Dr. Omar Bazán Flores.- Los clústeres empresariales surgieron hace más de una década como instrumentos de articulación productiva y transformación de las cadenas de valor. Hoy, esos mismos ecosistemas enfrentan un nuevo desafío: integrar la sostenibilidad como eje estratégico de competitividad.
En un entorno marcado por mayor presión regulatoria, volatilidad de mercados y exigencias de trazabilidad, los clústeres han comenzado a adoptar prácticas ambientales avanzadas. Chihuahua no puede ni debe quedar al margen de esta transición.
Como señala la especialista Cynthia Michelle Hernández, el nuevo modelo industrial incorpora plataformas de crecimiento bajo en carbono, donde la colaboración interempresarial acelera la adopción tecnológica y reduce riesgos financieros.
De acuerdo con el World Economic Forum, la iniciativa Transitioning Industrial Clusters (TIC) alcanzó en enero de 2026 una red de 40 clústeres en 20 países. En conjunto, representan un potencial de reducción de 877 millones de toneladas de CO₂ equivalente, una contribución aproximada de 508 mil millones de dólares al PIB global y la protección o creación de 4.6 millones de empleos.
El crecimiento ha sido exponencial: en 2024 agrupaba 20 clústeres en 10 países, con un potencial de 626 millones de toneladas de CO₂ y 362 mil millones de dólares en aporte económico. La comparación evidencia la velocidad con la que la sostenibilidad se consolida como estrategia industrial global.
Uno de los mayores beneficios de integrarse a un clúster sostenible es el fortalecimiento integral de la cadena de suministro. Las empresas líderes pueden facilitar financiamiento, transferencia tecnológica y certificaciones a pequeños proveedores que, de otra forma, tendrían barreras de acceso. Esto se traduce en trazabilidad, menor huella ambiental y acceso a mercados de mayor valor agregado.
Sin embargo, persiste un desafío: mientras los mercados no penalicen con mayor firmeza los productos insostenibles, la adopción será gradual.
Los parques ecoindustriales representan otra vía estratégica. En países con programas consolidados de eco-industrial parks (EIPs), las sinergias industriales permiten compartir redes de vapor, tratamiento y reutilización de agua, cubriendo hasta 58% de la demanda hídrica en ciertos parques. Los periodos de recuperación de inversión pueden ser tan cortos como 1.6 años, además de generar ingresos adicionales por la venta de agua tratada.
En México, este ecosistema se articula a través de la Asociación Mexicana de Parques Industriales Privados (AMPIP), que reporta más de 477 parques industriales en 28 estados, con más de 4 mil empresas instaladas y más de 70 millones de metros cuadrados construidos. Aproximadamente 70% rastrea métricas de sostenibilidad como eficiencia energética, reciclaje de agua y certificaciones internacionales como LEED, EDGE, GRI o GRESB.
En el norte del país, Manuel Montoya Ortega, director del Clúster Automotriz de Nuevo León, subraya que el enfoque ambiental dejó de ser reputacional para convertirse en un factor estructural de competitividad. La industria automotriz representa cerca de una tercera parte de las exportaciones del estado y agrupa entre 300 y 400 empresas, desde desarrollo de proveedores hasta formación de talento especializado.
En este proceso, las empresas tractoras desempeñan un papel determinante. Mientras las grandes armadoras cuentan con departamentos formales de sostenibilidad, muchas pymes carecen de estructuras similares.
El clúster, entonces, funciona como vehículo de transferencia de conocimiento, permitiendo que las mejores prácticas permeen en toda la cadena de suministro.
Desde la perspectiva financiera, la sostenibilidad también impacta el valor corporativo. Las empresas que cotizan en bolsa deben reportar sus emisiones; un desempeño ambiental deficiente puede depreciar el valor de sus acciones, mientras que una gestión responsable tiende a ser premiada por el mercado.



