Dr. Fernando A. Herrera M.- Serían las 8 y unos minutos del día 2 de enero, cuando el estrepitoso sonido de los celulares nos despertó.
Me había dormido tarde por estar en maratón con “La Ley y el Orden” en la televisión. Desperté y pregunté a mi esposa: ¿es una alerta Amber?
Creo que sí, contestó despertando.
En eso nuestra cama comenzó a moverse como vaivén, empujada allá y acá con una fuerza suave, pero firme. Fueron unos cuantos momentos. No podría decir cuántos, pero apenas pasó y le dije a mi esposa:
Es un temblor, no te asustes, en esta ciudad es así, dije sin creerlo yo mismo.
Las alarmas del hotel se dispararon mientras hablábamos fue cuando le dije:
Creo que debemos evacuar. Debe haber protocolos; ¡vamos!
Nos pusimos a vestirnos con cierta rapidez, pero ya no se sentía nada. Sólo oíamos la alarma del hotel.
Bajamos y vimos a todos los huéspedes en la calle, la mayoría sin abrigo adecuado, asustados y con temor en sus caras.
Salimos. Un guardia dijo que harían revisión de rutina; estuvimos afuera, mientras algunos empleados proveían de cobijas a huéspedes sin abrigo, entre ellos una pareja con un niño pequeño en los brazos que se veía aterido por el fresco de la mañana.
Poco después pudimos ingresar y más tarde salimos a un recorrido en autobús por el sur de la Ciudad de México.
No hablamos del tema entre nosotros, pero algunas personas nos preguntaban si lo habíamos sentido y fue cuando supimos que había sido de 6.5 grados, pero sin la certeza. Luego hubo imágenes en las redes que mostraban algunos daños.
La noche llegó y mi esposa durmió medio vestida. No dije nada. Decidí respetar.
El día tres a las 8:50 escribí esto y a las 13:00 saldría nuestro avión a Chihuahua.
Estábamos en el hotel ONE de la avenida Juárez, cerca del hemiciclo a Benito Juárez, en la habitación 120.


