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Gratitud a Benedicto XVI

Padre Eduardo Hayen.- Cada Papa que pasa deja un legado para cada católico que comprometidamente sigue a Jesucristo y escucha sus enseñanzas a través de sus vicarios, los sucesores de Pedro; para cada católico que está atento a los signos de los tiempos y sufre con las tormentas por las que atraviesa la Iglesia en su navegación en el mar de la historia.

Es cierto que en 2013 terminó el pontificado de Benedicto XVI cuando presentó su renuncia a la sede de Pedro y en su lugar fue elegido el Papa Francisco. Pero ahora que el Señor lo ha llamado a su presencia, es cuando muchos de nosotros, a nueve años de su dimisión, valoramos más su aportación como teólogo, maestro y pastor, incluso desde antes de sentarse en la sede petrina. De manera personal agradezco especialmente cinco grandes riquezas que nos ha dejado para la vida de la Iglesia.

Su aportación al Concilio Vaticano II. Ante las dos visiones del Concilio que se dieron –una visión de continuidad con la Tradición de la Iglesia y otra visión que algunos tuvieron y tienen de ruptura con el pasado, en vistas a crear una Iglesia moderna protestantizada–, Benedicto XVI fue un gran defensor de que la reforma de la Iglesia traída por Vaticano II, era una continuidad con las verdades antiguas y enseñanzas anteriores, aplicando las enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia al mundo contemporáneo. Benedicto XVI nos ha dejado claro que el Concilio está inscrito dentro de la tradición doctrinal de la Iglesia Católica.

En los abusos del clero tomó al toro por los cuernos. Desde que era Prefecto de la Doctrina de la Fe, fue un estudioso y un investigador de los abusos sexuales. En cuanto llegó al trono pontificio encauzó sus fuerzas contra los abusos. Promulgó normas muy duras contra los clérigos abusadores y leyes especiales para combatir la pederastia. Concentró en Roma las investigaciones de los casos de todo el mundo para evitar que los obispos locales fueran blandos con los casos de sus diócesis. Benedicto se reunió con las víctimas de abusos en varios de sus viajes para escucharlas. Fue el Papa que marcó las líneas para purificar y reconstruir la Iglesia tan golpeada por esta crisis.

Sus homilías y enseñanzas. Se decía en Roma que al Papa Juan Pablo II los fieles del mundo iban a verlo. Del Papa Benedicto se decía que la gente iba a escucharlo. Fue un hombre de una altura teológica e intelectual del más alto nivel, capaz de dialogar con prestigiados filósofos o teólogos discrepantes de su pensamiento. Sin embargo, al mismo tiempo, y sobre todo en su etapa como sucesor de San Pedro, sus mensajes y homilías fueron de una gran belleza y profundidad, accesibles para todo el pueblo cristiano. Demostró que toda la profundidad de su pensamiento era para proteger y defender la fe del pueblo creyente y sencillo. Algunos hombres intelectuales de Iglesia, como el cardenal Müller, no dudan en afirmar que algún día Benedicto XVI será nombrado Doctor de la Iglesia.

El Catecismo de la Iglesia. Junto con Juan Pablo II y todo un equipo de colaboradores, Joseph Ratzinger nos regaló el Catecismo de la Iglesia Católica, una obra maestra que queda para la historia y que se queda como un dique de contención del relativismo doctrinal que quiere manipular el dogma, la moral y la liturgia de la Iglesia.

Su documento Dominus Iesus. Como Prefecto de la Doctrina de la Fe, cuando Benedicto era el cardenal Ratzinger, dejó muy claro quién es Jesucristo: Dios hecho hombre y el único Salvador del mundo. En tiempos en que muchos dudan de la divinidad de Jesús y lo colocan al mismo nivel que los fundadores de grandes religiones; o cuando muchos cuestionan el carácter divino de la Iglesia y su papel como mediadora de la salvación traída por Cristo, Dominus Iesus nos enseña que Cristo Jesús es el único Salvador de la humanidad –incluidas las demás religiones– y que la Iglesia Católica no es uno de los muchos ríos que desembocan en el mar de la divinidad, sino que es el único camino fundado por Cristo para llegar a la salvación y habitar en la casa del Padre. En la Iglesia Católica está la plenitud de la Revelación.

Sus encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Aunque esta última fue firmada por el Papa Francisco, se sabe que es la última de la trilogía sobre las virtudes teologales, y que por su renuncia no pudo firmar. Las tres encíclicas en conjunto muestran que el objetivo del Papa era no diluir o desparecer el mensaje de la salvación, de la vida eterna. La Iglesia –dice el padre Santiago Martín– estaba dejándose de ocupar de salvar almas por salvar cuerpos. Ya no contaba la vida eterna ni la vida del alma; lo importante era dar de comer al hambriento, olvidar de que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Al hombre hay que ayudarlo no solamente con el pan material sino, sobre todo, el pan espiritual que salva para la vida eterna. La primera y más importante caridad es enseñar a Jesucristo.

Guía para los católicos a la hora de votar por partidos políticos. En tiempos en que muchos católicos salen a votar por sus partidos políticos sin importar su compromiso con la moral emanada de nuestra fe, el Papa nos enseñó que hay temas que son innegociables, temas en los que un católico no puede ceder: la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; la defensa de la familia construida sobre el matrimonio entre hombre y mujer; la libertad de los padres para educar a sus hijos y la búsqueda del bien común de la sociedad.

Un Papa de la estatura de Benedicto XVI, con su claridad de pensamiento y con su conocimiento de la cultura de nuestros tiempos, ha sido un potente faro de luz que Dios ha regalado a su Iglesia. No nos cansemos de agradecer a Dios por su vida y su ministerio. Que su legado sea alimento espiritual para todo el orbe católico durante muchas generaciones.

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