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Educar para cambiar el mundo

Aída María Holguín Baeza.- Se acerca el Día Internacional de la Educación, y con él la oportunidad –y la obligación– de reflexionar sobre el lugar que la educación ha ganado –o perdido– en la agenda común.

No se trata pues de una fecha meramente conmemorativa, sino de un recordatorio contundente de que la educación es un derecho humano, un bien público y una responsabilidad que el Estado y la sociedad no pueden eludir. Así lo reconoció la Asamblea General de la ONU al proclamar el 24 de enero como un día para celebrar el papel de la educación, pero también para evidenciar sus carencias más dolorosas.

Según datos de la UNESCO, las cifras son demoledoras: millones de niñas, niños y jóvenes siguen fuera de las aulas y cientos de millones de personas adultas no saben leer ni escribir; una realidad que refleja exclusión, pobreza heredada y oportunidades negadas. Y entonces, sin una educación inclusiva, equitativa y de calidad, la igualdad de género seguirá siendo un discurso incompleto y el círculo de la pobreza continuará reproduciéndose con alarmante normalidad.

Lo inadmisible es que esto siga ocurriendo en pleno siglo XXI, no solo porque el mundo avanza a una velocidad sin precedentes, sino porque constituye una falla ética de alcance global.

En ese contexto, para este 2026, la UNESCO coloca el foco en “El poder de la juventud en la cocreación de la educación”, un lema tan pertinente como incómodo, dado que los jóvenes menores de 30 años representan más de la mitad de la población mundial, pero siguen estando subrepresentados en los espacios donde se deciden las políticas educativas que marcarán su futuro.

Una paradoja evidente porque los jóvenes son motor de innovación, desarrollo y transformación social, pero también uno de los grupos más golpeados por la desigualdad, la precariedad y el acceso limitado a una educación de calidad y a un trabajo digno.

Y por eso, hablar del futuro de la educación sin escuchar a quienes vivirán y protagonizarán ese futuro es una contradicción insostenible. De ahí la necesidad de involucrar de manera real y no simbólica a estudiantes y jóvenes en la cocreación de los modelos educativos, más aún en un contexto de cambios profundos impulsados por la revolución tecnológica, que obliga a replantear qué se enseña, cómo se enseña y para qué se enseña.

El meollo es que nada de esto será posible sin escuelas sólidas y sin liderazgo educativo efectivo. Las buenas escuelas necesitan buenos líderes, capaces de orientar, inspirar y sostener procesos de mejora en todos los niveles, desde el aula hasta las políticas públicas. La educación no se transforma con discursos aislados ni con celebraciones de un día; se transforma con decisiones valientes, inversión sostenida y la convicción de que educar es, en esencia, construir el futuro.

A modo de reflexión sumativa, concluyo citando lo dicho por el icónico líder sudafricano, Nelson Mandela: La educación es el arma más poderosa que puedes utilizar para cambiar el mundo.

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