Compartiendo diálogos conmigo mismo
Jesús sube al cielo para guiarnos: Con su presencia y a través del Espíritu Santo, nos requieren desde las alturas a propiciar auténticos encuentros por aquí abajo; a ser portadores de Buena Noticia, pero sobre todo de esperanza y consuelo, en este tiempo de tantas incertidumbres y desengaños.Vivamos ya como percusiones celestes, las sacudidas terrícolas, con la serenidad que imprime el ser hijos de Dios. Despojémonos de lo frívolo, ¡volvámonos fibras orantes!

I.- La contemplativa de reunirse, como familia de Dios
Congregados y en camino advertimos,
que la mirada conjunta nos ennoblece;
se vuelve iluminada de nuestros pasos,
imaginativa de nuestro original andar,
tan dócil en el mirarse como en verse.
Somos penitentes en penitencia diaria,
con entidad de cuerpo a reconducirse,
y con identidad de alma a purificarse;
talante que nos embellece mar adentro,
pues lo sistémico es lo que nos alienta.
No hay mayor vigor que partir al edén,
que regresar al Padre a través del Hijo;
pues la Ascensión de nuestro Salvador,
es el primer paso de nuestra elevación,
una intensificación de su presentación.

II.- El avance de la escalada, como deseo de pulsación
Poblaciones todas, cultiven la palabra,
déjense atraer por el decoro del verso;
que nos aguarda al son de las caricias,
de los mimos vertidos en providencia,
para elevarnos de las superficialidades.
Velemos cada día por nuestros pasos,
perdamos el miedo a no reconocernos,
y aunque abrirse camino sea doloroso;
la fe aleja el sufrimiento, lo atraviesa,
hasta convertir la amargura en alegría.
La Pascua nos muestra que Dios vive,
que está a nuestro lado en cada aurora,
para llenarnos de luz nuestras noches,
siguiendo el camino que Él nos forjó,
pues el cielo se cautiva ya en la tierra.

III.- El plan celestial, como grandeza de esperanza
Con la humanidad gloriada por Cristo,
que toma los plenos influjos del Padre;
con un poder donante que universaliza,
pues su aliento es ofrecer vida y amor,
y sistematizar la verdad con la bondad.
El cimiento de nuestra ilusión es vivir,
sentirnos cercanos entre sí y plácidos,
llamados a proteger la llama del amor,
que es lo que labra un mundo fraterno;
pues, una vez laborado, brota el orden.
Es el soplo de Jesús el que nos serena,
su propio empuje nos guía y custodia,
más allá de las barreras de la situación
y del tiempo, para que seamos relevos
y testigos, de un momento culminante.

Autor: Víctor Corcoba Herrero



