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Jesús y María unidos como en un solo corazón

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Antonio Fernández.- La presencia de María Virgen habrá de entenderse, comprenderse y valorarse, es obra de Dios antes de todos los tiempos del mundo y el universo, por la fe cree el cristiano católico la redención de la humanidad, obra y deseo de su divino Hijo Jesús, y se “Manifiesta la distinción entre la compasión de María y la Pasión de Jesús”.

El Espíritu Santo deposita al Verbo encarnado en su seno y de Él lo recibe María en sus benditos brazos, la oscuridad del mundo se disipa en Belén donde se enciende la luz de la esperanza salvadora, pues al recibirlo, la ternura de María su Madre, su amor maternal obedece llevarlo a su regazo y por obra de Dios Padre, el corazón del Niño se une para toda la eternidad al de María su Madre.

He aquí que sin merecer se nos concede el don de apreciar la elegancia y belleza de cómo Dios Nuestro Señor realiza la obra redentora que en adelante será sufrir el corazón de Jesús, y más el de María su Madre, el de la Madre sufre y padece, el del Hijo padece, amor recíproco desde el pesebre de Belén, Egipto, Nazareth, Jerusalén y continúa al paso de su vida terrena hasta el término del mundo.

La pasión de Cristo Nuestro Señor ilustrada en los Santos Evangelios, desde la última cena en adelante, María su Madre lo vive como Él. Nuestro Señor no estaba solo, el corazón de María estaba a su lado sufriendo con Él en un grado mucho muy alto, dolor que ningún ser humano ha padecido en la historia del mundo.

María, la Madre de Dios, vive en su corazón los injustos agravios, injurias, tormento, laceración de su divina espalda; por obra de Dios, María era sacudida en un dolor que no hay palabras para explicarlo.

Pongamos atención a la narración del Evangelista, cuando en el culmen de su pasión María está al pie de la cruz: “Junto a la Cruz de Jesús estaba de pie su madre y también la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena”.

En ese momento en el mundo y el pueblo que vino a salvar reinaba la oscuridad pecadora, reconozcamos que la fe en las santas mujeres era consuelo a sus dolores, pero de entre esta fe ahí presente resalta en una distancia que no tiene medida la fe de María, la Madre de Jesús, que conforta y alienta, anima y consuela el corazón del Hijo ofendido por la ignominia humana.

Igual y mucho mayor es el corazón de María cuando Ella sufre el lacerante dolor que la espada causa cuando va resbalando sin detenerse a su corazón, dolor y más dolor, cada vez más hiriente ver la agonía de su Hijo, es la espada profetizada por San Simeón, al tener al Niño en sus brazos, desde pequeño, todo eso María lo guardó en su corazón y poco a poco ve la veracidad de la profecía, vive la aflicción clavada en su Inmaculado corazón del cual nació Jesús.

Al momento priva el dolor, el sufrimiento y la congoja, la fe de María no vacila, es firme, lo que debemos apreciar en nuestra vida de pecado, aunque humanamente todo lo divino parezca fallar, la profecía del ángel que había prometido para su Hijo el trono de David es verdad, así en nuestra desesperación es buscar en nuestra Madre la esperanza.

¿Y los dolores de María? En Nuestra Santa Madre Iglesia desde el siglo IX eran ya sus dolores objeto de devoción. En el siglo XVII es celebrada con solemnidad por los Servitas la fiesta de los Dolores de la Santísima Virgen, extendida por el Papa Pío VII a toda la Iglesia en 1814 y en 1912 la fijó Pío X el 15 de septiembre.

Hasta aquí lo histórico, ahora la razón: ¿Cuántos son los dolores de María que padeció? Son siete. La Profecía de San Simeón dijo: Él había de ser no solamente “luz para ser revelada a las naciones” sino también “la gloria de su pueblo de Israel” que de tal manera lo rechazaba y entregaba a la muerte por medio del poder romano.

Luego la huida a Egipto, el Niño perdido y hallado en el Templo, Jesús camino del calvario con la cruz a cuestas, al pie de la cruz, confortarle en la crucifixión y muerte de su Santísimo Hijo, el descendimiento de la cruz, el Santo entierro. Enumerarlos es recorrer con María los dolores desde el nacimiento de Jesucristo Nuestro Señor hasta el Santo Sepulcro.

Llevando la Madre dolorosa el pesar en su corazón dispuso encontrase con Él en la Vía de dolor, tal fue su sorpresa que estuvo a punto de desfallecer, ver a su Hijo Jesús que siendo el bien es la verdad llevado en condición humillante y deshonrosa por la ignominia de los hombres a los que vino a salvar del pecado. Su Hijo lleva sobre sus hombros la cruz con todos los pecados del mundo, pero más doloroso y angustiante verlo caer en tres ocasiones.

María su Madre entendió que el peso de los pecados era terrible. Ella fue la única alma que comprendió en ese momento que la razón de sus caídas fueron el peso de todos los pecados de la humanidad, cifra indescifrable que pesa el dolor en su corazón y en todo el ser de María, en Ella es más fuerte el dolor tormentoso de su sufrimiento que el del Hijo.

El dolor en la agonía de Jesús es una fuente inagotable de gracias que recibe la Madre por su Hijo. ¿Cuáles fueron? Infinidad, pero la importante es habernos heredado a su Madre a ser Madre nuestra, no es de dudar que, al recibir la nueva responsabilidad de su Hijo, las palabras de María que brotaron de su corazón al de su Hijo fueron las mismas de la aceptación en la Anunciación: “He aquí la esclava del Señor, hágase en Mí según tu palabra”.

Y por obra de Dios, Jesús y María unidos como en un solo corazón velan la salvación eterna de las almas.

hefelira@yahoo.com