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La película de Sophía Loren

Gustavo Álvarez Gardeazábal.- Fue a comienzos de 1963.Ya iba a entrar a la Bolivariana. Me había graduado de bachiller en Tuluá el año anterior y convencí a Maruja Cardona, la inolvidable y nunca bien lamentada mujer que hizo de abuela sustituta y amiga del alma en el furor de mi vértigo adolescente, para que fuésemos al Teatro Ángel a ver la película más comentada y que había ganado el Oscar: “Dos mujeres”, de Sophía Loren.

Para Maruja, que no había vuelto al cine desde cuando quedó viuda 23 años atrás, fue sorprendente lo que había cambiado el cine, pero impactante para su especialísimo temperamento la película, y por muchos meses y años volvimos a hablar de esa escapada y de la maravillosa actriz que era Sophía Loren.

Tal vez por ello la última película de la italiana, colgada en Netflix, me ha removido recuerdos e impresiones y me puede llevar a ser sesgado a la hora de recomendarla. “La vida ante sí” es una película modesta en costos y pretensiones, pero agradable, humana y sin más efectos que los causados por momentos fotográficos muy bien utilizados que economizan libreto, explicaciones y redondeos.

Es una buena película, no cabe la menor duda. Pero la actuación de la Loren, es maravillosa. Representando el papel de una anciana prostituta judía que se sostiene criando los hijos de las antiguas compañeras de oficio o recibiendo a los que la seguridad social italiana le facilita.

Sophía Loren, sin dejar ver en su rostro a los 86 años su decrepitud, representa el difícil papel de la mujer decrépita, que se derrumba en los vacíos de memoria, que se queda quieta en el tiempo de un alzheimer galopante, pero sin dejar de mirar al espectador con la gracia de esos ojos de gacela que tantas veces le vimos en sus películas desde hace más de 60 años.

Su antagonista es Momo, un simpatiquísimo adolescente negrito del África Central que tiene la dulzura de hablar con los ojos, de ser expendedor de drogas al por menor y de ejercer de protector hasta el final de la anciana que se derrumba. Para hacerlo, comprendiéndola y escondiéndola en un sótano que ella había ambientado para huir del mundo y sus placeres y sumergirse en los recuerdos que se le estaban yendo, forjan una relación conmovedora.

Las demostraciones de cómo puede crecer el afecto entre quien comienza la vida en medio de travesuras y quien se retira con la dignidad de las prostitutas viejas, están ejemplarizadas en esta obra rudimentaria.

Las fotografías de los rostros de Sophía y Momo reemplazan minutos enteros de filmación y dejan el sabor de una película que se puede repetir para deleite.

(http://www.labernardi.com)