Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca (Facilitador Privado).- La amenaza de una posible intervención militar extranjera en territorio mexicano, expresada recientemente por el expresidente Donald Trump, ha reabierto un debate que no pertenece al terreno de la confrontación política, sino al de la dignidad nacional, el derecho internacional y la memoria histórica. No se trata de atacar a una persona, sino de recordar que las naciones no se construyen sobre amenazas, sino sobre respeto.
México es un país soberano. No perfecto, no exento de errores, no ajeno a problemas graves como la violencia y la impunidad, pero soberano. Esa palabra encierra siglos de lucha, de intervenciones rechazadas, de generaciones que entendieron que la independencia no solo se proclama, se defiende todos los días con instituciones, con leyes y con conciencia colectiva.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido una postura firme al recordar que México no acepta la intervención extranjera y que cualquier cooperación debe darse bajo principios de respeto mutuo. Esa posición no es ideológica, es constitucional. Es la misma doctrina que México ha defendido por décadas en foros internacionales: autodeterminación de los pueblos, no intervención y solución pacífica de controversias.
Aceptar tropas extranjeras no sería un acto de ayuda, sino de renuncia. Renuncia a la capacidad de resolver nuestros propios problemas como nación. Renuncia a la responsabilidad histórica de fortalecer nuestro sistema de justicia, nuestras policías, nuestras fiscalías y nuestras instituciones. Ningún país puede delegar su soberanía sin perder algo esencial de su identidad.
Sin embargo, este debate no puede desligarse de otra realidad dolorosa: la de millones de mexicanos que viven en Estados Unidos en medio de una incertidumbre constante. Hombres y mujeres que trabajan, que pagan impuestos, que sostienen sectores completos de la economía y que, aun así, viven bajo la sombra del miedo. Miedo a ser detenidos, separados de sus familias o tratados como criminales por el simple hecho de existir.
La política migratoria basada en la fuerza no ha resuelto el fenómeno migratorio. Solo lo ha vuelto más peligroso, más inhumano y más injusto. Cuando agentes de inmigración reciben facultades excesivas, el riesgo no es solo legal, es moral. Ningún uniforme otorga derecho a humillar, a discriminar o a destruir vidas.
Defender la soberanía de México también implica defender la dignidad de los mexicanos fuera de su territorio. Implica recordar que nuestros connacionales no son cifras, ni amenazas, ni estorbos. Son seres humanos con historia, con familia, con sueños y con un profundo amor por su país de origen.
Estados Unidos y México están condenados a entenderse, no por imposición, sino por geografía, economía e historia compartida. La cooperación es necesaria, pero solo puede existir cuando hay respeto. Y el respeto comienza cuando se reconoce que ninguna nación es superior a otra.
México debe asumir sus errores, sí, pero también debe defender su lugar en el mundo. No desde la soberbia, sino desde la dignidad. No desde la confrontación, sino desde la razón. Porque una nación que se respeta a sí misma es una nación que puede dialogar sin miedo.
Hoy más que nunca, México necesita unidad, claridad y firmeza. No para cerrar puertas, sino para abrir caminos propios. No para negar sus problemas, sino para enfrentarlos con responsabilidad. La soberanía no es un discurso: es una tarea permanente que se construye con justicia, con verdad y con respeto a la vida humana, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Los mexicanos que hoy viven en Estados Unidos no piden privilegios, piden trato justo. No piden impunidad, piden legalidad. No piden caridad, piden reconocimiento a su trabajo honesto. Muchos de ellos construyen casas, cosechan alimentos, atienden hospitales, limpian ciudades y sostienen industrias completas. Sin su esfuerzo silencioso, buena parte de la prosperidad cotidiana simplemente no existiría. Por eso, cuando se les persigue como enemigos, se hiere no solo a México, sino también a la propia conciencia democrática de la nación que los recibe.
La migración no se resuelve con muros ni con armas, se resuelve con justicia, cooperación y humanidad compartida entre pueblos que, en el fondo, se necesitan mutuamente para sobrevivir. Defender a México también es defender la esperanza de quienes nunca dejaron de amar a su patria cuando la distancia, trabajo y sacrificio los obligaron a buscar un futuro distinto lejos de su identidad sin perderla.



