Dr. Arturo Castro.- El Partido Revolucionario Institucional vio nacer a la gran mayoría de los políticos del país, los pocos siguen en las dirigencias del mismo, los menos están ausentes sin llamados a reuniones y los más han emigrado a otros partidos políticos.
Una migración que otorga la oportunidad de seguir vigente, dadas las decisiones electorales de la sociedad. Los políticos viven de la política, por ello buscan la mejor sombra que los cobije, puede ser una traición a los principios defendidos con anterioridad.
La lealtad queda de lado frente a las decisiones cupulares que se volvieron arbitrarias, al igual que las tienen aquellos llamados partidos chicos, que se dice con razón tienen dueño ya que son los que mandan sin litigio.
El PRI a través de la historia se convirtió en un partido hegemónico, gobernando 71 años ininterrumpidos este país, con muchos grupos políticos que dialogaban y negociaban las posiciones, el poder era de muchos, hoy es de los pocos que como pandilla no lo quieren soltar, tal vez porque es lo único que les queda.
Ser candidato del PRI era ser un candidato ganador, fueron muchas décadas, hasta que la sociedad se cansó de la corrupción y la miseria, dando oportunidad a impensables personajes que solo al timón hundieron más el barco nacional.
La política requiere de personas con capacidad comprobada para cumplir con la encomienda social, puede ser a través de la academia o por las experiencias adquiridas en este mundo denominado el arte de comer sapos sin hacer gestos.
El PRI hoy está cooptado por una cúpula que no cede posiciones, que lucra con las candidaturas y que crea animadversión entre la militancia que, sin dudarlo, cambia de quereres y emigra a otras instituciones políticas, que sin dudarlo los usarán como votos en blanco para sus propios intereses.
Aquellos priistas con vocación, que nacieron en un ambiente de lealtad al partido, que hicieron de su vida, su única vida dentro de él, hoy aquí y desde el más allá lamentan el estado del país, aun mayormente el rumbo que ha tomado sin destino final.
El PRI tiene signos de ruptura en este milenio, tal y como pasó en el pasado revolucionario, en donde los líderes se disputaban el poder entre balas y mentadas, la dirigencia nacional no cede, negocia hasta su patrimonio personal a costa de los principios partidistas.
La ruptura es inminente, solamente se espera que su refundación atraiga buenas nuevas a la política mexicana que depare un mejor futuro a la sociedad civil.



