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La seguridad que se diluye

Aída María Holguín Baeza.- Hablar de seguridad pública en México suele implicar una discusión entre cifras que intentan explicar la realidad y experiencias que la desbordan. Y en medio de ese contraste, hay un punto que queda fuera del debate, pues no solo persiste la violencia, también parece haberse redefinido la responsabilidad del Estado ante ella.

Se trata de un desplazamiento silencioso que redimensiona la discusión y la vida cotidiana lo muestra. No solo en decisiones visibles —horarios, trayectos, lugares que se evitan—, sino en una lógica más profunda: asumir que la seguridad depende cada vez más de decisiones individuales.

Así, lo que antes se asumía como una garantía mínima, hoy es una variable que cada persona gestiona. El Estado no ha desaparecido, pero su papel parece reconfigurarse hacia la contención, mientras la prevención se diluye.

En ese proceso también parece ajustarse el umbral de lo aceptable. La violencia deja de ser una anomalía para convertirse en un elemento cotidiano. La exigencia colectiva pierde fuerza no porque el problema sea menor, sino porque la vida continúa, aunque sea con límites. La normalidad ya no se define por la ausencia de riesgo, sino por la capacidad de funcionar pese a él.

La seguridad pública se ha sostenido en despliegues y discursos que buscan transmitir control. Durante el gobierno de López Obrador se consolidó lo que se presentó como una estrategia basada en atención social y presencia de seguridad. Con Sheinbaum hay continuidad, bajo un supuesto mayor énfasis en inteligencia y coordinación. Sin embargo, la persistencia del miedo evidencia que el problema no radica solo en el diseño de las políticas, sino en su capacidad de transformar la experiencia cotidiana.

Si la vida social logra sostenerse —aunque sea adaptándose—, la presión por cambiar la estrategia tiende a diluirse. La seguridad deja de evaluarse como condición integral y se mide en episodios: crisis, repuntes, respuestas inmediatas. Entre uno y otro, predomina un equilibrio precario donde el riesgo se tolera mientras no desborde ciertos límites.

Esos límites no parecen estar definidos por una política clara, sino por la adaptación social. Y cuando esa adaptación sostiene la vida cotidiana, también dificulta exigir algo distinto: se aprende a vivir con menos.

Pensar la seguridad pública desde este ángulo obliga a replantear la pregunta de fondo. No se trata solo de cuántos delitos se cometen ni de cuántos operativos se despliegan, sino de cuánto de la responsabilidad del Estado termina recayendo en las personas.

Queda claro, pues, que el mayor riesgo no es solo la persistencia de la violencia, sino la capacidad social de acostumbrarse a ella. Y es que cuando vivir con miedo deja de verse como inusual, la urgencia se diluye, mientras la seguridad pública deja de ser garantía para convertirse en una expectativa cada vez más limitada.

Al final, como señaló Paul O’Neill, “la seguridad nunca debería ser una prioridad. Debería ser una condición previa”.

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