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Por el Poder y la Virtud de Dios

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“Mas si por el dedo de Dios echo Yo los demonios, es que ya llegó a vosotros el reino de Dios” (Lc 11,20)

Antonio Fernández.- Sin sorprenderse de las realidades actuales, una de ellas que malamente entre más pasa el tiempo más está arraigada en el vivir del mundo y en las personas, en las naciones e instituciones como en las familias y los ámbitos de las sociedades, es la incredulidad moderna que rechaza la palabra de Jesucristo Nuestro Señor en nombre de la naturaleza, de la ciencia, de la crítica, de la evolución, de las doctrinas disolventes, de la libertad sin freno.

El dejar hacer y dejar pasar son divisa de conducta que siguen infinidad de seres humanos, tiene por fin único el rechazo a todo bien doctrinario, mandamiento y palabra de Dios. La incredulidad siempre justifica el fin y los medios, desalentando y apartando a las personas del vital alimento espiritual de obtener los bienes celestiales, mismos que dispersa en las almas y corazones, de la mente y de la voluntad.

La acción de la incredulidad tiene la fatal similitud del carcinoma, el tumor maligno que se propaga sin que nada lo detenga de las vías sanguíneas, su metástasis va de un órgano distinto a donde se inició invadiendo los demás, siendo mortal sobre el enfermo que de seguro va a morir.

Así, de la misma forma, obra la incredulidad en el alma y corazón, al que impone la duda, temor y desprecio, ira, rencor y envidia, desparrama en la persona sobre su memoria entendimiento y voluntad, argumentos y razonamientos falsos.

La falsedad de su proposición lleva la aversión en palabra, obra y pensamiento, la repugnancia a no creer en Dios, porque al incrédulo no le asusta ni altera inducir a otros a que sepulten la fe y confianza en su creador, su intención es enterrar gente a su incredulidad, en un verdadero peligro que no se comprende.

La mayoría cree que evitar el peligro de perder la vida es cuidarse para no ser atropellado, no pasar por una construcción donde pueden caer ladrillos, vigas, varillas u otra cosa en que se pierda la vida, o caer en la droga, o en los actos perversos que denigran la persona por los efectos o a consecuencia de ese envilecimiento.

Perder la vida, cierto, es peligroso no cuidarse, pero el mayor de todos los peligros que no se valora es el que te hace entregar tu vida y tu ser, tu alma y corazón a la incredulidad. ¡Qué difícil es comprender y más para la juventud de hoy, que entre más persiste en la incredulidad, más agrava su alma, hasta que el pecado mortal borra por la persistencia todo sentimiento noble y sublime a Dios!

El reclutado no percibe a dónde es conducido, solo vive el agrado de ser excitado, pero desconoce que va a la impiedad que desvirtúa la obra divina en el interior de su alma. No puede decir que desconoce, nadie puede decir que en su existencia no lo ha vivido en múltiples ocasiones, incluso sabe que la ha experimentado cuando conmovido por un sincero arrepentimiento vivió la paz y tranquilidad de su alma. Dice San Agustín: “el camino a la felicidad está en Dios. Dios es fuente de nuestra felicidad.”     

El incrédulo se ha dejado moldear por su incredulidad con argumentos pragmáticos y hedonistas, le resulta risible cumplir las obligaciones que como cristiano católico se debe para con Dios Nuestro Señor, es la verdad, aunque duela.

El Señor nunca dejará de dar los valores de salvación a su alma, obvio que el incrédulo no va aceptarlos, los rechazará con comentarios ásperos, crítica irónica, perversa y violenta, reprobando y censurando la obra de salvación.

Esta incredulidad la vivió en toda su realidad Jesucristo Nuestro Señor en el pueblo que vino a salvar del pecado; siempre estuvo rodeado en su peregrinación por multitudes incrédulas azuzadas por incrédulos, los primeros titubeantes, los segundos con toda maldad atando a su incredulidad a ese pueblo del que dijo el Señor en el Éxodo: “Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz.”

La lucha de todo ser humano es hacer el bien y evitar el mal, de convertirlo en norma de vida significará siempre luchar por obtener el bien y luchar por vencer el mal.

El propósito de la venida al mundo de Jesucristo Nuestro Señor es orientar las almas por el mejor camino para su salvación, orientar las almas a ser partícipes de esa batalla que inicia desde su nacimiento y termina al morir, para que al entregar cada quien su alma al Padre, esté colmada de bienes atesorados en este trayecto, a eso vino el Señor.

¿Y lo entiende el mundo de hoy?  ¡Claro que lo entiende! Que niegue creer es porque teme, tiene miedo de afectar sus intereses, son tantas las causas: Que la palabra de Cristo Nuestro Señor es profecía; “Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos. Si un ciego guía, a otro ciego, caerán los dos en el hoyo.”

El poder de Dios sobre las almas es virtud infinita de su poder, el ser humano recibe una pequeña parte para que por él a si mismo se salve. Esa es nuestra tarea, Él quiere que nos salvemos, nosotros tememos y dudamos, así nada se puede hacer.

Dios Nuestro Señor espera el momento del arrepentimiento y vendrá como dice San Agustín: “Dios es fuente de nuestra felicidad y meta de nuestro apetito”. El Señor es fuente de agua viva que calma la sed del pecador como le mostró a sus discípulos su gloria en la transfiguración, y fortalecidos lo veamos en la humillación de su pasión y crucifixión.

Esto y más está escrito en los Santos Evangelios, en los que cada versículo es punto de orientación, de meditación, de reflexión y de profundizar en la razón de porqué estoy en este mundo.

hefelira@yahoo.com

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