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Somos lo que somos

Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca.- En política y en religión, es muy difícil coincidir en la actualidad, acerca de los principios y valores que nos conduce a comportarnos socialmente, variando según la época y criterios en ambos lados. Es evidente que la conducta humana se transforma en ideales y fundamentalmente en la libertad que exigen los sentidos, pero también en la costumbre y en las adicciones. Igualmente, hemos crecido en lugares y ambientes distintos, bajo un sistema de clases que se distingue en lo económico, principalmente.

La forma de vida nos separa de unos con otros, aunque nos hayan educado bajo el mismo programa de ciencias sociales y el sistema establecido por el catecismo católico. Es muy notorio cómo en la actualidad se demeritó en demasía la educación impartida en las escuelas públicas, obligando a que las familias pudientes paguen colegiaturas en escuelas privadas porque son mejores, a diferencia de los años cincuenta(s) y los setenta(s), en el nivel medio superior y superior, cuando fueron mejores las públicas. 

Asimismo, la iglesia se fue dividiendo en sectores donde los millonarios y ricos establecieron sus templos para acudir los de la clase privilegiada exclusivamente. Desde la época de la Revolución Mexicana se separaba a los peones y campesinos de los hacendados y patrones en lugares distintos. En la actualidad, los millonarios y los ricos siguen la costumbre de “juntos, pero no revueltos”, incluso tienen párrocos “especiales” para celebrar misas hasta en domicilios que cuentan con parroquia exclusiva y privada.

Luego se legalizó el consumo de las bebidas embriagantes, pudiendo adquirir en la tienda de abarrotes cerveza en cantidad ilimitada. Se instalaron después las licorerías día y noche abiertas. Posteriormente se establecieron bares, cervecerías, lugares de espectáculos y los denominados antros en la actualidad, donde todo ser humano con apariencia de mayor de edad, puede consumir todo el licor que su cartera le permita.

Ante la alcoholización social, ningún poder pudo detener la ola desenfrenada de enfermos alcohólicos que creció como una epidemia, pero sin vacuna. Hoy en día, el alcoholismo se considera como una enfermedad incurable, progresiva y mortal. Las consecuencias son funestas y causante de desgracias familiares, violencia, violaciones, crímenes y todo tipo de alteraciones mentales, por la deliberada ingesta de alcohol.

Pero luego llegaron las drogas. El churrito de marihuana, el pase de cocaína, el cristal, anfetaminas y estimulantes, que derrotaron a los valores inculcados por nuestros maestros en las aulas y los religiosos en la iglesia. La pasividad de la sociedad que hemos establecido, para destruir la existencia de la felicidad que nos proporciona la salud y la sobriedad. La ausencia de Dios en nuestros hogares se manifestó con la entrada de la pornografía y programas altamente dañinos para la familia, con tan solo una señal con dedo o con voz, se enciende el celular, la computadora o el televisor con toda la perversa programación que refiero.    

En la iglesia católica nos enseñaron a amar a Dios sobre todas las cosas y no es así, porque si así fuera, los delitos serían menos que más. Nos aprendimos los diez mandamientos que siguen vigentes, pero no se castiga su incumplimiento, pues la corrupción también llegó a la alta esfera religiosa, que hasta el Papa Francisco tuvo que reconocer.

Nos dejamos guiar juzgando a los demás porque son, actúan y piensan distinto a nosotros. Los católicos nos volvimos jueces de la Corte de Dios y condenamos a todo aquél o aquella que atente contra lo que hoy, algunos sacerdotes hacen creer como pecado mortal en sus feligreses. O nos dejamos guiar por la soberbia divina y por eso estamos divididos.

Y en la política todo se fue corrompiendo. El poder prevalece y determina la conducta humana, mediante leyes que un mínimo número de ministros de la Suprema Corte de Justicia hacen valer como obligatorias y ningún ciudadano común y corriente puede contrarrestar.

Los políticos que crecieron en los partidos PRI y PAN fueron los primeros en aumentar sus ingresos y se volvieron millonarios, negociando con nuestros votos disfrazados de democracia y también instituyeron un sistema económico que reditúa más que cualquier negocio: los cargos de elección popular y ser propietario de un partido político. Por eso estamos también divididos.

Por lo que es momento de analizar lo que ocurre en nuestro país, aunque nos caracterizamos en nuestra forma de vida similar a la sociedad universal, que ha dispuesto sobre nuestra conducta por encima de las enseñanzas inculcadas de valores y principios que ya no se aplican; porque en los derechos humanos tiene preferencia el libertinaje. Somos lo que somos porque así lo hemos permitido, porque así nos han venido cambiando los manipuladores de la corrupción política y religiosa.