Compartiendo diálogos conmigo mismo
Que nuestra voz, Señor, se haga eco de la tuya: El pueblo, que habitaba en tinieblas, divisó una gran luminaria. Se dejó sorprender por la Buena Noticia y, asombrado e interrogándose cada cual consigo mismo, se entregó en gestos concretos de amor.
La ofrenda fue locución de aliento, expresión de caridad o actitud de servicio; un modo de advertir, que Dios está cerca. De hecho, anunciar el Evangelio, es liberarse oceánicamente, ayudando a los demás a ser libres.

I.- Acercarse al reino celestial; que ha bajado a la tierra
Con Jesús, lo mundano deja de ser;
el momento está llegando a su fin,
su Reino ha descendido a la tierra,
nos vive y mora en todos nosotros,
hermanado a la condición humana.
No hay humanidad sin hermosura,
como no hay divinidad sin Cristo;
el tiempo del alejamiento terminó,
cuando el Señor vino a acogernos,
para salvaguardarnos y eximirnos.
El santo verbo nos siembra beldad,
nos cubre con la luz de su Palabra,
nos orienta y reorienta al florecer,
recogiéndonos como brotes suyos,
y acogiéndonos en cada situación.

II.- Reconciliarse entre sí; pues, por el hijo, subimos al padre
El hombre, como el árbol, se anida
de sueños y se enraíza mar adentro,
en su propia inmensidad de versos,
para tornarse un latir de conciertos,
y en los desconciertos armonizarse.
Volver a Dios es nuestro cometido,
revolverse a lo terrenal es lo cabal
y preciso, para abrazar las Alturas,
con las que creamos tonos diversos,
como renuevos de timbres devotos.
Ha comenzado el tiempo de vivir,
de desvivirse por quererse y amar,
de hacer hogar para hallar sosiego,
y de rehacerse como estirpe unida,
casados a una familia providencial.

III.- Apoyarse en el fulgor etéreo; para ser estrellas en perpetuidad
El apoyo del Crucificado es diario,
nos eleva y nos alaba de esperanza,
nos llena de gozo y alegría el alma,
nos agranda por dentro y por fuera,
hasta embellecernos de resplandor.
Somos tripulantes de azules claros,
vamos camino del místico paraíso,
nuestras idas y venidas son de paz,
tan sólo hay que dejarse examinar,
por quien es verdad y eterna savia.
La fuerza Omnipotente nos abriga,
uno a uno hemos de clamar su don.
Escuchemos su timbrazo cada día,
vivamos la dicha de ser absueltos,
de sentirnos amados para siempre.

Autor: Víctor Corcoba Herrero



