Inicio EL MEOLLO DEL ASUNTO Contra la corrupción; ¿Quién le pone el cascabel al gato?

Contra la corrupción; ¿Quién le pone el cascabel al gato?

Daniel Valles.- ¿Cómo se levantan instituciones trascendentales perfectamente justas? ¿Cómo se promueve la justicia?

En tiempo de campañas políticas todas las personas que andan por las calles y en los medios de comunicación. Parece que tienen la solución al alcance de su voluntad. Hablan y dicen tantas cosas sobre esto, que la gente les cree porque parece que saben de lo que hablan.

Y aunque sí hay personas bien intencionadas, que tienen toda la voluntad de hacerlo, saben y procurar esta justicia para todos, la mayor parte del tiempo no les es posible hacerlo porque parten de las premisas equivocadas. Y siempre que así se hace, se llega a conclusiones equivocadas, o no se realizan las cosas.

El mejor ejemplo lo vemos con el pavimento que se pone en las calles de cualquier ciudad de la república; que no sea Mérida, en el estado mexicano de Yucatán. 

Las ciudades en México no tienen buen pavimento. Menos concreto hidráulico. Eso es un súper lujo que en algunas ciudades y sólo en algunas de sus vialidades sí lo implementan.

La mayoría de las calles en el país están pavimentadas con mezclas de mala calidad donde se dice, se rumora y se comenta que siempre rebajan la cantidad de material para que rinda y para que sobre dinero que se han de repartir entre contratante y contratado. Eso es corrupción. Lo sabemos bien.

La corrupción requiere al menos de dos entes que participen en la acción de abusar del poder que les otorga una posición de gobierno y en la empresa. 

Como siempre, la desgracia siempre se asoma en este tipo de obras. Lo de menos, es que el pavimento no dure y con la primera lluvia se diluya y aparezcan los bien conocidos baches. Casi en todas las ciudades del país se hace la conocida broma de que, ésta, la ciudad, recibe a sus visitantes con los baches abiertos. 

Hemos sufrido desgracias mayores que no se borrarán jamás de la memoria colectiva y que han puesto en evidencia la violación a la norma de construcción o lo débiles que han sido, para favorece a constructores consentidos de los diferentes regímenes de gobierno que hemos tenido.

Ahí están los terremotos de 1985 y del 2017. No sólo en la CDMX, sino en Oaxaca, Chiapas, Tabasco, en Morelos. También la tragedia de San Juanico y qué decir de inundaciones y temblores de grandes proporciones pero que por no haber sido en la CDMX no tuvieron tanta difusión o su impacto no se sintió de la manera como estas tragedias han golpeado al país.

Recordamos casos como la Guardería ABC, en Sonora, el Colegio Rébsamen, en la CDMX, las explosiones de los conductos de gas en Guadalajara. Cientos de víctimas en cada evento, en cada desgracia que hasta la fecha no han tenido ni justicia, ni les han resarcido algo de lo que les han ofrecido. 

Siempre ha sucedido dos cosas con estas personas: les prometen justicia, que habrá nombres y se identificará a las personas responsables y la segunda, la evidencia clara de la gran corrupción que ha imperado en las obras. Pero nada les cumplen y todo queda en el olvido.

La corrupción se combate con la justicia social. Y esta en vital que se tenga porque importa mucho saber que se tiene. Que la gente se siente segura, en un real Estado de Derecho.

La justicia no puede ser indiferente a las vidas que las personas realmente pueden vivir. Por el contrario. Mas, la corrupción viola el sentido de justicia social que ha de imperar de manera real y pragmática. Porque el crimen, el abuso y la injusticia, sí lo son.

Así es la corrupción. La que ahora le está causando daño, una vez más, a la gente pobre. A la más necesitada. A la que vive del diario. La que no tiene grandes negocios.  La que pereció y se accidentó en los vagones del Metro.

A estas personas y sus familias les ha presentado el costo de la corrupción de otros. Han pagado cara una factura que la autoridad hará como que se la presentarán a quienes se presume responsables para que la paguen, pero que se defienden a capa y espada para tratar de librarse de su responsabilidad, de la consecuencia de su oportunismo. 

De la corrupción que ejercieron en contra de aquellos que dicen defender y contra un país al que alegan y aseguran sirven, porque aman. Esto es falso de toda falsedad. La gente lo sabe. Pero no remedia.

La catástrofe que ha sucedido en la L-12 del Metro, en la CDMX ha evidenciado de nueva cuenta las premisas, la avaricia y la corrupción que ha imperado siempre en la clase gobernante. No importa el partido de que se trate, no importa quién sea la persona. 

“La investigación sobre la caída de un tren de la Línea 12 del Metro, que ha dejado un saldo de 25 personas muertas, será transparente para que el pueblo de México conozca la verdad de lo ocurrido y se determinen responsabilidades, coincidieron el presidente Andrés Manuel López Obrador y la Jefa de Gobierno local, Claudia Sheinbaum Pardo”.

Dicen lo mismo que siempre han dicho sus antecesores, ergo, son iguales.

Quienes hablan, uno inundó recientemente un poblado de Tabasco, para no inundar sus obras y la otra, se presume que estuvo metida en tráfico de influencias para alterar permisos de suelo para el colegio Rébsamen. 

Ambos, defienden la reputación de quienes estuvieron al frente de la obra de construcción de la L-12 de Metro. Mario Delgado, con las finanzas, hoy presidente nacional de Morena y Marcelo Ebrard Casaubón, como Jefe de Gobierno de la CDMX, entonces, hoy Canciller Mexicano. Ambos consentidos de don presidente.

Una manera de poder “sentir” la gravedad de la corrupción es entender lo que ésta cuesta de manera concreta y los resultados que produce en forma de atraso, pobreza, muerte. No sólo en dinero.

Por desgracia, el arraigo de la corrupción en la cultura nacional es tan amplio y profundo que siempre y de manera sistemática ha impedido dar solución a los grandes problemas económicos y sociales.

Educar a los ciudadanos para el ejercicio de la democracia, mejorar la calidad del Estado, propiciar un sistema de mejores controles en instituciones independientes, es parte de la justicia social que se requiere para controlar la corrupción. 

La cuestión está en quién le va a poner el cascabel al gato. Ahí El Meollo del Asunto.

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