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Médicos y sacerdotes de cara a la muerte

Padre Eduardo Hayen.- Impresiona la cantidad de médicos y personal de enfermería muertos en esta pandemia de COVID. Cada vez que abro el periódico y veo alguna esquela que anuncia el fallecimiento de un galeno, algo dentro de mí duele mucho pero, al mismo tiempo, se levanta mi admiración y respeto por esos doctores que murieron cumpliendo con el deber de salvar vidas. Así también los sacerdotes que contrajeron el virus durante el ejercicio de su ministerio y murieron por ello merecen nuestro amor y veneración.

Al terminar los estudios universitarios de medicina e iniciar el ejercicio de su profesión, los nuevos médicos hacen un juramento –el “Juramento de Hipócrates”– por el que se comprometen a no tener otro propósito más que velar por la salud y el bienestar de los enfermos. Por eso cuando me entero de que un médico ha sido víctima del COVID, mi corazón se inclina en profunda reverencia: murió dando su vida por los demás.

Cuando los sacerdotes fuimos ordenados por nuestro obispo fue porque estábamos dispuestos a dar la vida por Cristo y por la Iglesia. Renunciábamos en ese momento a una vida propia para que nuestro sacerdocio fuera para los demás. Muchas veces durante diversos ejercicios espirituales en los años anteriores a recibir las órdenes sagradas meditamos sobre todo lo que Jesús hizo por nosotros, y llenos de amor por Él, dijimos que también nosotros daríamos la vida por el Señor.

Los sacerdotes somos médicos del alma, y el alma vale más que el cuerpo. ¿Quién, si no nosotros, podemos absolver a un moribundo para que se vaya en paz? ¿Quién, si no nosotros, podemos consolar con la Palabra divina y los sacramentos a quienes han perdido a sus seres queridos? Por eso nuestra labor es tan importante como la del médico, incluso más todavía, ya que mientras el cuerpo muere y se descompone, el alma llega a la presencia de Dios para comparecer.

Entiendo los tiempos de pandemia que estamos viviendo. Es necesario que los sacerdotes cuidemos a los demás y también que nos cuidemos a nosotros mismos. No vale actuar con irresponsabilidad. Los médicos también lo hacen y, estoy seguro, lo que menos quieren es contagiar y contagiarse de coronavirus.

Pero en este momento tan apremiante, ni médicos ni sacerdotes podemos estar fuera del servicio para el bien de una comunidad que tanto nos necesita. No se trata de rebelarse contra las normas sanitarias ni las disposiciones de los obispos durante la pandemia. Se trata, más bien, de ser creativos y de tener inventiva, movidos por la caridad pastoral.

Son muy respetables los sacerdotes enfermos de COVID o quienes se sienten vulnerables a la enfermedad. Es comprensible que quieran guardarse. No juzguemos a nadie. Pero, ¿y los que estamos sanos? ¿Qué pensaríamos de un médico o de un enfermero que en un hospital de campaña en tiempos de guerra huyera por temor a contagiarse o por temor a ser herido por una bala? Sería vergonzoso y deshonraría su profesión. Así también, que un sacerdote que tiene salud huya de su deber de acompañar a sus feligreses en medio de tanto dolor, es demérito para su vocación.

¡Qué bella respuesta dio San Luis Gonzaga mientras jugaba con la pelota en aquel recreo en el Seminario! Sus compañeros hicieron de golpe una pregunta: “¿qué haríamos si supiéramos que el Juicio Final tendrá lugar dentro de veinticinco minutos?” Mientras que algunos de los novicios dijeron que se pondrían a rezar, otros a confesar sus pecados y otros a encomendarse a Nuestra Señora, el Gonzaga dijo: “Yo continuaría jugando a la pelota”.

Así también, que a los médicos y a los sacerdotes Dios, cuando venga, nos encuentre “jugando a la pelota”, es decir, haciendo lo que debemos hacer, con amor y alegría. Que el Señor los halle a ellos, a los que trabajan en los hospitales, salvando cuerpos. Y a nosotros, los que estamos al frente de las iglesias, salvando almas.