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Cristo ha resucitado… ¡Aleluya!

Compartiendo diálogos conmigo mismo

El Vía Crucis se transfigura en Vía Lucis: Será fructífero degustar y deliberar sobre uno mismo, frente a los desafíos que la existencia nos pone por delante cada día, a nivel personal y planetario. La Pascua no aparta la cruz, nos aporta el fundamento de la fe.

Todo se vence por la pasión liberadora y, su dicha nos convence, con el alba de la esperanza. La losa, símbolo de la muerte, ha sido removida y movida hacia el inspirado cántico luminoso, vivificándonos sin pena alguna.

I.- No está en la tumba; ¡Es el viviente!

Desde entonces, el amor subyugó al odio,
y el odio dejó de esclavizar nuestro andar.
Con el célebre sol se vencieron los males,
y lo que mora es la aurora con su claridad;
pues quien es, Verdad y Vida, nos orienta.

Que sea la clemencia la que nos albergue,
la que nos guíe los pasos y nos encamine,
la que nos pase su donaire y nos absuelva,
pues nuestra alma está con Cristo siempre,
sólo hay que ansiar seguirle y no apartarle.

Con Él, el perdón se impuso a la condena,
la venganza dejó de cohabitarnos los días.
Miremos a su cruz y dejémonos reanimar,
al ver la fosa vacía y a mi Señor gloriado,
que nos asiste desde el cielo y nos auxilia.

II.- En su Resurrección; ¡Se alegran cielos y tierra!

La fe de los cristianos se basa en el gozo,
en el júbilo del anuncio de sus discípulos,
que percibieron el sepulcro resplandecido;
porque el Crucificado ya había resurgido,
y con su luz borró la sombra de la muerte.

El esplendor de Dios nos resurge a diario,
su grandeza es tan auténtica como divina,
pues la vitalidad satisfecha de la creación,
así como el anhelo de toda fibra humana,
nos asciende al Padre a través de su Hijo.

Bañados por la irradiación del Resucitado,
todo se puede componer y nada se resiste;
por eso cantamos y caminamos frondosos,
con la mirada puesta en nuestro Salvador,
que se halla vivo caminando con nosotros.

III.- Mi Señor triunfante; ¡Su paz con nosotros!

Con Cristo regresa al mundo la concordia;
nos hace falta su espíritu para corregirnos,
para ablandar la dureza de nuestros pasos,
con la mística del adorar y el deseo de ser,
más pulso que pausa a la hora de dirigirse.

Las llagas en el cuerpo de Jesús revivido,
son el signo de la lucha que Él combatió;
amándonos hasta el extremo de ofrecerse,
para que lográsemos tener unión y unidad,
estar en paz y obrar en paz con los demás.

Dejémonos atraer por el acuerdo celestial,
tomemos el horizonte de la reconciliación;
al ser del limbo y a su firmamento volver,
convertidos en gozosos heraldos de savia,
como testigos de quien es nuestro Señor.

Autor: Víctor Corcoba Herrero

Autor: Víctor Corcoba Herrero