Dr. Fernando A. Herrera M.- El 1 de octubre, Claudia Sheinbaum cumple dos años en Palacio Nacional. La fecha, que en cualquier sexenio pasaría como mero aniversario administrativo, este año tiene un peso distinto: es el día en que la Constitución deja de obligar a que, ante una falta absoluta del Ejecutivo, el pueblo tendría que ser convocado a elecciones para elegir a quien la sustituya.
El Artículo 84 es claro y frío como solo puede serlo un texto legal escrito para momentos que nadie quiere imaginar. Si la ausencia definitiva del presidente ocurre en los primeros dos años del sexenio, el Congreso nombra un interino y está obligado a convocar elecciones para que la ciudadanía decida quién termina el periodo. Pero si esa falta ocurre después —en los últimos cuatro años—, el mecanismo cambia por completo: el Congreso simplemente designa a un sustituto que gobernará hasta 2030, sin urnas de por medio.
Sheinbaum entra a esa segunda ventana el mes que viene. Y no es un dato menor en un momento en el que crecen las versiones —documentadas ya por más de una pluma— sobre la tensión entre Palacio Nacional y Palenque.
El informe que no fue del todo suyo
El pasado 1 de septiembre, la presidenta ofreció su Segundo Informe de Gobierno ante un patio repleto de afines en Palacio Nacional, pero deliberadamente austero con apenas 320 invitados y sin las arengas de otros años, con López Obrador, hijos y allegados ausentes.
En el discurso, dos párrafos llamaron la atención de columnistas por su tono casi defensivo: “los servidores públicos tenemos la obligación de comportarnos con sencillez” y, otro más revelador, “que nadie se equivoque: aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos” —frase que varios analistas leyeron como respuesta directa a las versiones de fractura con el expresidente, su familia y en las filas de Morena.
El periodista Ramón Alberto Garza, de Código Magenta, fue más lejos: sostuvo que minutos antes de salir a leer el informe, Sheinbaum sufrió una crisis de estrés que obligó a que médicos la estabilizaran y que estuvo cerca de suspender el acto. Garza atribuye ese episodio a una tenaza de presiones: por un lado, las exigencias de lealtad hacia AMLO y sus hijos desde el círculo del expresidente que rodea a la presidenta, y por el otro, la constante presión desde Washington para actuar contra políticos de Morena señalados por vínculos con el crimen organizado.
La versión, sin embargo, no quedó sin respuesta: al día siguiente, en su mañanera, la propia Sheinbaum lo negó entre risas (“no, no, no”), y Presidencia no reportó ningún incidente médico; el periodista Julio Astillero, además, cuestionó públicamente la falta de pruebas detrás del relato de Garza. Cierto o no, lo que la versión sí retrata —lo confirme o no el episodio puntual— es el terreno fértil en el que germina: un ambiente donde a nadie le extraña ya imaginar a la presidenta al borde del colapso.
No es la primera vez que Garza documenta fricciones de ese tipo. Durante los primeros años del sexenio de López Obrador, según ha contado en distintos espacios —incluida una entrevista con Adela Micha—, tuvo acceso a un video en el que aparecía la esposa de Manuel Bartlett, entonces director de la CFE, contando en efectivo millones de dólares, presuntamente producto de un “moche” cobrado a un contratista. Cuando se lo mostró a AMLO, este le pidió publicarlo; Garza accedió, pero con una condición: que se le garantizara protección de testigo al empresario que había entregado el material. AMLO respondió que eso no lo podía garantizar porque la Fiscalía es autónoma.
Garza, según su propio relato, entendió ahí que el caso no avanzaría: le dio una palmada en la espalda, le dijo “ya te entendí” y no volvió a tratar el tema con él. AMLO, por su parte, ha dado una versión distinta: sostiene que fue él quien empujó a Garza a hacer pública la evidencia si la tenía, y que el periodista nunca lo hizo. Sea cual sea la lectura correcta de ese episodio, marcó —según el propio Garza— el principio de su distanciamiento del proyecto de la 4T y de su amistad personal con el entonces presidente.
Son dos historias separadas por años, pero que dibujan el mismo patrón: un círculo que protege a los suyos y que exige lealtad como moneda de cambio, y una Sheinbaum que —hasta ahora— ha preferido no romper del todo.
El amague como única salida decorosa
Aquí es donde conviene pensar como jugador de póker y no como espectador de un simple juego político. A AMLO no le conviene deshacerse de Sheinbaum por la vía burda: sustituirla sin más sería un cinismo que el mundo entero registraría como golpe de estado interno, con costos diplomáticos y de mercado que Morena no podría pagar.
Tampoco es creíble —ni deseable plantearlo en serio— que se recurra a algo más oscuro para forzar una vacante; no hay indicio alguno de eso y conviene descartarlo de tajo.
Lo que sí es potencialmente factible es lo que ya ocurre en cualquier relación de poder desigual: el amague. Sheinbaum puede usar la fecha de octubre como palanca, no como amenaza abierta, sino como recordatorio tácito de que después de ese día su posición —y la de quien gobierne México hasta 2030— depende enteramente de que las cámaras, alineadas absolutamente con Palenque, decidan respetarla o sustituirla sin que nadie vote.
De ahí se abren, con la lógica, tres caminos:
1. Ceder presión para ganar margen. Un amague de renuncia o de ruptura pública que obligue al entorno de AMLO a soltar terreno en puntos específicos —nombramientos, control de la narrativa, autonomía en seguridad— a cambio de que ella siga sosteniendo la fachada de unidad.
2. Obediencia continuada. Mientras el Congreso responda más a Palenque que a Palacio, cualquier amague es un farol sin carta fuerte detrás; en ese escenario, Sheinbaum sigue gobernando bajo tutela.
3. Retirarse y dejar que se maten solos. La opción más drástica: renunciar o marginarse lo suficiente para que la disputa interna de Morena —entre el ala leal a AMLO y quienes ya ven en Sheinbaum un proyecto propio— estalle sin que ella cargue con el costo político de haberla provocado.
Ninguno de los tres caminos es gratuito. Pero los tres se vuelven viables —o, quizás, más urgentes— a partir del 1 de octubre, cuando la Constitución deje de ser el paracaídas que hoy la protege.
Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx
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