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Iglesia en una noche oscura

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Padre Eduardo Hayen.- La diócesis pasa por una profunda tristeza. La noticia de la culpabilidad y la sentencia al padre Aristeo Baca nos ha dejado una gran amargura en el corazón. Nos duele por una declarada víctima y un sacerdote condenado a prisión. Además, la honda división de los católicos entre quienes le condenan y quienes le absuelven, es también causa de mucho pesar para quienes queremos vivir en una Iglesia unida, siguiendo el deseo de Jesús: “que todos sean uno como tú, Padre en mí y yo en ti” (Jn 17, 21)

Un solo abuso por parte de un sacerdote debe dolernos hasta el fondo del alma. El sacerdote es un don de Dios para su pueblo y ha sido tomado de entre los hombres en favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren (Heb 5,1). Cuando este regalo de Dios para su pueblo se desvirtúa, el daño que se puede causar es enorme y, en caso de abuso sexual, es un grave pecado de escándalo que obstaculiza, en toda víctima, su camino hacia Dios.

Ante la condena que ha hecho un tribunal a un sacerdote de nuestra diócesis, por este motivo, no podemos hacer menos que derramar lágrimas de pesar. Hay quienes creen que, aún después del juicio, el padre sigue siendo inocente; para ellos el dolor es aún mayor. Los católicos que lo creen culpable, si realmente aman a la Iglesia, no deberían alegrarse por su condena al estilo de los colectivos feministas que piden el “ojo por ojo”, sino que deben entristecerse por la herida hecha a una declarada víctima y al sacerdocio.

Mi postura ante el caso del padre Aristeo Baca es, en sintonía con nuestro obispo Guadalupe, la de guardar un respetuoso silencio e invitar a la oración. Sabemos que la justicia humana está llena de imperfecciones y que la justicia de Dios nada sabe de venganzas sino de misericordia.

La podemos resumir en la frase “Yo no quiero la muerte del pecador sino que cambie de conducta y viva” (Ez 18, 23). Esa debe ser la aspiración de todo sistema de justicia terrenal. Por eso nuestra invitación es a orar por la Iglesia y por todos los involucrados en este doloroso proceso, especialmente por la niña y el sacerdote para que Dios, en su misericordia, restaure sus almas, que tan gravísimos daños han sufrido.

Como Iglesia atravesamos por una noche oscura y, en medio de la noche, la actitud más sensata es la oración. El cardenal Sarah explica que, en una escena llena de misterio del libro del Génesis, Jacob combatió físicamente a Dios durante toda la noche. En esa batalla, su enigmático adversario lo golpeó en la articulación de su cadera y ésta se dislocó. Así nosotros, nos sentimos heridos por todos los hechos ocurridos en torno a este proceso judicial, pero recordemos que los santos son los hombres que luchan con Dios toda la noche, hasta que amanece.

En nuestras contiendas con Dios, en la oración, podemos preguntarle por tantas cosas y cuestionarlo por los hechos dolorosos; podemos llorar nuestras impotencias y desahogar nuestras rabias; podemos pedir que conforte los corazones atribulados y que cure el odio de muchos que han estado siguiendo este proceso.

Y, sobre todo, hemos de pedirle a Dios por su Iglesia, que a pesar de que sus miembros la enlodamos con nuestros pecados, es ella la que nos sigue dando a Cristo. Que nuestra fe jamás decaiga y que la Iglesia de Ciudad Juárez atraviese la oscuridad de la noche sabiendo que Dios nos conduce por un proceso de purificación. Él quiere renovar todas las cosas y no tardará la aurora en anunciar un nuevo día.

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