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Navidad

Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca.- En mi opinión, celebrar la Navidad es conectarnos espiritualmente con Dios. Es el efecto de la chispa de la luz con la que nacimos. Aquella lucecita que en el vientre materno provocó la vida en cuerpo y alma de mi ser indefenso y vulnerable protegido por mamá. Así como María protegió al niño Dios.

Celebrar la Navidad es encontrar la solución del conflicto que tengo conmigo mismo, para superar la vanidad, la envidia, el resentimiento o todo tipo de dolor que produce la conducta lesiva hacia los demás que me aleja de la felicidad. Es para meditar con honestidad para verme por dentro.

Cada Navidad debe ser diferente porque cada año maduramos y podemos identificar nuestros errores del pasado que ya no existe y los que podemos remediar a través del perdón. Meditar y perdonar el consentimiento de lo que me arrepentí después y que ya no se puede reparar el daño, pero si me perdono puedo seguir adelante.

La experiencia que adquirimos en la vida a través de nuestros errores nos sitúa con claridad cuando fracasamos o tocamos un fondo de sufrimiento que nos estanca y sufrimos las consecuencias, pero podemos cambiar, podemos encontrar la solución si nos damos cuenta.

En Navidad celebramos el nacimiento del hijo de Dios, aquel niño que creció entre nosotros con un mensaje de amor sin limitaciones y con sabiduría para poner a cada uno en su lugar. Es el día que une a las familias del mundo entero para obsequiarnos regalos y darnos el abrazo de la paz. Basta con sentir en nuestros corazones a Dios con toda su fortaleza, fe y esperanza.

Demos el abrazo sincero y seamos honestos para identificar nuestros defectos de carácter para cambiar todo lo que me impide abrazar, amar y pedir perdón. Es sencillo. Solo hay que decirlo con palabras como estas: “te quiero”, “te amo”, “te necesito”, “eres el amor de mi vida”, “gracias por aceptarme como soy”.

Demos gracias a Dios por todo lo concedido en salud y trabajo. Por los éxitos y superación personal. Por los hijos deseados y bienvenidos con amor. Con oraciones y meditación a la hora de cenar y el brindis con los buenos deseos y en sana armonía.

De acuerdo con la capacidad de cada familia, celebremos que a pesar de que en el mundo hay guerras, violencia y odio, prevalece la presencia de Dios en nuestros corazones y se manifiesta con milagros diariamente. La fuerza de la oración es efectiva y nos pone en contacto directo con el Creador.

Cuidemos de todo mal, primero a la niñez tan hermosa que tenemos y a nuestras mujeres, porque ellas son la fuente de la vida y la niñez el día de mañana serán los que guíen en el mundo a la sociedad civil y el buen gobierno. Pidamos en Navidad por la vida de todo ser y por los pobres que nacieron en esas condiciones para que tengan la oportunidad de superar lo que les falta.

Hay que ubicarnos en que ya no existe el pasado para despejar nuestra mentes de todo tormento y evitar especular con malos pensamientos. Hay que vivir el presente que sí existe para dar lo mejor de sí mismo, principalmente con la gente que convivimos. Los mandamientos de Dios son la guía para ser mejores.

Esta Navidad demos gracias porque estamos vivos y recordemos a nuestros ausentes. Seamos tolerantes, prudentes y pacientes con gratitud hacia nuestros semejantes conocidos y desconocidos. Seamos empáticos con el prójimo.

Esta Navidad deseo que todos seamos honestos más que buenos. Porque los buenos no necesariamente son honestos. La honestidad es la gran virtud que nos permite ver la realidad. Y todos necesitamos de todos. La gran familia mexicana es única en el mundo en valores religiosos y morales.

Del Libro Grande de Alcohólicos Anónimos Capítulo 11 les comparto esta reflexión que me parece hermosa:

“Nos damos cuenta de lo poco que sabemos. Dios constantemente nos revelará más, a ti y a nosotros. Pídele a Él, en tu meditación por la mañana, que te inspire lo que puedes hacer ese día por el que todavía está enfermo. Recibirás la respuesta si tus propios asuntos están en orden. Pero obviamente, no se puede transmitir algo que no se tiene. Ocúpate pues, de que tu relación con Él ande bien y grandes acontecimientos te sucederán a ti y a infinidad de otros. Esta es para nosotros la gran realidad.

Entrégate a Dios, tal como tú Lo concibes. Admite tus faltas ante Él y ante tus semejantes. Limpia de escombros tu pasado. Da con largueza de lo que has encontrado y únete a nosotros. Estaremos contigo en la Fraternidad del Espíritu y seguramente te encontrarás con algunos de nosotros cuando vayas por el Camino del Destino Feliz.

Que Dios te bendiga y conserve hasta entonces”.

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