Inicio Perspectiva Sin Cristo nada es el mundo

Sin Cristo nada es el mundo

Antonio Fernández.- La venida al mundo de Nuestro Señor Jesucristo fue por obra de Dios su Padre, anunciada desde siglos por los profetas, como afirma San Pedro: “No traen su origen las profecías la voluntad de los hombres, sino que los varones santos de Dios hablaron inspirados del Espíritu Santo”. Fue así como cada profeta dio a conocer la profecía en su tiempo de vida y lugar.

La venida del Mesías a Israel cumple el mandato divino: salvar al pueblo del pecado, ello no significa que vendrá a quitar el dominio romano sobre Israel, ni a darle el poder del mundo como mal interpretó el sanedrín. La misión de Jesús, que en Él es cumplir la voluntad de Dios su Padre.

La obra de Dios en su Hijo Jesús es el alfa y el omega, esto es, tiene su principio en la primera venida en las afueras de Belén, en un establo abandonado y carente de todo para un recién nacido, porque quiso Jesús presentarse al mundo en humildad y pobreza.

Su Segunda venida -el omega- será la Parusía, esto es, se presentará al mundo con todo el esplendor, majestad, poder y soberanía celestial a tomar justicia a todas las almas.

Jesús al iniciar su vida pública, vio en el pueblo una total carencia de fe en Dios, razón por la que buscó múltiples formas para que demostrada, sea cultivada en su corazón del israelita, la manifestó en diversas maneras y formas, solo unos pocos creyeron de corazón que Él era el Hijo de Dios hecho hombre, y tuvieron fe. Estos fueron sus discípulos.

El esfuerzo del Señor lo apreciamos en las formas de cómo acercó su divinidad, mostrando su bondad, caridad y liberalidad a los sentimientos de los hombres. Al momento definitivo en que no quedaba sino reconocer su mesianidad, daban un paso atrás.

En los dirigentes religiosos de Israel siempre fue el total y absoluto rechazo¸ en la gente del pueblo hubo de todo, los incrédulos y escépticos que de todo dudaron; los timoratos e irresolutos dicen: ¡No sé! Otros preocupados por “el qué dirán de mí si acepto su palabra”. Solamente el pueblo humilde de la casta de los pastores, recibe la luz que clarificó su corazón y lo adoraron.

Los prodigiosos milagros de Jesús, debían haber confirmado en el pueblo la fe en Él, su respuesta fue exclamaciones de asombro como si asistieran a un espectáculo y no a la obra misericordiosa de Dios.

Al repasar los Santos Evangelios, apreciamos el valor espiritual, sublime, de los bienes que a cada momento fue dando a conocer a las multitudes, siendo primordial a toda alma para recibirlos: la fe, que descubría en el interior de sus corazones, pero a falta de ella, obra, predica y fortalece con sus prodigiosos milagros.

Así fue al sanar a la mujer hemorroisa, a la que dijo: ”Confianza hija, tu fe te ha salvado”. Esta mujer creyó en Jesús como Hijo de Dios; al dar la vista a dos ciegos, les pregunta: ”¿Creéis que puedo hacer esto? Respondieron: “¡Sí Señor!” En ellos Jesús vio su fe, por eso tocó sus ojos y dijo; ”Os sea hecho según vuestra fe”.

Y cuando con gozo y amargura en Jesús, reconoce la grande fe en el Centurión Romano, dijo: ”En verdad os digo, en ninguno de Israel he hallado tanta fe.” Y a la curación de un mudo endemoniado presentado por los mismos fariseos, quienes conocían su condición e incapacidad y su situación, Jesús, delante de ellos y de la multitud lo expulsa de él y el infeliz recupera el habla.

El pueblo como siempre queda maravillado e impresionado, pero los fariseos celosos de su obra dijeron: “Por obra del príncipe de los demonios lanza demonios”.

Estas inconcebibles controversias contra la divinidad de Cristo, no se pueden considerar un desgaste en Jesús, porque en Dios no existe tal situación humana, sino que quiso el Señor incansable mostrar en todo momento su divinidad: entre más lo hizo, más fue rechazado.

Pero más fue su presencia en la conciencia del hombre que le desprecia, así como hoy se hace en el mundo del siglo XXI: toda persona sabe que Dios existe y cree que está en todo lugar, pero no tiene la fe suficiente para evitar los actos con que lo ofende y entre más peca, más es la presencia de Cristo en su corazón, quien no cesará de estar a su lado en el tiempo de vida de cada alma.

Paciente y misericordioso fue con los hombres de su tiempo y con los de ahora y de siempre hasta el fin de los tiempos, su palabra es siempre vigente, como ha dicho: ”Y todo lo que pidiereis con fe, en la oración, lo obtendréis”.

Su divinidad de Hijo de Dios impera en las almas como piedra de tropiezo en la vida de todo pecador, únicamente en el alma de fe persuadida del bien espiritual por el que cree, ama y sirve con sus actos al Señor, cumple sus mandamientos y doctrina.

Empeñado se afirma en el camino de salvación, atento a los tropiezos del tentador, porque está en su interior el convencimiento pleno de que sin Cristo nada son él ni el mundo.

hefelira@yahoo.com