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La voluntad no es deseo

Marcos Barraza Urquidi.- Un maestro anciano, quejumbroso y regañón, me decía con vehemencia: Marcos, no se aprende leyendo, ni escuchando, se aprende reflexionando, dudando, comparando hechos, no intenciones, “Facta non verba” y agitaba su brazo tembloroso.

Nietzsche decía en su libro “El Ocaso de los Ídolos” que debemos ir por la vida golpeando las cosas para saber de qué están hechas y eso, en la convivencia, tiene consecuencias, porque desnuda a la gente y te agreden por sentirse ofendidos.

Durante mucho tiempo se nos ha vendido una idea cómoda: que querer algo con suficiente intensidad es lo mismo que ejercer la voluntad. Nada más falso, nada más peligroso. El deseo es abundante, la voluntad es rara.

El gran malentendido

El instinto dice: quiero, la emoción afirma: me gusta, me atrae, la razón nos seduce: me conviene, pero La voluntad dice algo mucho más sobrio: esto me toca.

El deseo busca satisfacción. La voluntad acepta la carga. Por eso, el deseo se entusiasma rápido… y se rinde rápido también.

El deseo pide permiso al mundo

El deseo necesita condiciones, reconocimiento, comodidad, apoyo, validación, aplauso. Si no los recibe, se marchita. Se vuelve resentimiento, queja o cinismo.

La voluntad no negocia con el entorno. Evalúa la realidad y responde.

El día que entendí la diferencia

Qué fuerte fue leer a Shopenhauer en la preparatoria; fue un encuentro casual, pero estremecedor, esos encuentros que te marcan para siempre, esas ocasiones en la que te paras a reflexionar y la corriente de la vida te azota.

Hubo un momento —no uno solo, sino muchos pequeños— en que entendí algo incómodo: si yo actuaba movido solo por el deseo de ser aceptado, de evitar conflictos, de “no quedar mal”, estaba traicionando aquello que decía defender.

Es cierto que no deseaba ser señalado, no deseaba ser incomprendido, no deseaba cargar con etiquetas, pero, aun así, actué, porque comprendí que la voluntad empieza donde el deseo termina.

La voluntad no entusiasma, tensa

El deseo enciende, cierto, pero la voluntad tensa. No te hace sentir ligero, te hace sentir responsable.

Por eso, tantas personas confunden voluntad con rigidez, con dureza o con autoritarismo, a veces hasta tu rostro los acompaña.

Desde fuera, la voluntad se ve así. Desde dentro, se vive de otra manera: es como una cuerda firme que evita que todo se desparrame.

Crear una mente artificial te lleva a las oscuras profundidades de tu propia mente, encontrando explicaciones escondidas, latentes, punzantes de tu conducta porque…

La voluntad no grita “yo quiero”

Cuántas noches en vela debatiendo entre “el yo quiero” y “el yo debo”… Hay una frase que nunca olvidaré porque resume años de experiencia: Cuando una decisión nace del deseo, pregunta: “¿qué gano?”; cuando nace de la voluntad, pregunta: “¿qué pasará si no lo hago?” Hoy entiendo que esa segunda pregunta no busca placer, busca orden, va a contracorriente buscando coherencia.

¿Por qué la voluntad incomoda tanto?

Hay decisiones difíciles para los que te rodean y también para ti mismo, porque la voluntad incomoda ya que pone límites donde otros quieren fluidez, introduce deber donde otros piden derechos, habla de largo plazo en un mundo de inmediatez y, sobre todo, porque expone ¡y vaya que es doloroso!

Quien ejerce la voluntad deja al descubierto a quien no lo hace. No por superioridad moral, sino por contraste y eso genera rechazo.

Voluntad y amor

En cierta ocasión, mi hijo cometió una falta y vino de inmediato el castigo, él pícaramente dijo: “Papá somos amigos, no me puedes castigar”. ¡No!, le contesté, somos algo más, somos padre e hijo y lo castigué, porque el amigo es intrínsecamente cómplice, el padre debe de asumir su responsabilidad en educar y a veces educar es corregir.

Algo que casi nadie se atreve a decir es que muchas de las decisiones más duras que tomé no nacieron del deseo, sino del amor. Pero no del amor romántico o complaciente, sino de ese amor que entiende que cuidar implica: exigir, sostener, decir “no”, tolerar el enojo ajeno

Y ese amor no busca ser celebrado, busca proteger lo valioso.

La voluntad no garantiza éxito

En esas noches en vela pensaba que ejercer la voluntad no garantiza resultados perfectos, pero garantiza otra cosa: Que, pase lo que pase, podrás mirarte al espejo sin apartar la mirada.

Eso no es poco, eso es fundamental, es lo que te mantiene firme en la brecha.

El deseo quiere, la voluntad responde. El deseo pregunta qué le dará el mundo. La voluntad pregunta qué exige la realidad, una realidad objetiva, clara, explícita que hoy hemos relativizado en nombre de la subjetividad.

Y cuando deseo y voluntad entran en conflicto, como ocurre siempre en las decisiones verdaderamente importantes, solo una está hecha para sostener el peso del tiempo.

La voluntad no promete felicidad, promete coherencia y esa promesa, cuando se cumple, arde incluso en invierno.