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Cuatro dimensiones de la vida de Cristo

Padre Eduardo Hayen.- Si lees atentamente el relato de Marcos 1,29-39, te darás cuenta de las actividades de Jesús que conforman su ministerio de salvación en la tierra. Va a casa de Pedro donde cura a la suegra de éste; al atardecer expulsa demonios de los posesos; luego se marcha a orar solo; por último, se va a predicar a otras ciudades.

Cristo predica: su ministerio continúa en la historia a través del servicio de Pedro y sus sucesores, los papas que, en comunión con los obispos y la colaboración de los sacerdotes, se predica el Evangelio en toda la tierra. También los catequistas de las parroquias, los misioneros y los padres de familia que enseñan el catecismo a sus hijos, prolongan el ministerio de enseñanza de Jesús. Los miles de colegios y universidades católicas son presencia de la enseñanza de Cristo.

Cristo sana: su gracia sigue tocando los corazones llamándolos al arrepentimiento y la conversión; ahí empieza un camino de curación de las almas. Las personas que confiesan sus pecados en el sacramento de la Reconciliación sanan las heridas que les dejó el pecado. Jesús nos ofrece el sacramento de la Unción de los enfermos para unirnos a su Pasión redentora y curar nuestras enfermedades del cuerpo. También cura a través de la dirección espiritual, la consejería, los talleres de duelo. Y no puede faltar la presencia de Cristo en ese maravilloso despliegue de obras de misericordia de la Iglesia que se manifiesta en los hospitales católicos, leproserías, orfanatos, asilos de ancianos y atención a los migrantes.

Cristo libera: el poder del Maligno hace estragos en las almas y a veces en los cuerpos de los hijos de Dios. En las almas a través de la acción ordinaria del demonio, que es la tentación. La palabra de Cristo nos protege y nos fortalece contra las tentaciones, y así nos libra del pecado. Al mismo tiempo, Jesús libera de la acción extraordinaria del padre de la mentira, que se manifiesta a través de la infestación, la vejación, la obsesión y la posesión diabólica. Son los exorcistas nombrados por su obispo quienes tienen la autoridad legítima para expulsar demonios.

Cristo ora: lo vivimos en nuestra Iglesia Católica, en nuestra liturgia, especialmente en la celebración de la Eucaristía, que es la forma de oración más excelsa. Cristo ora cuando los sacerdotes, consagrados y el pueblo cristiano oran con la Liturgia de las Horas, y en tantos monasterios donde la vida contemplativa de los benedictinos, clarisas, trapenses y tantas órdenes religiosas tiene su espacio.

Contemplemos al Señor vivo y presente en su amada Iglesia a través de estos ministerios y prolonguemos, agradecidos, su misión salvífica en la tierra.

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