Conserva tus ojos en su palabra: Al mantenernos en su senda, que es de verdad y de eterna virtud, podremos fortalecer la fe, vigorizar la esperanza y robustecer el soplo caritativo. La enternecedora huella dejada, está crecida de cariño, recreada por el respeto y la pasión.
Justamente, por ello, hay que elevar los ojos, alzar la voz suplicante y tejer el espíritu orante, para recibir su aliento y alimento anímico. Sus pasos, nos colmarán y calmarán, siendo testigos de su Reino.

I.- El buen propósito de la vida humana: hermanarse es el amor recíproco
Reencontrarse es hallarse en guardia,
estar de servicio con brío benefactor,
mostrar compasión en cada instante,
con la pacífica energía de la entrega,
del darse y del donarse mutuamente.
Lo propio está en verse mar adentro,
en bucear para observarse y quererse;
pues aquel que cultiva el contemplar,
sabe amarse y enlazarlo con el amar,
que es como se cohabita en plenitud.
Corazón a corazón todo se apacigua,
se alberga y se resguarda la vecindad,
con el itinerario del espíritu donante,
siempre en centinela para reverdecer,
pues somos mientras nos renovamos.

II.- La sana caricia de cristo: fraternizarse es la viva composición
El Redentor nos invoca a su morada,
nos requiere en cada amanecer vivos,
nos enamora con bondades y apegos,
que nos hacen más de Dios y menos
del dominio, al ser ovejas con Pastor.
La potencia Misericordiosa celestial,
ante una humanidad cansada del mal,
nos viste y reviste de sanación firme,
pues no hay malicia que permanezca
en lo pérfido y no retoñe con el bien.
Amad, es el único beneficio: ¡amad!
Querer, es el pan de los días: ¡querer!
Mirarse en Jesús, es hallarse: ¡mirar!
No hay mejor sentirse que explorarse,
pero hagas lo que hagas, ¡hazlo verso!

III.- El mejor deseo de gratuidad: gratis lo recibimos, démonos gratis
Uno es lo que es por nuestro Creador,
y la prueba de que Dios nos custodia,
es que su Hijo penó por nuestra pena,
y siendo nosotros todavía pecadores,
murió para alumbrarnos el horizonte.
Únicamente en el crucificado se nota,
la verdadera dimensión del Salvador;
un don así sólo espera de la persona,
que lo acoja y lo recoja y haga savia,
sabiendo que sin Él nada es factible.
No hay mejor hacer que un agitarse,
que un revolverse para volverse paz,
o que un removerse para deshacerse
de lo mundano y retornar a lo etéreo,
donde la Cruz es la evidencia del sol.

Autor: Víctor Corcoba Herrero



