Inicio Perspectiva Laissez Faire et Laissez Passer

Laissez Faire et Laissez Passer

Dejen hacer y dejen pasar

Dr. Fernando Antonio Herrera Martínez.- Charles Ponzi fue un inmigrante italiano que estafó en Boston a miles de personas en 1920. La invitación era para invertir en un negocio cuando en realidad pagaba los altos intereses con el dinero aportado por los nuevos incautos. Así logró una estafa de 20 millones de dólares, al tiempo que bautizó el método con el que todavía se engaña a los incautos que por ambición se dejan embaucar.

En aquel tiempo Boston vivió una efímera fiebre de inversiones exitosas; bajo el embrujo del nuevo “rey Midas”, de boca en boca circulaba la novedosa forma de duplicar el dinero en tan solo 90 días. Desde 50 hasta 50 mil dólares eran recibidos por Ponzi y regresaba el doble en ese tiempo.

Efímero porque a los ocho meses, The Evening Post de NY, ya denunciaba la fiebre inversora, alarmados por las filas de personas esperando para entregar su dinero al mago de las finanzas que los volvería ricos.

Ponzi no invertía en nada, solamente recibía dinero en grandes cantidades y se limitaba a pagar interés con el dinero, cada vez en mayores cantidades, que le confiaban. Ponzi no lo inventó, pero su acción fue hecha con tanta creatividad que le dio su nombre a esta pirámide.

Ponzi tenía una figura diminuta, pero bajó del barco en Boston, que lo trasladó a EU, ataviado con ropas caras a la moda europea, pretendía vender la imagen de hijo de familia rica, pero en sus bolsillos había apenas un par de dólares en efectivo. 

Desempeñó oficios de todo tipo, pero vivía en la pobreza, por lo que en 1907 emigró a Canadá, donde trabajó en un banco que muy pronto cayó en bancarrota y cuyo propietario pagaba interés con dinero de los nuevos clientes; así conoció el sistema, ahora llamado Ponzi. 

A la calle de nuevo, sin trabajo y sin dinero, intentó cambiar un cheque falsificado y lo enviaron tres años a la cárcel. Luego pasó otros dos años más en prisión, cuando de regreso a EU, trabó plática con italianos que resultaron traficantes de personas y fueron apresados; la de malas por ir con ellos.

Libre en 1912, vagó por EU con empleos de bibliotecario, pintor o vendedor de coches. En 1917 regresó a Boston donde 14 años después conoció a Rose Maria Genecco y se casó con ella. Ansiaba ser rico y no trabajar para otros. Tuvo la idea de hacer una guía de comerciantes que sería gratuita y financiada por anunciantes. Fracasó porque nadie aceptó financiarlo.

Necesitado de dinero, pensó que podía pedir prestados diez dólares a diez personas diferentes en lugar de cien a una sola. Esa inocente idea desencadenó una espiral que lo volvió millonario, aunque de manera ilegal y efímera.

Fundó una empresa con rimbombante nombre: “Securities Exchange Company”, una sociedad sin socios, con un solo empleado y en una oficina que subarrendaba para poder pagar el alquiler. Su talento como inversor no era grande, pero de su capacidad de seducción convencía para que le prestaran 100 dólares a cambio de 200 en 60 días.

Así empezó y en las siguientes semanas, aunque no explicaba detalles de su plan, prometía el 50% de interés en 90 días. Luego redujo el plazo a 45 días, aunque demencial era atractivo como apuesta. Al principio no invertirían sumas importantes, pero cualquiera podía permitirse perder 10 dólares para probar suerte. El hecho es que cuando recibieron quince dólares al cabo de 45 días, todo sentido de precaución desapareció.

Para el 1 de enero de 1920 reunió 18 inversores. Había altibajos, pero tomó impulso cuando en la segunda semana de febrero, pagó a los primeros inversores 2,478 dólares sobre su inversión original de 1,770 dólares. Desde entonces, cada cliente satisfecho se convirtió en un vendedor que atraía nuevos clientes. 

Ponzi ideó ofrecer a clientes-agentes un 10% adicional por cada nueva inversión que atrajeran. Miles depositaban su dinero en el plan de Ponzi y reinvertían las ganancias en vez de cobrarlas, lo que evitaba tener que hacer frente a los pagos. Ponzi disfrutaba la vida que había soñado desde que bajó de aquel barco en 1903. Ahora tenía una mansión de 12 habitaciones con servicio y dos automóviles, vestía ropa cara y usaba bastón de Malaca con mango de oro, compraba diamantes para su esposa, cenaba en lujosos restaurantes y celebraba reuniones con lo más selecto de la sociedad bostoniana.

A finales de julio de ese año el fenómeno era incontrolable, una multitud de inversores desbordaba su oficina y hacía fila hasta la calle bloqueando el tráfico; hermosas mujeres con joyas y con bebés en sus brazos, viudas con velos negros, peces gordos, hasta muchachos en pantalón corto y vendedores ambulantes, todos ellos peleaban por conseguir un entrar a invertir; según un reportero del Evening World de NY. Para ese mes, El Boston Post valoraba su compañía en 8.5 millones de dólares. En julio de 1920 se produjo el punto de inflexión, esa mañana salió en su vehículo hacia su oficina entre una multitud, la calle era un mar de personas que agarraba nerviosamente fajos de dinero para depositarlos en el negocio del mago que decía poder convertir a un pobre en millonario de la noche a la mañana. Ese día facturó unos 15 millones de dólares, pero ese mismo día apareció un artículo en el Boston Post que lo cuestionaba y se convertiría en la puntilla final para su negocio. El artículo señalaba que Ponzi no invertía su propio dinero en la empresa. La codicia de los inversores se convirtió en pánico y las colas continuaron, pero para sacar el dinero invertido. Las autoridades decidieron abrir una nueva investigación y Ponzi se comprometió a no aceptar más inversiones hasta que concluyera. 

Ponzi diseñó una enorme campaña de relaciones públicas con apariciones personales en la prensa. Pero no pudo evitar que se descubriera su estancia en prisión, ni su pasado humilde y los trabajos que había desempeñado para sobrevivir. La revelación dejó atónito a todo el mundo. Mientras, las autoridades fiscales de Estados Unidos continuaban revisando sus libros de cuentas y no tardaron en darse cuenta de la realidad.

La auditoría concluyó que Ponzi tenía números rojos de 3.5 millones de dólares (después serían siete millones). El italiano fue arrestado, media docena de bancos quebraron y los que aún conservaban sus pagarés recibieron 30 centavos por cada dólar invertido, mientras el Boston Post obtuvo el premio Pulitzer por sus investigaciones. 

En noviembre, Ponzi aceptó declararse culpable del cargo federal por fraude postal para reducir su pena a cinco años, de los que solo cumpliría tres y medio. A su salida de la cárcel, en 1924, debió hacer frente a decenas de demandas en Massachussets, se defendió solo pues no tenía para contratar un abogado; su carisma lo ayudó a librar algunos cargos, pero fue condenado a entre siete y nueve años por estafa y latrocinio. Se mudo a Jacksonville, Florida, donde planeó recuperar su fortuna. El plan implicaba, por supuesto, otro esquema Ponzi, esta vez a través de una inversión inmobiliaria.

Cambió su nombre a Charles Borrelli, se las ingenió para conseguir dinero y establecer el “Charpon Land Syndicate” que si todo salía bien volvería a ser millonario comprando y vendiendo parcelas. En ese tiempo había fiebre inmobiliaria en Florida. Para atraer a inversores a su nueva compañía Ponzi ofreció unos beneficios del 200% en 60 días. Ponzi ya había recaudado 7,000 dólares cuando las autoridades de Florida le cerraron su empresa y lo arrestaron por no presentar los documentos adecuados y vender certificados de deuda sin permisos oficiales. Al salir, se fue a Texas, donde también fue arrestado cuando se iba a embarcar hacia Italia para salir del radar de las autoridades fiscales. Cumplió condena hasta 1934 y fue deportado a Italia contra su voluntad. Con 54 años, logró un empleo en una línea aérea italiana que conectaba Italia y Brasil y decidió instalarse en Río de Janeiro. 

Con el estallido de la II Guerra Mundial, la compañía aérea dejó de operar y Ponzi perdió su trabajo, teniendo que ganarse la vida como profesor de inglés y traductor.

Divorciado de su esposa desde su deportación de EU, Ponzi sufrió un infarto en 1941 y un derrame cerebral en 1948. Murió el 18 de febrero de 1949.

Ponzi se dio cuenta de que las estampillas postales internacionales valían en EU, de acuerdo a los tipos de cambio de cada país, por lo que hacía creer a la gente que tenía empleados comprando y vendiendo estampillas por millones y de ahí el negocio limpio y honrado que presumía. Su mala suerte durante las auditorías fue que la existencia total de estampillas en todo EU era menor varios miles de veces que sus certificados de compromiso con los inversionistas.

Terquedades

Armando Gutiérrrez no compra ni vende estampillas postales pero ofrecía dos opciones: inmobiliaria o minas. En una te decían que adquirían a remate inmuebles a los bancos y ya remodelados se vendían con excelentes utilidades. En la otra, que tenían minas que les vendían oro en bruto y que lo revendían en Guadalajara con muy altas utilidades. La última fue la invitación a invertir en una mina comprada por Aras y la inversión ofrecía 10% mensual con gracia del primer año para echarla a trabajar y extraer los metales, entre ellos el oro, el más importante y abundante de la mina.

Ahora todo indica que será muy difícil demandar a Armando Gutiérrez porque al parecer los contratos tienen firma electrónica y no son aceptables por los jueces como legales, también por el área penal estará difícil si esto resulta cierto. Creo que Javier Corral se volteó para otro lado, al igual que las autoridades federales, cuya competencia era obvia pero por alguna razón también vinieron, hicieron poquito ruido, pero luego se fueron tan contentos como si hubieran arreglado el problema cuando lo único que hicieron fue turistear con viático federal y vaya usted a saber si les dieron algo por voltear para otro lado igual que a Javier Corral, cuya obligación inmediata era informar, incluso exigir que la autoridad de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) viniera de inmediato a detener la estafa. Corral y la CNBV ahora dejaron la víbora chillando y la gente en su legítima desesperación exigirá a quienes no tienen culpa de nada que les ayude. 

Ojalá la jofaina de Pilatos que usaron Javier Corral y la CNBV les haya dejado las manos limpias aunque las asentaderas no creo.

Maru va a exigir que vengan a atender ese asunto que huele a corrupción del más alto nivel, pues ni eran ciegos ni estaban mal informados, tanto el estado como la federación. La verdad es que la jugadita de golf o la mordida, o su probada incapacidad llevó a Corral a dejar crecer la estafa a niveles no conocidos; por otro lado, los de la 4T también, por alguna razón se hicieron patos. Ahora hay que actuar forzados por la gente y los que recién llegan al gobierno -que ninguna culpa tienen- tratarán de ayudar, porque la competencia es federal, pero sí se debe exigir con urgencia que vengan a resolver lo mejor que se pueda el entuerto, mientras tanto poner a disposición de la gente despachos jurídicos gratuitos que asesoren a los chihuahuenses que se quedaron sin sus ahorros y sin los intereses prometidos.