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Urgencia climática: del discurso a la acción

Aída María Holguín Baeza.- Aunque el Día Mundial del Medio Ambiente 2026 ya pasó, las reflexiones impulsadas por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) siguen vigentes: el planeta está enviando señales que exigen pasar del diagnóstico a la acción.

El aumento del nivel del mar, los incendios forestales, las olas de calor extremas y el deshielo acelerado de los glaciares evidencian que el cambio climático dejó de ser una advertencia para convertirse en una realidad cotidiana, y la meta de limitar el calentamiento global a 1.5 °C —considerada durante años como frontera de seguridad— se encuentra cada vez más cerca de ser rebasada.

Claro que el mensaje no se limita a describir una crisis. También destaca que, en medio de la incertidumbre, existen señales de esperanza: ciudades que adoptan modelos más sostenibles, ecosistemas en proceso de restauración y una creciente expansión de las energías renovables.

El desafío consiste en acelerar estos cambios antes de que los costos ambientales, sociales y económicos sean irreversibles. La evidencia científica de la ONU es contundente y, pese a la persistencia de discursos negacionistas, existe consenso científico sobre el origen humano del calentamiento global.

Por ejemplo, la acumulación de gases de efecto invernadero, derivados principalmente de la quema de combustibles fósiles, está alterando el equilibrio climático del planeta. Ignorar esta realidad o retrasar las acciones necesarias implica aumentar los riesgos para millones de personas.

De ahí que las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional representen un instrumento clave para enfrentar el problema. A través de estos compromisos, los países establecen metas para reducir emisiones y fortalecer su capacidad de adaptación. No obstante, la efectividad de estos acuerdos depende de que los compromisos se traduzcan en políticas públicas concretas y resultados verificables.

En el caso de México, la situación es compleja porque las sequías prolongadas afectan amplias regiones, la disponibilidad de agua disminuye en algunas cuencas y los eventos climáticos extremos generan pérdidas crecientes. Paradójicamente, el país cuenta con condiciones privilegiadas para impulsar la energía solar y eólica, así como para fortalecer estrategias de conservación ambiental.

La discusión ya no gira en torno a si el cambio climático existe o no. La cuestión es si los gobiernos, las empresas y la sociedad están actuando con la velocidad que exige la emergencia.

Por eso, el llamado del PNUMA es oportuno, recordándonos que el futuro climático no está completamente escrito y que, en el caso de México, las decisiones que adopte hoy determinarán no solo su capacidad para cumplir compromisos internacionales, sino también la calidad de vida de las generaciones que habitarán el país en las próximas décadas.

En resumen, como advirtió Jim Yong Kim: tenemos que tomar conciencia de la imperiosa urgencia del presente. Este no es un problema para otro día.

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