Daniel Valles.- Morena está viviendo lo inevitable. Pasó de ser un movimiento de cohesión moral, articulado alrededor de una sola figura, a convertirse en un partido de poder. Y cuando el poder se reparte, aparecen las tribus. No es fractura pública, es tensión silenciosa.
Hoy en Morena hay, al menos, tres fuerzas visibles: la vieja guardia obradorista que aún se asume custodio del proyecto original; el grupo institucional que orbita alrededor de Claudia Sheinbaum y que busca estabilidad y orden; y los liderazgos regionales que entienden la política como negociación de posiciones, no como cruzada ideológica.
Cuando el partido era oposición, la unidad era sencilla: todos contra el sistema. Cuando el partido gobierna, la disputa es interna: quién controla candidaturas, quién define reformas, quién administra presupuesto, quién hereda el liderazgo.
Ahí está el punto delicado. La llamada “rebelión de tribus” no es un levantamiento abierto, es resistencia estratégica. Legisladores que frenan reformas. Gobernadores que negocian más de la cuenta. Corrientes que condicionan su respaldo.
¿A quién afecta primero? A la presidente. Claudia Sheinbaum necesita disciplina interna para impulsar reformas estructurales. Pero la disciplina no se impone cuando el liderazgo ya no es carismático sino institucional. AMLO podía ordenar. Sheinbaum tiene que negociar. Eso cambia todo.
Para Morena, el riesgo no es dividirse hoy. El riesgo es comenzar a fragmentarse rumbo a 2027 y, peor aún, rumbo a 2030. Cuando se empieza a disputar la sucesión anticipada, las lealtades cambian.
¿Y AMLO? Su figura sigue siendo referencia moral, pero ya no es operador político cotidiano. El fundador ya no controla cada engrane. Y en los partidos dominantes, cuando el liderazgo central pierde omnipresencia, los grupos intermedios ganan fuerza.
Para México, esto tiene doble lectura. Por un lado, puede ser sano: más negociación, menos imposición automática. Por otro, puede generar parálisis o radicalización interna si las tribus deciden medir fuerzas.
El verdadero dilema no es si hay corrientes internas. Eso ocurre en cualquier partido grande. El dilema es si Morena logra transitar de movimiento personalista a partido institucional sin romperse en el intento. Porque gobernar es administrar poder. Pero administrar tribus… es otra cosa.
Y eso es, El Meollo del Asunto.



