Compartiendo diálogos conmigo mismo
El desagradecimiento humano: La ingratitud, emana de nuestra falta de gratitud, hacia la gratuidad gloriosa. Cuando la persona cesa de dar gracias a Dios por lo que recoge y empieza a requerir los dones como derechos absolutos, no sólo corrompe la alegría de sentirse amado y salvado, también rompe la armonía comunitaria, de endiosarse en lugar de brindarse. Alzado el ejercicio orante y realzado el don místico; la pieza de la paz como pausa viviente, será nuestro propio pulso.

I.- El Plan Beatífico nos fraterniza; está en la viña de todos y de nadie
Todo germina del amor de amar amor,
nada se resiste a la pasión de una viña,
que es de todos y de nadie en especial;
su confluencia colectiva y su afluencia
floreciente, nos realza como nacientes.
Dios obra sin cesar, en todos nosotros;
nos custodia en nuestro diario de vida,
nos confía dones y nos llena de gracia,
pues un labrantío cubierto de viñedos,
es un campo de emociones ofrendadas.
Esta idea nos induce a ser agradecidos,
pero asimismo a despertar del ensueño;
que la crónica no es sólo para anidarla,
incluso para ganarse el pan y ofrecerlo,
acorde a Jesús y no a nuestro capricho.

II.- La tentación de apropiarse; es cosecha del estímulo mundano
Nada es nuestro porque sí, es de Dios,
y como originarios de su gran viñedo,
estamos para custodiarlo y celebrarlo;
no para olvidarnos de su divino dueño,
y no recordar que somos sus renuevos.
Cuando rechazamos el afecto celestial,
los efectos de la soberbia nos lesionan;
dejamos de oír la apelación del Señor,
queremos los frutos a cualquier precio,
pero tampoco ansiamos rendir cuentas.
Oponerse al amor es negar a Jesucristo,
es rehusar el lazo de la cruz redentora,
es abandonar su fiel abrazo indulgente,
es no alcanzarle ni percibir su Palabra,
como fiel espera y esperando rehuirla.

III.- La creencia se prueba con hechos; tras estar presente en la buena nueva
Jesús nos recuerda este vivo arranque,
origen vivencial de no desechar nada;
pues lo que los seres humanos niegan,
el espíritu angelical lo revive en amor,
y lo transforma en fundamento de luz.
El credo no se anida sólo en vocablos,
con arraigo en las simples apariencias;
necesitamos la fuerza de la esperanza,
unida al anhelo de verse mar adentro,
y de observar nuestra distintiva parra.
Será un buen pensamiento la revisión,
motivo para obrar según el Evangelio;
canon que nos hace cepa y hermanos,
con la confianza de sentirnos amados,
y el gozo de ser de Dios y volver a Él.

Autor: Víctor Corcoba Herrero



