Dr. Fernando A. Herrera M.- Hace poco más de tres años, el gobierno entregó las aduanas, los puertos y los aeropuertos a la Marina y al Ejército. No fue por una emergencia, fue una decisión desde el poder y de poder. Desde entonces, el uniforme extendió sus tareas, ahora también, administra, contrata y construye.
En México existen innumerables municipios en estados como Guerrero, Michoacán, Tabasco, Tamaulipas, Zacatecas, Sinaloa y un etcétera que alcanza hasta los 32. Tomemos Chihuahua de ejemplo: hay municipios donde los candidatos no hacen campaña sin un “permiso especial”, donde las casillas, efectivamente se instalan, aunque la competencia se simula y donde los que mandan no aparecen en la boleta. Y no es anécdota, es patrón.
Morena entendió que ganar elecciones no basta. Hay que ocupar. Por eso los programas sociales se volvieron estructura territorial y se creó una narrativa específica para polarizar, para partir al país entre pueblo bueno y adversarios (pueblo malo).
En el caso de los contrapesos, había que cambiar su esencia desapareciendo fideicomisos, haciendo recortes, empujar descalificaciones y hacer las reformas. El objetivo: concentrar el poder.
Cuando se consigue unir al uniforme y al narco con el poder, no habrá quien pueda echarte de él. Esta frase no es insulto, es radiografía.
El uniforme les da el candado institucional. La Guardia Nacional supera los 120 mil elementos y el Ejército administra el Tren Maya, el AIFA y las aduanas. Entonces, tiene presupuesto, tiene obra, tiene fuero. No es necesario dar un golpe. Basta con cuidar el proyecto y el proyecto los cuida a ellos.
En el otro aspecto que complementa: El narco es el candado territorial. Porque allá donde el Estado se repliega, ellos cobran piso, ponen orden, deciden rutas y ponen gobierno. En la temporada electoral no necesitan hacer propaganda, les basta con dejar pasar a unos y frenar a otros. No se afilia, se elimina, se ordena o se negocia.
Por último, el poder es el candado político. Controlan la narrativa desde la mañanera, reparten el dinero directo al votante y se afanan para convertir cualquier crítica en traición y presentar cualquier derrota como una conspiración. Con eso amarran a la base social y desarman a la oposición antes de cada campaña.
Los tres no necesitan firmar acuerdos. Les basta con no estorbarse. El uniforme no entra donde el poder le pide prudencia. El narco no revienta plazas donde el poder necesita estabilidad. El poder no investiga donde los otros están a cargo. A unos amparados en la seguridad nacional” y a los otros por reciprocidad.
Por eso no solo ganan elecciones, es que se vuelven inamovibles. La alternancia deja de ser un ejercicio ciudadano y se convierte en una operación de alto riesgo. No porque la gente no quiera cambiar, sino porque el cambio ya no depende solo del voto.
Mientras este triángulo siga cerrado, la democracia será fachada. Habrá urnas, habrá conteos, habrá ganadores. Lo que no habrá es competencia real. Y sin esa competencia, el poder no se presta, se hereda.
Prisión para unos, prurito para otros
En México la autoridad tiene dos velocidades: Omisa cuando le conviene, escrupulosa en exceso cuando le tocan a los suyos.
Nos quieren vender que detener primero y averiguar después es un atentado contra los derechos humanos. Tienen razón. Solo que se les olvida decir dónde aplican esa frase.
Porque esa frase describe exactamente lo que el Estado hace todos los días con la prisión preventiva oficiosa.
En 2024, 36.3% de las 236 mil 773 personas privadas de la libertad no tenían sentencia. De ese grupo, 47% estaba bajo prisión preventiva oficiosa.
La ONU documentó que hay 90 mil personas presas sin sentencia y que cerca del 50% están sujetas a esa figura automática.
La propia Corte ha advertido que si se invalidara la prisión preventiva oficiosa, saldrían unas 68 mil personas que hoy están encerradas sin que un juez haya decidido si son culpables o inocentes.
Eso es “detenlos y luego averiguamos” institucionalizado. Sin matices, sin debido proceso real, con décadas de vidas rotas.
Y entonces llega una solicitud de detención provisional con fines de extradición, con tratado firmado, con plazo de 60 días para presentar pruebas y, de pronto, la autoridad descubre el garantismo. De pronto le preocupa la presunción de inocencia. De pronto pide papeles, peritajes, conferencias, pruebas, todas las evidencias.
La pregunta es inevitable. ¿Acaso Rocha tiene mejores derechos que esas decenas de miles de mexicanos que llevan años en una celda sin sentencia? Porque al ciudadano común lo encierran por oficio, por catálogo, por estadística. Al político señalado, al que viene con pedido internacional, le ofrecen el beneficio de la duda que nunca le dieron al otro.
Esa es la doble vara que enferma al país. Cuando conviene, la autoridad es omisa para investigar bien, pero rápida para encerrar. Cuando le tocan a los suyos, se vuelve garantista de manual, pide pruebas anticipadas y alega soberanía.
No se puede sostener un Estado de derecho así. O la prisión preventiva oficiosa es una aberración que debe desaparecer para todos o el prurito jurídico que hoy invocan para no detener también debe aplicarse a los 90 mil que siguen esperando una sentencia.
Ignoran que la Ley de Extradición es muy clara y no hay excepciones. Aunque sean políticos de los suyos.
Mientras no se decidan, la frase seguirá siendo cierta. Detener primero y averiguar después sí es un atentado contra los derechos humanos. Solo que en México ese atentado tiene nombre, apellido y celda, y no es el de los que hoy protegen.
En Chihuahua hubo abuso desmedido de esta figura de encarcela y averiguas después, un gobierno en particular encerró una cantidad importante de personas que luego de años en prisión lograron demostrar su inocencia.
Hoy, hay infinidad de protocolos de Estambul esperando a quienes abusaron del poder y de la prisión preventiva oficiosa.
Para dar, no existe nada que alcance
Alguien me lo platicó algún día en una cantina de Chihuahua: “AMLO decía que al pueblo le avientas frijoles y come de tu mano”. No sé si lo dijo así, con esas palabras exactas. Da igual. Lo practicó como doctrina.
Porque no quería gobernar. Quería poseer. Y entendió antes que nadie que en México el hambre, la real y la simbólica, son más rentables que cualquier ideología.
AMLO quería el poder a toda costa y encontró la fórmula más vieja del mundo: hazte indispensable para el que no tiene nada… Y fue así como logró convertir la pobreza en clientela. No le interesaba formar ciudadanía. Los programas sociales dejaron de ser los derechos usados para manipular, para pasar a ser dádivas con nombre y apellido: Obrador.
La tarjeta del Bienestar no es un instrumento del Estado. Es la mano extendida. Tú no recibes porque la ley te ampara, recibes porque él sí te ve.
López Obrador sabía que los intermediarios medraban de los programas sociales, por eso los hizo a un lado. AMLO trabajó con el que diseñó la fórmula en la que los partidos, los gobernadores, los diputados, senadores, y empresarios manipulaban todo en elecciones y, encima, se enriquecían.
Los vio como unos estorbos. Por eso los pulverizó o los compró. Por eso hoy su heredera puede hacer malabares jurídicos imposibles: entregar a 92 capos a Estados Unidos en aviones, de madrugada, sin que un juez estornude, disque por “seguridad nacional”, y al mismo tiempo atrincherarse detrás del tratado para no tocar a Rocha Moya, a Inzunza, a Gámez, porque “faltan pruebas”. ¿Contradicción? No. Coherencia. El frijol se da a quien obedece y se niega a quien amenaza.
Él cambió la lealtad por impunidad. El pacto no es “no robarás”. El pacto es “no me traicionarás”. Por eso el Distrito Sur de Nueva York puede acusar a toda la cúpula de Sinaloa de cobrarle al Chapo y vástagos por proteger cargamentos de fentanilo, y la respuesta no es una investigación, sino un montón de discursos sobre el “estigma” y la “soberanía”.
AMLO lo entendió como nadie: cuando domesticas con frijoles, no necesitas convencer. Necesitas que necesiten y que dependan de ti. Y cuando dependen, te defenderán aunque los traiciones. Te defenderán aunque entregues el país a los militares, aunque abraces a la mamá del Chapo, aunque pactes con Washington para sacar a 92 narcos y luego acuses a Washington de intervencionismo.
AMLO quería el poder a toda costa. Y ya lo tiene. No porque ganara debates, ganó la campaña porque logró que millones sintieran que sí los ve y les da y después porque si él se va, se va el plato.
El problema de un domador es que los animales aprenden. Hoy, la mano ya no es solo la de él, ahora hay otra mano de su movimiento y aunque se coordinan, el celo los dividirá. Y la gente, que no es tonta, ya empieza a oler que el frijol viene con gorgojo y que la mano que reparte y alimenta es la misma que protege a los que roban y se confabulan con los delincuentes. La gente ya entiende que blinda a los suyos.
Por eso el caso Rocha duele. No es jurídico, pero la gente lo está viendo como un símbolo. Esta es la prueba de que el frijol nunca fue para el pueblo. Fue para comprar su silencio mientras los nuevos de arriba se repartían el país.
Cuando avientas frijoles y quienes lo reciben comen de tu mano, creas un imperio de dependientas, solo que será efímero, porque para dar no existe nada que alcance.
Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx
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