Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca (Facilitador Privado).- La política mexicana se encuentra nuevamente en una etapa decisiva. Morena, como el partido con mayor respaldo electoral del país, ha manifestado su propósito de conservar las gubernaturas que actualmente gobierna y conquistar las entidades que aún no forman parte de su proyecto político, entre ellas Chihuahua.
Para lograrlo, sus dirigentes han expresado que buscarán postular mujeres y hombres con perfiles honestos, cercanos al pueblo e incorruptibles.
La intención es correcta. La pregunta es otra:
¿Existen realmente esos perfiles en la política mexicana de hoy?
No es una pregunta exclusiva para Morena. También alcanza al PAN, PRI, Movimiento Ciudadano, Partido Verde, PT y a quienes se presentan como candidatos “independientes”. La exigencia de honestidad debe ser igual para todos.
Los ciudadanos hemos aprendido a observar con escepticismo el comportamiento de muchos actores políticos. Con frecuencia vemos campañas donde los adversarios se acusan mutuamente de corrupción, incapacidad o traición. Pareciera que las diferencias son irreconciliables. Sin embargo, terminadas las elecciones, esos mismos personajes aparecen compartiendo proyectos, cargos públicos o incluso militando en el mismo movimiento político.
La memoria colectiva conserva numerosos ejemplos.
Uno de ellos fue la relación política entre Andrés Manuel López Obrador y Javier Corral Jurado.
Durante años, López Obrador fue severo en sus críticas al desempeño del entonces gobernador de Chihuahua. Por su parte, Javier Corral también cuestionó duramente al hoy expresidente cuando pertenecía a otra fuerza política.
Con el paso del tiempo, ambos terminaron coincidiendo en el mismo proyecto nacional y hoy Javier Corral forma parte del Senado de la República impulsado por Morena.
Cada ciudadano puede valorar ese cambio de posturas conforme a su propio criterio. Algunos lo interpretarán como reconciliación política; otros, como pragmatismo; y habrá quienes lo consideren una contradicción. Lo importante es que estos cambios obligan a reflexionar sobre la congruencia que debe exigirse a quienes aspiran a representar a la sociedad.
La política democrática exige acuerdos. Nadie puede gobernar sin dialogar con quienes piensan distinto. Pero una cosa es construir consensos y otra muy diferente borrar de un día para otro las descalificaciones que antes se consideraban ciertas.
Por eso resulta indispensable que los procesos internos de selección de candidaturas sean verdaderamente transparentes.
Cuando un partido anuncia que sólo postulará personas honestas e incorruptibles, surge una pregunta inevitable:
¿Quién evalúa esa honestidad?
¿Cuáles son los criterios objetivos?
¿Basta una declaración patrimonial?
¿Es suficiente la ausencia de una sentencia condenatoria?
¿Debe valorarse la trayectoria pública, la congruencia entre el discurso y los hechos, el respeto a la ley, el manejo de recursos públicos, la cercanía con la ciudadanía o la conducta personal?
No es una tarea sencilla.
Ningún dirigente político, por sí solo, puede convertirse en el árbitro absoluto de la honestidad de los demás. Esa responsabilidad exige procedimientos claros, verificables y abiertos al escrutinio público.
En democracia, el mejor juez sigue siendo el ciudadano informado.
México necesita mejores políticos, pero también ciudadanos con memoria. La memoria evita que las campañas se conviertan únicamente en ejercicios de mercadotecnia.
La memoria permite comparar el discurso con los hechos. La memoria exige coherencia.
Porque la honestidad no se acredita con una credencial partidista. La congruencia no nace con una candidatura. Y la confianza ciudadana no se decreta desde una dirigencia. Se gana durante toda una vida de servicio público.
Sólo entonces podremos creer que, más allá de los colores y de las alianzas del momento, todavía existen mujeres y hombres capaces de demostrar que la política puede ejercerse con dignidad, principios y auténtico compromiso con México.



