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Infidelidades

Alejandro Cortés González-Báez.- Dentro de la vorágine de costumbres de nuestra sociedad podemos encontrar diversos modelos de relación en los hogares. Si hoy preguntamos a un grupo de estudiantes, ¿quiénes de ellos viven en las llamadas familias uniparentales? —es decir hijos que viven sólo con uno de sus progenitores— nos asombraremos al descubrir que quizás sean la mitad. Claro está que no faltan los defensores de la libertad personal quienes favorecen las relaciones de parejas sin compromisos, pues, “al fin y al cabo, las personas son libres de decidir sobre sus vidas lo que les dé la gana”. Este argumento parece irrefutable, pero quizás convenga pensar en las consecuencias que esas decisiones tendrán sobre terceros, es decir los hijos. 

Me llamó la atención la respuesta de Jorge Luis Borges durante una entrevista televisada en 1977, cuando se le preguntó su opinión sobre la política de Argentina y dijo: “No creo que tengamos la madurez todavía para vivir en democracia”. Esta afirmación nos puede resultar demasiado fuerte, y no sé si tendría la razón o no, y si aquella respuesta se pueda aplicar a otras realidades cercanas a nosotros, pero este argumento me lleva de la mano para cuestionarme si en la actualidad los jóvenes están suficientemente maduros para contraer matrimonio, puesto que este contrato exige una actitud de servicio, y podemos observar que los menores no han sido educados para servir sino para ser servidos. 

Hoy vemos que, para muchos, la familia es valorada de forma insustancial, temporal y, por lo mismo, desechable. La infidelidad matrimonial se tolera con la misma naturalidad que las preferencias deportivas. 

Hoy en día los mecanismos legales facilitan la disolución del vínculo matrimonial, y de esta manera se daña la célula de la sociedad que es la familia, y cuando la vanidad y la búsqueda del placer se encuentran en un clima curtido por el sentimentalismo, los hombres y mujeres casados buscan salidas de realidades que consideran insoportables creando nuevas relaciones sentimentales. 

Por otra parte, observamos un afán desmedido de publicar la vida de los artistas como si la sociedad necesitara conocer la intimidad de estas personas, y esto es producto de una superficialidad comercializada. La frivolidad en la vida de los actores sólo provoca una curiosidad malsana que hace daño a la sociedad. La impudicia nos empobrece, nos devalúa, dado que el pudor es una virtud que protege la intimidad. 

Sólo cuando el amor duele es verdadero; pero la gente ya no está dispuesta al sacrificio, ni a doblegar su orgullo, por eso no son capaces de superar sus problemas. Veamos lo que nos dice sobre el matrimonio la Humanae Vitae: “Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe, sino por sí mismo, gozoso de poder enriquecerlo con el don de sí mismo”. 

 www.padrealejandro.org

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