Soc. Omar Jesús Gómez Graterol.- El año 2025 se destacó, entre otras cosas, por los desafíos que implicó para las instituciones de ayuda humanitaria. No pocas asociaciones se vieron frente a la disyuntiva de realizar despidos de personal vital en sus actividades, desprenderse de bienes muebles e inmuebles o tener que cesar totalmente sus operaciones. Lo anterior, debido a la disminución del apoyo financiero nacional e internacional basados en argumentos adoptados, por no pocos líderes mundiales y regionales, acusándolas de ser figuras parasitarias, carentes de eficacia, efectividad o eficiencia en sus labores, o simplemente calificándolas de innecesarias.
Lamentablemente, la agencia del “Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados” (ACNUR) como brazo ejecutor de la “Organización de las Naciones Unidas” (ONU) para la protección de personas desplazadas por la fuerza (obligadas a huir de guerras, persecuciones, violencia y/o sin nacionalidad definida, entre otras causas), no fue ajena a estas situaciones. A pesar de ser también la mayor antagonista a la trata de seres humanos y la esclavitud moderna en el planeta.
No obstante, lo más grave consiste en la implementación de recortes presupuestarios junto a la aplicación de políticas estatales que, en su conjunto, obedecen más a reacciones viscerales de sus autores (inexpertos en la materia) que al cúmulo de saberes y experiencias de alcance global, generados para utilidad de los más necesitados y fundamentados en herramientas científicas.
El uso de las fuerzas represivas del Estado en los diferentes países y en perjuicio de esta población, la discriminación y demonización de quienes migran, la creación de trabas para impedir su inserción legal en la sociedad ha sido de los medios más empleados, pero históricamente más ineficaces para manejar adecuadamente este fenómeno. Probablemente se produjeron más apátridas, pero no se canalizó este recurso para el provecho colectivo.
En Ciudad Juárez, inversamente a los evidentes logros de ACNUR, entre los que se pueden referir: la integración de individuos y grupos despatriados o amparados (inclusive algunos provenientes de otras latitudes del suelo mexicano) a empleos, educación, salud, acceso a bienes y servicios, en suma, la articulación ventajosa al tejido urbano juarense; la retribución que se le dio redundó en más obstáculos.
Afortunadamente, se trata de una entidad que quizás “se dobla, pero no se rompe” y responde a los retos con creatividad y flexibilidad. Para compensar sus limitaciones forjaron alianzas con centros como el “Centro de Asesoría y Promoción Juvenil” (Casa Kolping) y “Derechos Humanos Integrales en Acción” (DHIA). Asimismo, han aceptado la cooperación de los estudiantes de la preparatoria del “Tec Milenio”, los cuales, por vocación, han impulsado movimientos artísticos que crean conciencia sobre el tema. Sin estas colaboraciones gran parte del trabajo efectuado correría el riesgo de perderse.
En fin, la generalidad de entes, que auxilian al prójimo en desventaja, requieren y requerirán de empatía, así como solidaridad, para continuar funcionando. El objetivo es seguir trabajando, aun en contra de viento y marea en un municipio que se ha caracterizado por ser lugar de tránsito y acogida. Pero para incrementar sus posibilidades de éxito se precisa del respaldo de la mayor cantidad de actores y agentes socioculturales, políticos y económicos tanto en aportes de capitales como en acompañamientos sociales.
Recordemos esto: aquellos que emigran no vienen con las manos vacías. Enriquecen la cultura y aportan a su entorno. Tienen deseos de contribuir a donde llegan. De igual manera, traen conocimientos, capacitaciones y grados académicos elevados, por lo que vale la pena invertir en ellos. Es verdad, ciertos migrantes han tenido comportamientos que dejan mucho que desear, pero no es conveniente juzgar a todos por una minoría o por particulares.



