Dr. Fernando A. Herrera M.- Los nietos y los hijos que Dios me concedió recibirán un país sin instituciones y con un gobierno autoritario que lo ha endeudado como nunca. Lo peor de todo es que ellos tendrán que pagar esa deuda y, si pueden, reconstruirán el país para reinstalar las instituciones que han sido destruidas para concentrar el poder en una sola persona.
Esta herencia irá acompañada de un vacío que nunca pudimos llenar, porque no los entendimos, porque la mayoría tuvo que estar solo mientras su padre y su madre trabajaban para darles lo necesario. Los hijos no entienden por qué era más importante trabajar que estar con ellos, y los nietos no nos entienden ni a ellos ni a nosotros, porque no sabemos qué decirles ni sabemos interpretar su forma de pensar; tampoco los respetamos, y parece que nos negamos a entender que el mundo cambió tanto que nos agarró descuidados.
El país que heredan no tendrá con qué pagar las cuentas. Fox cerró su sexenio con una deuda de 1.6 billones de pesos; veinte años después, ese número se multiplicó doce veces: 6.3 billones con Calderón; 10.8 con Peña Nieto; 17.4 con López Obrador, y hoy, a mitad de este gobierno, ya roza los 20 billones —más de la mitad de todo lo que el país produce en un año—. Esta cifra, fría y alarmante, es la hipoteca que mis hijos y mis nietos pagarán sin haber pedido nada.
Y no será solo el dinero. Desde el 15 de septiembre de 2024 se firmó la reforma que acabó con el Consejo de la Judicatura Federal y todo el Poder Judicial y nos obligó a elegir a jueces, magistrados y ministros por elección popular, un proceso que arrastra tufo de fraude y manipulación política por la circulación de acordeones con los nombres a elegir y por la escasísima votación de ese día.
Meses después desaparecieron el INAI, la Cofece, el IFT y la CRE: eran los árbitros que vigilaban la transparencia, la competencia económica y las telecomunicaciones. Cada uno de esos organismos era un contrapeso; hoy, sus sustitutos responden, de una forma u otra, al Poder Ejecutivo concentrado.
El pésimo resultado no fue accidente: fue la ocurrencia y la improvisación convertidas por aduladores en método. Hoy tratan de corregir y no encuentran cómo.
Cuando se concentra la deuda, se concentra la justicia y se concentra el poder; lo que resulta no es un gobierno fuerte, sino un país convertido en el tesoro de una sola persona, sin quien lo cuide ni quien le pida cuentas.
Este país, que amamos y del cual somos testigos minoritarios de su desmantelamiento, me exige mirarme al espejo, a mí y a los de mi generación. No solo entregaremos un país sin instituciones y endeudado: entregaremos, a la nueva generación, un vacío que nunca supimos llenar.
Mientras el país se desmoronaba en manos de quienes nos vieron a los ojos y prometieron cuidarlo, en casa cometíamos un error parecido: creímos que trabajar y proveer era suficiente y dejamos solos a nuestros hijos mientras salíamos a ganarles el pan.
Ellos crecieron sin entender por qué el trabajo pesaba más que la presencia, y hoy nuestros nietos no nos entienden a nosotros ni a sus padres, porque tampoco supimos hablarles en el idioma de su tiempo ni respetamos su forma distinta de ver el mundo.
El país nos agarró descuidados en lo grande, y la familia nos agarró descuidados en lo pequeño: dos formas equivocadas con el mismo resultado.
Mi abuela decía que dar dinero no ayuda, que a las personas se les ayuda de otro modo: enseñándoles a ganarse el pan, no regalándoselo, como aquel viejo proverbio de enseñar a pescar en vez de dar el pescado. Pero ese dicho no lo quieren entender quienes reciben los depósitos de Bienestar mes con mes, mientras el país se endeuda hasta la médula, gobernado por un mesías tropical que canjea votos por dinero para convertir la pobreza en clientela en lugar de enseñarles a ser independientes.
La generación perdida
Una en la que fuimos incapaces de entender a nuestros hijos y, menos, todavía, a nuestros nietos.
Quienes nacimos en la pobreza estábamos condenados a repetir el ciclo. Así pasó y pasa con demasiadas personas. Algunos, afortunadamente, logramos superar y aprender de lo que vivimos, pero al crecer y progresar poco a poco, les dimos lo que no tuvimos, pero les quitamos la compañía y la presencia para ayudarlos a crecer.
A nosotros nos informaban la televisión y los periódicos, y cuando teníamos alguna duda o reclamo acudíamos a nuestros padres. Pero a ellos todo esto no les importa ni les sirve; tienen algo a la mano que no hemos entendido: tecnología y las redes sociales que son su recurso y su refugio.
Ellos se expresan por ahí. Por ahí hacen amigos, por ahí conviven, estudian y aprenden y hasta se enamoran. Por eso parecen ausentes, porque no acuden ni llegan corriendo a consultar a sus padres.
Estoy seguro que aprenderán a reinventar el mundo que les dejaremos, pero nos perderemos de convivir con ellos si no aprendemos a escucharlos y solo al oírlos una y otra vez aprenderemos a comunicarnos.
La pretensión de etiquetarlos como una generación que no aprecia lo que tienen es una estupidez monumental. Ellos viven en el mundo que construimos, que está lejos de ser perfecto y en ese mundo les tocará desarrollarse y aprenderán de sus propios tropiezos, nunca de los nuestros.
Por eso prefiero mirar desde otro ángulo. El único en el que creo tener algo de autoridad moral para opinar es el de abuelo. Solo así, la etiqueta deja de ser sobre ellos para convertirse en una autocrítica a nosotros mismos.
Mi infancia, como la de millones, no tuvo nada. Fue una infancia de carencias y violencia, en un entorno del que a los 14 años fui expulsado. De ahí en adelante, la vida fue construir con una obsesión: que a los míos nunca les faltara lo que a mí. Le di a mi madre, le di a mis hermanos, después a mis hijos.
Y mis hijos, con una mejor educación, multiplicaron todo varias veces para los suyos.
Llegaron mis nietos: esa generación que quieren etiquetar como de cristal, creyendo que ellos conocen nuestra historia. Ahora pretendemos criticarlos porque tienen sus redes sociales, la inteligencia artificial, creyendo que la tienen fácil. Y no es así, al igual que nosotros, aprenderán peleando sus batallas.
El error garrafal de nosotros que crecimos con poco y salimos adelante es haber confundido resarcir con educar, en lugar de usar el aprendizaje de las dificultades para ayudarlos a forjar herramientas frente a la vida, les dimos cosas y los dejamos solos.
Fue por amor, sí, pero amor mal orientado, que decidió que nuestro tiempo era mejor aprovechado trabajando que ofreciendo nuestra presencia.
Por eso la autocrítica no puede quedarse en eso, debe ser una autocrítica compartida entre abuelos e hijos porque si no hacemos este análisis, la grieta entre nosotros, nuestros hijos y los nietos se va a abrir más.
Lo que nuestros hijos y nietos necesitan no es la crítica irracional de que ellos “viven mejor que nosotros y que no lo aprecian”, cuando lo que necesitan es nuestro amor incondicional y el apoyo de ser parte de una familia.
Ellos se encargarán del futuro, de eso no debemos tener duda, pero lo que sí necesitan es que escuchemos y aprendamos a comunicarnos con ellos. Y no es un idioma nuevo, sino uno que nos permitirá estar presentes.
A los gobiernos les toca diseñar las políticas públicas para evolucionar en la atención integral de la salud y la educación. Necesitamos líderes, no trabajadores obedientes ni adoctrinados. Necesitamos jóvenes en libertad de elegir su rumbo y alcanzar sus objetivos.
No son una curiosidad de las redes, ni son una generación débil ni de cristal, sino una nueva generación, con herramientas nuevas y que serán quienes hereden este país.
Nuestra tarea es incorporarnos lo mejor que podamos a la velocidad que llevan estas generaciones. Y la de los gobiernos es tratar de entregarles las mejores cuentas de lo que hicieron con el país.
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Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx
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