  

Mi estado emocional, como se podrá comprender, era de gran alarma y me encontraba en un estado de angustiosa soledad y desamparo.  Pronto comprendí que estaba experimentando una pesadilla; inicié la noche con malestar general y constipación nasal. La fiebre apareció y a pesar del clima tan benigno, moría de frío. 

La metodología utilizada para atender esta pesadilla fue: primero, determinar, -aún dentro del terror más profundo-, que es sólo un sueño. El siguiente paso, es influir en el curso de los acontecimientos febriles, para llevarlo a un razonablemente buen resultado, es decir, ganarle a la pesadilla y llevar un control posterior de aquellos sueños turbulentos que inquietan para buscar interpretar su origen y así, atenderlos para solucionarlos. Finalmente, siempre antes de ir a dormir, mentalizarse para “dirigir” la ensoñación.

También está la terapia utilizada por Linehan (Linehan, 2015) que atiende aquellos casos de pesadillas graves o agobiantes:

• Prender la luz y decir en voz alta en donde te encuentras 

• Cambiar de posición o sentarte. Si temes volver a dormirte por miedo a tener nuevamente la pesadilla, buscar algo que hacer para bajar la intensidad emocional: (meditación, respiración, ducha, o mojarse la cara con agua fría.)

• Al despertar de una pesadilla, “hacer tierra”: desplazar la atención de la pesadilla hacia algo del ambiente (nombrar 5 cosas que ves, 4 cosas que escuchas, 3 cosas que tocas como las sábanas, el sillón, la tela de la ropa de dormir, 2 cosas que hueles y 1 cosa que percibes al gusto o recordar el sabor de un alimento).

• Identificar lo que está pasando y describir las emociones corporales incluyendo las sensaciones como palpitaciones, calor, temblor, etc).”

• Antes de volver a dormir pensar cosas que tranquilicen, como un perfume especial, una manta suave o un audio con música relajante.

Espero que los dos métodos descritos hayan sido de utilidad y no olviden que éstos, no reemplazan la consulta con un terapeuta, sobre todo cuando son asociadas a trauma y como dijo Jill Scott: “sólo porque tengan una pesadilla no significa que dejen de soñar”. 

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