Dr. Fernando A. Herrera M.- El miedo es el peor consejero en la mesa del poder. Cuando el instinto de supervivencia se activa, la razón es la primera herramienta que se extravía. En la política, una decisión tomada con las entrañas suele ser un suicidio táctico. Ese frío en la nuca nubla la razón de quienes se creían intocables, detonando movimientos torpes que intentan jugar a las vencidas para re-localizar su poder, pero terminan exhibiendo su debilidad y el miedo.
Los mensajes que llegaron desde el exterior fueron brutales y despertaron el inmediato sentido de autoprotección. La salida de prisión del general Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad de Sinaloa, confirma que la justicia de los Estados Unidos ya validó y firmó su ingreso al programa de testigos protegidos. Mérida señalará y hablará de todo y de todos; sus archivos apuntan directo a la médula de Morena en el Pacífico.
Casi en paralelo, la revocación de la visa a Andrés Manuel “Andy” López Beltrán —por órdenes directas del Departamento de Estado norteamericano— encendió las alarmas en el ánimo del político más frío y calculador que hayamos conocido. La amenaza de tocar a los hijos operó como un misil teledirigido al corazón del clan familiar.
Mientras en Palenque se intenta administrar el miedo, el viaje del secretario de Seguridad a la cumbre global en Argentina despertó la furia del ala dura del morenismo. Cegados por un purismo ideológico que les impidió ver la jugada de fondo, los radicales llegaron al extremo de exigir su renuncia. García Harfuch no fue de paseo: trajo de vuelta a Fernando Farías Laguna, excontralmirante de la Marina y pieza clave en la millonaria red de huachicol fiscal en la que presuntamente están implicados Andy y Adán Augusto.
La extradición de Farías a los Estados Unidos amenazaba con abrir un boquete en los mandos navales del sexenio pasado, un golpe que podría alcanzar no solo a Ojeda, sino al mismísimo AMLO. El dogmatismo ciego de “los puros” prefirió ignorar la dimensión del botín.
En medio de este escenario de nerviosismo y miedo, el obnubilado expresidente intentó reinstalar a su compinche Rocha Moya en el gobierno de Sinaloa. El periplo terminó en un burdo acto para medir, retar y someter a la presidenta de la República. Sin embargo, el tiro salió por la culata y dejó un costo político impagable.
Al tensar la liga, provocó que se desempolvaran expedientes y se reabrieran las investigaciones criminales que las fiscalías del pasado convenientemente habían archivado.
Ante este panorama de fractura inminente, las preguntas de fondo flotan de manera incómoda en el Congreso de la Unión: ¿A quién terminarán obedeciendo las bancadas del partido oficial? En el Senado y en la Cámara de Diputados, operadores de la vieja guardia como Ignacio Mier y Ricardo Monreal ¿seguirán rindiendo pleitesía al líder moral en retiro o se alinearán finalmente con la nueva inquilina de Palacio Nacional?
Las respuestas a estas interrogantes, por más ruido que provoquen en los pasillos parlamentarios, terminan siendo irrelevantes ante el verdadero factor de estabilidad.
Al final del día, el destino de esta crisis no se decidirá en las curules ni en las comisiones legislativas, sino en el terreno de la disciplina. Si el secretario de la Defensa Nacional, el general Ricardo Trevilla, se mantiene firme e institucional para atender sin titubeos las órdenes de la Comandante Suprema, cualquier intento de insurrección política interna quedará reducido a una simple anécdota de café.
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