Mario Álvarez Porras.- Las candidaturas no se construyen únicamente con discursos. También se construyen con trayectorias, con resultados de gobierno y con la manera en que una administración es evaluada cuando el ciclo político empieza a cerrarse.
He conocido a Cruz Pérez Cuéllar desde sus años como senador de la República. Desde entonces ha sido posible observar a un político que ha transitado distintos momentos de la vida pública nacional, pero que ha encontrado en Ciudad Juárez su espacio más determinante de gestión y construcción política.
Su registro como aspirante a la gubernatura de Chihuahua abre una discusión que va más allá de las coyunturas partidistas. Se trata de una conversación sobre el rumbo del estado y sobre qué tipo de experiencia debe valorarse para encabezar su próximo ciclo de gobierno.
Cuando concluyó la administración independiente de Armando Cabada en Ciudad Juárez, la ciudad enfrentaba un escenario complejo. Había una demanda persistente por mejores servicios públicos, mayor orden administrativo y una recuperación de la confianza ciudadana en las instituciones locales. Juárez, como muchas ciudades fronterizas, no solo requería infraestructura; requería estabilidad y dirección.
En ese contexto, la llegada de Cruz Pérez Cuéllar a la presidencia municipal marcó el inicio de una etapa de reorganización institucional y de impulso a la obra pública. La intervención en vialidades, la rehabilitación de espacios urbanos y la atención a zonas históricamente rezagadas comenzaron a redefinir, poco a poco, la percepción de la ciudad.
No se trata de afirmar que los problemas hayan desaparecido. Ningún gobierno municipal enfrenta una realidad de esa magnitud sin tensiones ni pendientes. Sin embargo, en el balance público, la narrativa de una ciudad estancada comenzó a dar paso a la idea de una ciudad en movimiento.
Gobernar Ciudad Juárez implica administrar una de las realidades urbanas más complejas del país. Su tamaño, su dinámica económica y su ubicación fronteriza exigen una capacidad constante de negociación con distintos niveles de gobierno, así como una presencia permanente en el territorio. En ese sentido, la gestión municipal se convierte también en un ejercicio de resistencia institucional.
El punto relevante de esta etapa es político y no únicamente administrativo: la reconstrucción de una percepción de ciudad en proceso de mejora. Juárez no es una ciudad fácil de gobernar y, por ello mismo, los resultados —o la falta de ellos— adquieren una dimensión especialmente visible.
Hoy, cuando el nombre de Cruz Pérez Cuéllar aparece en la discusión sobre la sucesión en la gubernatura de Chihuahua, el debate se desplaza hacia otro nivel. Ya no se trata únicamente de aspiraciones personales o de equilibrios partidistas, sino de experiencias concretas de gobierno.
Desde esa perspectiva, su trayectoria reciente en Ciudad Juárez se convierte en su principal carta de presentación. Haber encabezado el gobierno de la ciudad más grande y estratégica del estado en una etapa de transición urbana y administrativa, lo coloca en el centro de la conversación política estatal.
La decisión final corresponderá a los ciudadanos de Chihuahua. Así debe ser en cualquier democracia. Pero también es cierto que el electorado no solo elige entre nombres, sino entre trayectorias verificables y resultados que puedan ser evaluados.
En el caso de Cruz Pérez Cuéllar, su aspiración a la gubernatura no surge de un vacío político, sino de una carrera que ha encontrado en Ciudad Juárez su punto más visible de ejecución gubernamental.
Y es ahí donde la política deja de ser discurso: cuando una ciudad entera empieza a reconocerse en el espejo de su propio gobierno, y ese reflejo se convierte en la prueba más clara de lo que puede proyectarse hacia un estado entero.



