Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca (Abogado y Facilitador Privado No. 24).- Cada 10 de mayo, México hace una pausa en medio del vértigo cotidiano para observar una figura esencial, silenciosa y gigantesca que es la madre. No existe homenaje suficiente para quien, desde el primer latido de vida de un hijo, comienza a construir una historia de amor que pocas veces reclama reconocimiento, pero que sostiene buena parte del alma de una nación.
La madre mexicana ha cambiado con el paso de las décadas. Atrás va quedando aquella imagen de la mujer obligada a vivir bajo estructuras rígidas, sometida muchas veces a un entorno machista, desigual y limitado en oportunidades. Hoy vemos mujeres preparadas, profesionistas, emprendedoras, servidoras públicas, líderes sociales, trabajadoras incansables y jefas de familia que han demostrado una fortaleza admirable para abrirse camino en una sociedad compleja y desafiante.
La mujer de hoy piensa distinto, decide distinto y vive con mayor libertad su condición de ser humano pleno. Ha conquistado espacios legítimos en todos los ámbitos de la vida pública y privada. Y eso merece reconocimiento.
Pero, en medio de todos esos cambios sociales, culturales y económicos, hay algo que permanece intacto, inmutable y profundamente sagrado: el amor verdadero de una madre por sus hijos.
Ese amor no conoce horarios ni descansos. No pregunta cuánto cuesta sacrificarse. No mide desvelos ni contabiliza lágrimas. Está presente en la enfermedad, en la incertidumbre, en la angustia, en la pobreza, en el esfuerzo cotidiano y también en la alegría de ver crecer, triunfar y levantarse a quienes llevó primero en su vientre y luego en su corazón.
Una madre auténtica nunca deja de ser madre. Lo es cuando arrulla a un recién nacido, cuando guía a un adolescente confundido, cuando aconseja a un hijo adulto y cuando, incluso en silencio, sigue rezando por aquellos que ya hicieron su propia vida. Su amor trasciende el tiempo, la distancia y hasta la ingratitud humana.
Pero también es necesario hablar con verdad. No todas las historias familiares reflejan ese ideal. En nuestro país aún existen niñas, niños y adolescentes que viven el abandono, la violencia, la omisión de cuidados y el maltrato dentro de su propio hogar. Esa dolorosa realidad no puede ni debe ocultarse detrás de discursos emotivos. La responsabilidad no recae únicamente en la madre; alcanza igualmente al padre, a la familia extensa, a la comunidad y al propio Estado. Cuando un niño queda desprotegido, no fracasa una sola familia: fracasa la sociedad entera.
Y ahí está una de las raíces más profundas de muchos males que hoy padecemos. La violencia criminal, la descomposición social, la pérdida de valores, la crueldad desmedida y la indiferencia frente al dolor ajeno no nacen de la nada. Con frecuencia germinan donde hubo abandono emocional, ausencia de límites, falta de formación moral y un vacío espiritual que nadie quiso llenar. Una sociedad que deja de educar en amor, respeto, disciplina y fe termina cosechando dolor.
Por eso, en este Día de las Madres, merecen reconocimiento especial aquellas mujeres valientes que eligieron la maternidad con responsabilidad; aquellas que sacaron adelante a sus hijos solas; aquellas que vencieron el hambre, la enfermedad, la tristeza o el abandono; aquellas que trabajaron doble jornada sin renunciar jamás a abrazar, corregir, educar y amar.
A esas madres nadie les cuelga una medalla pública. Pero llevan sobre el pecho la más grande de todas: la del honor silencioso, la dignidad firme y el amor incondicional.
Hoy celebremos a la madre que ama de verdad; a la que vela noches enteras por la salud de sus hijos; a la que se sacrifica para darles un futuro mejor; a la que educa con ternura y firmeza; a la que permanece, aun cuando el mundo entero se aparte.
Porque en el corazón profundo de México sigue latiendo una verdad que el tiempo jamás podrá borrar: Donde hay una buena madre, todavía hay esperanza para la humanidad.
¡Feliz Día de las Madres mexicanas!



