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La brecha que suena en silencio

Carlos Villalobos.- El estudio “¿Y dónde están las músicas? Estudio de Brecha de Género de Festivales Mexicanos 2025”, hace algo poco habitual en la industria musical nacional: transformar una pregunta incómoda en datos verificables. Contar, medir y poner cifras donde durante años han predominado justificaciones difusas, demostrando que lo que suele presentarse como percepción responde, en realidad, a un patrón sistemático.

El estudio revisa los carteles de los principales festivales de música en México y confirma algo que muchas artistas llevan años señalando sin demasiado eco: los escenarios siguen siendo mayoritariamente masculinos. No por falta de talento, no por escasez de propuestas, sino por una inercia que se repite edición tras edición. Los festivales presumen diversidad en el discurso, pero al revisar los lineups, la diversidad se diluye. Aparece en letras pequeñas, en horarios tempranos, en escenarios secundarios.

No es un problema de gustos del público, como suele argumentarse, tampoco de “no había más opciones”, el estudio muestra que la brecha no solo persiste, sino que se normaliza bajo la lógica de la costumbre. Se programa lo que ya funcionó antes, se repiten nombres, se reciclan cabezas de cartel y en ese circuito cerrado, las mujeres quedan fuera, no por decisión explícita, sino por omisión sistemática.

Lo interesante es que la industria musical en México rara vez se reconoce a sí misma como un espacio político, pero lo es. Programar también es decidir quién tiene visibilidad, quién accede a públicos masivos, quién consolida carrera y quién se queda orbitando en la(s) periferia(s).

El análisis, duro y conciso, refuerza aquel viejo adagio que dicta que “el dato, mata al relato” y demuestra que año con año, las mujeres representan una minoría en los carteles, y cuando aparecen, lo hacen con menos tiempo en escena, menos promoción y menor jerarquía. No es solo cuántas están, sino dónde están colocadas.

Hay algo más incómodo todavía y es que la brecha no se explica únicamente por género, sino que se cruza con otros factores: edad, género musical, región. Las propuestas encabezadas por mujeres suelen quedar confinadas a ciertos estilos, como si la experimentación, el riesgo o la masividad fueran terrenos reservados para otros. El resultado es un paisaje sonoro incompleto, una narrativa cultural amputada.

El valor del estudio no está solo en evidenciar la brecha, sino en dejar sin coartada a quienes deciden. Ya no se puede alegar desconocimiento, ya no se puede fingir sorpresa; porque los datos están ahí, disponibles, incómodos.

Quizá lo más revelador es que no se plantea como un ataque a los festivales, sino como una invitación a revisarse. A entender que la diversidad no es una consigna de marketing ni un agregado decorativo. Es una responsabilidad cultural y también una oportunidad.

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