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Cuando decidir duele

Marcos Barraza Urquidi.- Hay decisiones que se anuncian con claridad. Y hay otras que llegan sin ceremonia, como una presión lenta en el pecho. No duelen de inmediato. Duelen al sostenerlas.

El instante exacto

El dolor no apareció el día que tomamos la decisión. Apareció después, cuando el mundo empezó a reaccionar.

Cuando las palabras cambiaron de tono. Cuando las sonrisas se volvieron tensas. Cuando los silencios duraron demasiado.

Ahí entendí algo que nadie enseña que Decidir es fácil, pero sostener la decisión, ahí es donde duele.

El dolor no siempre es dramático porque no hubo tragedias, hubo algo más difícil: desgaste, comentarios “bien intencionados”, bromas que no eran bromas, consejos que no pediste, miradas que juzgan sin hablar.

El dolor verdadero rara vez grita, solo se acumula y en ese momento aparece la tentación más peligrosa pensar que “Tal vez exageré.” o tal vez debería ceder un poco, quizás no valía la pena tanto conflicto. Y no era por cobardía, era solo cansancio, eran esos atardeceres esplendorosos que la soledad torna sombríos.

La voluntad se prueba en el tiempo

Recuerdo a mis maestros de niño y a mis padres cuando hablaban de “Fuerza de voluntad”, “Hombría”, “Honor”, “Familia”, Dignidad”, “Sacrificio”, “Abnegación”… palabas que hoy quedaron obsoletas y al nombrarlas irritas a ciertas personas porque te exigen la perfección para poder invocarlas, pero quizás esas palabras quedaron en el sótano de la mente, manejándome inconscientemente.

Aquí ocurre algo decisivo: La voluntad no se prueba el día que decides, se prueba los días en que nadie te aplaude, cuando el resultado aún no llega, cuando el cielo se torna gris, cuando el costo ya se está pagando, cuando no hay evidencia visible de que fue lo correcto y no es opción claudicar.

Ahí no queda teoría, solamente queda el carácter, la templanza ante la incertidumbre.

El dolor de ser mal interpretado

Hay un tipo de dolor especialmente corrosivo: el de ser reducido a una caricatura, el que se refieran a ti como macho, a veces como retrógrado, como si actuar en valores fuera cosa del pasado y tus posiciones las consideren ultra, cuando manifestar tus convicciones haga que te cuelguen la etiqueta de mocho.

Etiquetas rápidas para evitar pensar, y no dolían por ser injustas, dolían porque simplificaban el hecho. Reducían una decisión compleja, amorosa y responsable, a una consigna fácil, a un estereotipo incorrecto.

Y, aun así, hubo que callar, porque explicarse todo el tiempo es otra forma de claudicar.

El punto de no retorno

Llega un momento, silencioso, deslizándose sin permiso por la mente, ahí en el que entiendes algo con absoluta claridad: Si cedo ahora, no traicionaré una idea. Me traicionaré a mí.

Y ese punto no admite negociación. No porque seas inflexible, sino porque ya sabes demasiado para fingir ignorancia y los demás lo pueden olvidar, pero tú no.

El dolor que purifica

Aquí va algo que suena duro, pero es cierto: El dolor de decidir bien, depura, te quita: la necesidad de aprobación, la urgencia de agradar, el miedo a quedar solo, la dependencia del consenso y finalmente entiendes que eso no te vuelve insensible. Te vuelve claro, fríamente claro, aunque te digan robot.

La paradoja del respeto tardío

Con los años ocurre algo curioso: quienes más criticaron, dejan de hablar del tema, cambian de conversación, observan en silencio, no siempre piden disculpas, no siempre reconocen. Pero ajustan la mirada, porque los hechos tienen una virtud incómoda: no discuten, pero quienes se tomaron a pecho el asunto, no olvidan, acechan en las espaldas el momento de volver a lanzar la estocada trapera.

El costo que sí vale la pena

Decidir duele y sostenerte duele más. Pero hay un dolor peor, y lo sabes desde el principio: el dolor de saber que pudiste haber hecho lo correcto… y no lo hiciste.

Ese no se va con el tiempo, ese se enquista. El otro, el que pagaste, se transforma.

No todas las decisiones que duelen son correctas, pero todas las decisiones correctas duelen en algún punto. No por castigo, por fricción con el mundo.

Y cuando el dolor llega, no es una señal de error. Algunas veces es la confirmación más sobria de que no cediste.

Decidir duele, sostener duele más, pero renunciar a la propia conciencia… eso sí es insoportable.