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La justicia no debe tener dueño

Dr. Fernando A. Herrera M.- Exigir que todo proceso legal se conduzca con respeto a la ley es un derecho de todos y una obligación que debemos cuidar y defender, sin importar de quién se trate, porque mañana nos puede tocar a nosotros, o a uno de los nuestros.

La justicia no puede tener dueño, ni color, ni temporada. No puede aplicarse con rigor a unos y con indulgencia a otros, como ocurre con Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, o Enrique Inzunza, senador de Badiraguato por Morena. Ni tampoco puede convertirse en un instrumento para cobrar facturas políticas. Cuando eso pasa, deja de ser justicia y se convierte en venganza o en teatro con sello oficial.

Hoy es César Jáuregui; antes fue —y sigue siendo— César Duarte. No son el mismo caso, pero sí el mismo abuso. Y no se trata de defender personas ni partidos, sino de defender el principio que nos protege a todos: que nadie esté por encima de la ley, pero que tampoco nadie quede por debajo de ella.

A Jáuregui, la justicia de Chihuahua solo pudo sostenerle el ejercicio indebido del cargo y el juez le concedió llevar su proceso en libertad. Minutos después, al salir de esa audiencia, la Federación lo detuvo por los mismos hechos, ahora bajo una gravísima acusación —traición a la patria— y lo trasladó al penal de máxima seguridad del Altiplano.

El mismo operativo, los mismos días, las mismas decisiones, juzgados dos veces, en dos fueros, con dos varas. Nuestra Constitución establece que nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Cambiarle el nombre al delito para volver a perseguir los mismos hechos es burlar el espíritu de la ley.

Y lo de Jáuregui es una acusación que no encuadra ni con fórceps. La traición a la patria exige probar la intención de someter a México a un país extranjero, y a Jáuregui se le reprocha, en todo caso, no haber pedido permiso. Ni siquiera la FGR ha dicho qué parte del artículo pretende aplicarle. Cuando el delito no cabe en la ley, es que se pretende acomodar la ley al delito. Y mientras tanto, un hombre al que un juez consideró apto para enfrentar su proceso en libertad, hoy está en prisión preventiva en un penal de máxima seguridad.

Con Duarte la historia es parecida. Cuando el proceso en Chihuahua iba en aparente buena vía o le favoreció, el centro decidió comenzar de nuevo con el mismo asunto. Si no se pudo por una vía, se intenta por otra; si no alcanzó un juez, se busca otro.

Eso no es justicia; es insistir hasta encontrar la forma de castigar. Y eso no se vale. El abuso de poder es el recurso de un gobierno que no logra legitimarse por la vía de la ley.

Cuando la razón jurídica no alcanza, se recurre al exceso: a la detención con espectáculo, a la acusación exhibicionista y desproporcionada, a la cárcel como mensaje. Pero un Estado que encarcela para mandar mensajes, más temprano que tarde, termina encerrando a cualquiera. Hoy son ellos; mañana puede ser uno de nosotros. Por eso Duarte debería estar libre y Jáuregui nunca debió perder su libertad.

México sabe reunirse. Llenamos el Ángel y el Zócalo para ver a la Selección en el Mundial; miles, millones celebramos o lloramos juntos como si en un gol se nos fuera la vida. Salimos por millones a las calles para ver pasar al Papa, aunque sea por un segundo, y pasamos horas bajo el sol solo para verlo. Y cada 12 de diciembre hay millones que caminan kilómetros hasta la Basílica, y de rodillas, con sus piernas lastimadas y sangrando, por la fe que nos llena.

Nadie nos obliga: lo hacemos porque creemos, porque nos importa, porque sentimos que lo vale, por amor. Esa misma fuerza, esa misma entrega, es la que necesitamos para exigir justicia.

La capacidad de organizarnos, la capacidad de sacrificarnos está demostrada. Nos falta convencernos de que nuestro estado, nuestro país, también merecen nuestra fe y nuestro esfuerzo para exigir que sean derechos, que no abusen ni nos quieran convencer de que son perros del mal. Que la justicia, que la legalidad y la libertad sean causas por las que valga la pena salir a la calle con la misma pasión con la que salimos a celebrar un gol o a recibir una bendición.

El día que nos reunamos con la misma motivación para defender a nuestro país, para pedir cuentas, para exigir que la ley se aplique igual para todos, ese día empezaremos a tener un país. Ese día empezaremos a ser ciudadanos.

El nueve

Lula ganó la elección en Brasil; de la lona se levantó. Y muchos preguntan: ¿Cómo que ganó, si ya estaba perdido? ¿A poco en la vuelta que dio le pegó el teniente? No, no es Arnulfo González.

Y es que parecía perdido. El 4 de octubre, en la primera vuelta, el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, le ganó con 47% contra 45%, más de 2.2 millones de votos de ventaja. Las encuestas hablaban de empate y ninguna anticipó lo que vino después. Tres semanas más tarde, el 25 de octubre, Lula ganó la segunda vuelta con 64.3 millones de votos, el 51.8%, contra 59.8 millones de Flávio, el 48.2%. Una diferencia de 4.4 millones de votos, el doble de la que tuvo en 2022 frente a Bolsonaro papá. Nunca, desde el regreso de la democracia en Brasil, alguien había ganado un balotaje después de quedar segundo en la primera vuelta.

En realidad, hubo tres factores que, para mí, fueron muy importantes.

El primero: Lula se esforzó en el reparto de la Bolsa Familia e incluyó a millones que no alcanzaban todavía. Y probablemente la gente le respondió: en la segunda vuelta sumó casi 11 millones de votos más que en la primera, mientras su rival apenas agregó unos 3 millones. Votaron 128.2 millones de brasileños, y la abstención bajó a su nivel más bajo desde 2006. Solo en el Nordeste, la región más pobre y la que más depende de esos apoyos, Lula sacó 13.7 millones de votos de ventaja.

Segundo: Un juez amplió el horario de votación por dos horas para que la gente que no pudo llegar por la lluvia pudiera votar.

Y el tercer factor, no lo hizo él: fue una estupidez de su contrincante. En el último debate, Flávio Bolsonaro le dijo “nueve dedos”, pues, como muchas personas sabemos, Lula perdió un dedo en su etapa de trabajo en el sector metalúrgico. Fue en un accidente laboral, cuando todavía era menor de edad.

Lula no se quedó callado: respondió que no iba a aceptar que un niño rico le llamara “nueve dedos”. Y Flávio, ya con el daño hecho, tuvo que pedirle disculpas en vivo. Lo inexplicable es cómo Bolsonaro perdió la cabeza y, al burlarse de una cuestión tan humana, perdió la simpatía de mucha gente.

Nadie tiene por qué hacer mofa de un hecho así.

El caso es que Luiz Inácio Lula da Silva ganó. A sus casi 81 años, el exobrero metalúrgico, el que perdió un dedo en una fábrica, gobernará Brasil por cuarta vez y se convertirá en el presidente elegido democráticamente que más tiempo ha gobernado su país. Flávio dice que pedirá anular la elección, pero con 4.4 millones de votos de diferencia, le va a costar trabajo. Al final, el que se burló de los nueve dedos terminó contando con sus diez dedos los votos que le faltaron.

Pero no pierdan de vista que ese apoyo ayuda hacia adentro de la casa. Afuera Brasil tiene grandes problemas de inseguridad, empleo, una economía estancada y una gran deuda interna.

Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx

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