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La eutanasia de Paola Roldán

Padre Eduardo Hayen.- ¿Vale algo la vida de Paola Roldán, de 43 años de edad, con el 95 por ciento de su cuerpo paralizado y después de años de cientos de cirugías que no han dado resultado? Entre tantos sufrimientos físicos que la atormentan, ¿tiene su vida alguna cotización o es que solo valía cuando era una mujer productiva?

Antes de su progresiva enfermedad ella pudo viajar, según se aprecia en fotos publicadas en redes sociales en las que se muestra frente al Taj Mahal en la India. Todo parecía que aquella sí era vida. Paola misma declaró que ha vivido “una vida plena”. Pero desde que apareció la maldita enfermedad, y ahora que su cuerpo desfallece en una cama y con asistencia las 24 horas, ¿su vida se quedó sin plenitud y se desplomó su valor? Ante una vida considerada indigna para un ser humano, la muerte se vislumbra como la única solución.

El gobierno de Ecuador despenalizó la eutanasia el pasado 7 de octubre. La Corte falló a favor de Paola Roldán luego de escuchar su petición de que se le concediera tener una “muerte digna” debido a sus tormentos por la esclerosis lateral amiotrófica.

Con esta decisión de los magistrados aparecen los miedos y el espanto de una sociedad que mide el valor de la vida por el grado de bienestar, belleza física, productividad y placer que sus miembros pueden obtener. Y cuando estos parámetros desaparecen, entones se descubre el lado horrendo de la existencia y se manifiesta la tentación de querer controlar la muerte, anticipándola.

Sin duda, los argumentos de Paola son dramáticos: “No hay medida paliativa que me permita transitar los dolores emocionales. El dolor de saber que todos mis sueños han sido mermados. El dolor de tener a mi hijo acostado a mi lado con fiebre y no poder extender mi mano dos centímetros para tocarle la frente. Díganme ustedes qué cuidado paliativo sirve cuando semana a semana soy testigo consciente de cada facultad que voy perdiendo”, relató ella misma.

Cuando las élites globalistas y los gobiernos que las apoyan quieren legalizar la cultura de la muerte, utilizan la estrategia de conmocionar al pueblo con casos extremos y trágicos. Para despenalizar el aborto la gente debe quedar estremecida por alguna niña de nueve años que fue violada por pandilleros, quedó embarazada y ahora su vida corre peligro. Esta misma maniobra se aplica para legalizar la eutanasia: se mediatiza un caso dramático como el de Paola Roldán para que el pueblo se sensibilice, y con esta manipulación de la opinión pública la mayoría termina aceptando la “muerte digna”.

No es la capacidad de viajar, producir y consumir donde se deriva nuestra grandeza. Llegamos a ser magnánimos por la capacidad de amar, de combatir y de sufrir por Dios, por la patria y por los demás. Si Dios permite a sus hijos pruebas de todo tipo es porque de ello se deriva un bien para nosotros que, quizá, no podemos verlo de inmediato.

Los héroes y los santos se forjaron en las batallas. El valor nos ennoblece; somos más hombres cuando sabemos acometer y resistir en medio de las tormentas cotidianas o en las luchas crueles contra los peligros, las enfermedades, la pobreza o las tentaciones.

El silencio lúgubre de la nada es el horizonte que pueden avizorar los que, en su ateísmo, apoyan la eutanasia. Y los partidarios de la “dulce muerte” que se llaman cristianos no imaginen que después del último suspiro del enfermo asesinado, Cristo recibirá con vítores y aplausos a quien creen que le hicieron un favor. Al cielo se entra por la puerta estrecha y se sube por la escalera de la cruz, y sin pretender ser dioses para disponer del momento supremo de morir.

Si Jesús padeció dolores indecibles en el patíbulo, murió haciendo de su Sacrificio la ofrenda que trajo la Redención, y nos unió a su martirio, quienes creemos y esperamos en Él podemos encontrar luz y fortaleza para nuestros sufrimientos, pequeños o grandes. “Si vivimos, para el Señor vivimos. Y si morimos, para el Señor morimos. Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor” (Rom 14).

Legalizar la eutanasia no es un triunfo para Ecuador ni para los países que la han despenalizado, sino un síntoma de declive social. Cuando el pueblo claudica en sus reservas espirituales, pierde su fortaleza y la ciudad queda indefensa ante los enemigos internos y externos. Contar con un ejército de hombres y mujeres fuertes es un deber de una nación, una necesidad moral, una exigencia ética y política para garantizar el bien común.

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