Daniel Valles.- Antes de Nayib Bukele, El Salvador pasó por varias etapas políticas que terminaron agotando a buena parte de la población. Primero vino la derecha tradicional; después, la izquierda progresista. Y al final, muchos salvadoreños concluyeron algo bastante simple: ninguno les había devuelto tranquilidad.
Durante décadas dominó ARENA, partido de derecha conservadora, promercado y profundamente alineado con Estados Unidos. Era una derecha clásica latinoamericana de finales del siglo XX:
* anticomunista,
* liberal en economía,
* conservadora en temas sociales,
* cercana al empresariado,
* y obsesionada con la estabilidad financiera.
ARENA gobernó entre 1989 y 2009. Sí lograron estabilizar algunos indicadores macroeconómicos. Sí contuvieron ciertos desastres financieros. Sí mantuvieron cercanía con Washington.
Pero mientras los tecnócratas presumían números, las pandillas crecían como hongo después de la lluvia. Las maras comenzaron a territorializar colonias enteras. La extorsión se volvió normal. La violencia se convirtió en paisaje.
Entonces ocurrió lo inevitable: el desgaste social. Ahí apareció el FMLN.
Y aquí es donde muchos olvidan algo importante. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional no nació como partido político tradicional. Nació como guerrilla marxista durante la guerra civil salvadoreña.
Después de los acuerdos de paz, el FMLN se convirtió en fuerza política legal y eventualmente ganó la presidencia. Gobernó entre 2009 y 2019. Sus gobiernos fueron claramente de izquierda latinoamericana:
* progresismo regional,
* populismo social,
* fuerte discurso de justicia social,
* expansión estatal,
* narrativa victimista,
* y cercanía ideológica con el llamado “socialismo del siglo XXI”.
No llegaron al desastre venezolano, eso también hay que decirlo, pero sí ocurrió algo muy delicado: el Estado siguió perdiendo autoridad, las maras crecieron, la percepción de inseguridad aumentó, la corrupción apareció también en gobiernos de izquierda.
Y comenzaron a surgir acusaciones gravísimas sobre posibles negociaciones entre el gobierno y las pandillas para reducir homicidios artificialmente.
Es decir: el ciudadano salvadoreño promedio terminó decepcionado tanto de la derecha tradicional como de la izquierda progresista.
Y ahí apareció Bukele. Pero Bukele no encaja fácilmente en las categorías clásicas. Eso desconcierta muchísimo a analistas internacionales.
No es progresista tradicional.
No es liberal clásico.
No es conservador histórico puro.
No es socialista.
Bukele es otra cosa.
Una mezcla de:
* soberanismo,
* nacionalismo pragmático,
* hiperpresidencialismo,
* tecnocracia,
* populismo digital,
* conservadurismo de orden,
* y autoridad estatal agresiva.
Entendió algo que gran parte de América Latina aún no comprende: la gente puede soportar pobreza, puede soportar inflación, puede soportar corrupción durante cierto tiempo, pero llega un punto donde ya no soporta vivir con miedo. Y ahí cambian todas las prioridades políticas.
Por eso el fenómeno Bukele es tan incómodo. Porque rompe la narrativa progresista dominante donde el criminal suele ser presentado como producto exclusivo de las circunstancias sociales. Bukele invirtió completamente el discurso.
El eje dejó de ser:
“¿qué llevó al criminal a delinquir?”
Y pasó a ser:
“¿cómo protegemos al ciudadano común?”
Eso transformó políticamente a El Salvador.
Por eso, mientras organismos internacionales hablan de autoritarismo, una gran parte de la población salvadoreña responde algo mucho más básico: “Ahora sí podemos salir a la calle”.
Y esa frase, guste o no, pesa muchísimo políticamente. Porque las élites internacionales normalmente discuten principios abstractos. La población discute supervivencia diaria. Ahí está el choque moral y político de fondo.
Y mientras tanto, México observa todo esto con una mezcla extraña: preocupación, curiosidad, incomodidad y comparación inevitable.
Porque cuando un país pequeño logra reducir drásticamente la violencia, inevitablemente deja expuestos a los gobiernos que siguen administrando inseguridad.
Y debajo del ruido, esa es la parte que más incomoda.
**El Meollo del Asunto**



