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Bendiciones a parejas en pecado

Padre Eduardo Hayen.- Esta semana estalló una bomba mediática: “la Iglesia puede bendecir a parejas que viven en adulterio y a parejas del mismo sexo”. ¿De verdad es así? ¿A partir de hoy se aprueba el adulterio y la sodomía? Por supuesto que no. Muchos católicos que sólo leen titulares de prensa o que se nutren de medios seculares de comunicación, quedarán confundidos y hasta perturbados con esa noticia. Hay que leer completo el documento “Fiducia supplicans” para saber que la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la homosexualidad no han cambiado. No caigamos en alarmismos que solo provocan confusión.

El documento deja claras algunas cosas. Primero, las bendiciones van del hombre hacia Dios, en forma de alabanza, adoración y gratitud. También vienen de Dios hacia el hombre para brindarle las ayudas –llamadas “gracias actuales”– para que crezca, madure y purifique su vida en conformidad al Evangelio. Segundo, estas bendiciones que vienen de Dios no pretenden legitimar el estado del hombre en pecado, sino que piden al Espíritu Santo que abra el corazón de las personas para darles fuerza en su camino hacia Dios. Tercero, no se trata de un gesto litúrgico ni semi-litúrgico semejante a un sacramento, sino de una oración espontánea que debe hacerse fuera de ambientes litúrgicos. Cuarto, nunca se debe hacer este gesto en conexión con la unión civil de esas parejas, ni utilizando vestimentas, palabras o gestos de boda.

Tiene razón el documento “Fiducia supplicans” al afirmar que una bendición también es una oración de súplica y de imploración de ayuda divina para que las personas puedan salir de su situación de pecado. Sin embargo, bendecir parejas irregulares o el mismo sexo puede causar confusión en los fieles, o puede servir de aliciente para que estas parejas continúen viviendo en pecado. Eso es lo que los sacerdotes debemos evitar a toda costa.

Mi prudencia pastoral no me permite bendecir en público a tales parejas, y si alguna se acercara para pedir una bendición, habrá que conversar con ellas para asegurarme de que han emprendido un camino serio hacia Dios y están en el esfuerzo por superar su situación de pecado. Si es así, debo limitarme a orar por ellas –en lo individual y no como pareja, y así evitar malos entendidos– para que puedan conformar sus vidas a los designios divinos.

Debemos evitar todo gesto que haga notar que Dios aprueba esas uniones, y pedir la conversión para las personas que viven de esa manera. Es como si una persona drogadicta o atrapada en la pornografía, y que está luchando por salir de su adicción, pidiera una oración a un sacerdote para que el Cielo le conceda fuerzas para dejar su vicio. Creo que yo nunca negaría una oración a tal persona.

La conversación con esas parejas debe ser para conocer mejor qué fue lo que los llevó a entrar en esa situación, entender su proceso y hacerles comprender lo que Cristo y la Iglesia enseñan para vivir en la ruta hacia la santidad. Hemos de mostrarles la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, la verdad que necesitan conocer para salvarse. Mi oración por ellas es para implorar a Dios que les ayude a dejar las drogas, los actos homosexuales, el adulterio, la porno o cualquier otro tipo de pecado. Si lo hiciera insinuando que Dios aprueba su situación, contribuiría a la destrucción de esas personas. Y a la mía.

Las parejas que conviven en adulterio y las que conviven con pareja del mismo sexo no tienen nada que festejar con este documento firmado por el cardenal Fernández. El adulterio sigue siendo pecado mortal, así como también las relaciones homosexuales. La doctrina de la Iglesia sobre homosexualidad, el matrimonio y la práctica pastoral para los divorciados vueltos a casar no se altera de manera alguna.

“Fiducica supplicans” seguramente será mal interpretada en los diferentes sectores de la Iglesia. Servirá para que algunos tradicionalistas lancen más lodo al Papa Francisco. Pero también para que los liberales se alegren creyendo que la Iglesia da un paso adelante al bendecir estas uniones.

Una irresponsable interpretación de “Fiducia supplicans” la hizo el sacerdote James Martin, promotor de la ideología LGBT dentro de la Iglesia. En su cuenta de X declaró lo siguiente: “La nueva declaración del Vaticano “Fiducia supplicans” es un gran paso adelante en el ministerio de la Iglesia hacia las personas LGBTQ y reconoce el profundo deseo de muchas parejas católicas del mismo sexo por la presencia de Dios en sus relaciones amorosas. También es un cambio marcado con respecto a la conclusión de que “Dios no bendice ni puede bendecir el pecado” de hace apenas dos años. La declaración abre la puerta a bendiciones no litúrgicas para parejas del mismo sexo, algo que anteriormente estaba prohibido para obispos, sacerdotes y diáconos. Junto con muchos sacerdotes, ahora estaré encantado de bendecir a mis amigos en uniones entre personas del mismo sexo”.

El padre Martin afirma equivocadamente que la Iglesia ya superó la negativa de bendecir el pecado y que ahora Dios está dentro de las relaciones homosexuales, por lo que se pueden bendecir. Eso es falso. Su interpretación es simplemente terrible. Así el sacerdote jesuita da un penoso ejemplo de su ignorancia del Depósito de la Fe, de su desobediencia a la Palabra de Dios y al Magisterio de la Iglesia. Es un ejemplo espantoso de falsa misericordia y de falta de caridad a la verdad. Dios lo ilumine.

No hay nada que temer por la publicación de “Fiducia suppliccans”. Al contrario, es una buena catequesis sobre las bendiciones y una exhortación a orar por quienes, desde sus pecados, piden a Dios conformar su vida a su santa voluntad.

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