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La cultura de la tristeza

Alejandro Cortés González-Báez.- Tanto avance técnico no corresponde a esa felicidad que cada día se ve más lejana del hombre contemporáneo. Ya vamos en el iPhone 15 y no parece que cuando tengamos la versión 18 alcanzaremos la tan anhelada dicha.

Cuando el hombre busca satisfacer sus ansias de felicidad poseyendo cosas o disfrutando de placeres o viajes, no tarda en darse cuenta de que aquello que le hacía cosquillas lo dejó tan frío como antes.

Uno de los principales motivos de tristeza que encontramos flotando en nuestra cultura, no es producto de las estructuras sociales o de los planes de gobierno, sino de carácter muy personal: El orgullo; pues todo lo que lo daña nos entristece sobremanera.

La vanidad, la comodidad y la gula son los mejores clientes del mercado.

De hecho, la sociedad postmoderna en la que vivimos ha cometido un fraude gigantesco: Habíamos ilusionado a los países del Bloque Comunista con nuestro modelo de felicidad. Pero, cuando por fin cayó el Muro de Berlín -símbolo de la opresión marxista- la alegría desbordante de aquella histórica noche se fue enfriando como la sopa en una tarde de invierno, y aquellos cientos de millones de personas a los que se les abrió el cielo, fueron quedando tan tristes como antes, pues a su juguete se le acabaron las pilas: Siguen siendo esclavos, solo cambiaron de dueño.

Nuestro sistema laboral, en la práctica, se vive a base de semanas de cinco días en los que no nos queda más remedio que trabajar esperando que lleguen el sábado y el domingo para hacer planes de fuga con ruido, música, baile, alcohol y caretas donde está retratada una sonrisa que cubre la amargura de un profundo miedo, producto de reconocer nuestra fragilidad.

Tenemos muchos años buscando remedios para superar nuestra infelicidad, pero la falta de Dios no se resuelve con Prozac.

Hoy sobran quienes comercian vendiendo falsos optimismos envueltos en filosofías orientales, yoga, meditación trascendente y un sinnúmero de religiones marca patito: “Pasen y vean… la solución a sus problemas de amor…, sus tensiones emocionales…, Aquí les venimos ofreciendo los métodos para hacerse ricos…”. ¿Les suena esto conocido?

El cardenal Péter Erdő afirma: “De hecho, en este momento de dificultad económica, el hombre puede fácilmente dejarse contagiar por la mayor epidemia de nuestro tiempo: la desesperación. La falta de esperanza es el mal que nos caracteriza”.

El único remedio verdadero está en la posibilidad de conocer a un Dios que es Padre y nos ama tanto, que nos envió a su Hijo para que podamos ser felices por siempre. He aquí uno de los grandes secretos de la felicidad que nos propone el cristianismo: la humildad como virtud para valorarnos con objetividad, pues el hecho de aceptarnos como somos nos da una gran paz, y la paz es el punto de partida de la auténtica felicidad.

Feliz Navidad es mucho más que una frase bonita… es, en definitiva, lo que da el verdadero sentido a nuestras vidas.

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