Dr. Fernando A. Herrera M.- La soberbia del poder es daltónica. Sólo ve el verde de los dólares de la ayuda externa o el tinto de la sangre cuando ya no puede ocultarla.
El operativo contra “El Mencho” Oseguera dejó un rastro de muerte que el discurso oficial pretende enterrar bajo la alfombra de la “seguridad nacional”.
La fiesta de Palacio olvida con rapidez los 250 bloqueos, incendios y la muerte de 45 civiles inocentes, cuyas familias están en el desamparo por servicios indirectos a la patria. Injusto desde donde se le vea.
Hablemos claro: el saldo no solo son 45 civiles abandonados a su suerte y muertos en el fuego cruzado. Hay también veinticinco soldados caídos. Veinticinco familias de mexicanos que hoy, al igual que las otras, lloran a hijos, padres y hermanos que fueron enviados a defender el Estado Mexicano con equipo tal vez insuficiente, y órdenes que priorizaron la captura del capo por encima de la supervivencia del pelotón.
¿Qué debe hacer el Estado?
Y no me salgan con el gastado discurso de que “se les dará lo que marca la ley”. La pensión de ley es una limosna comparada con la vida que entregaron. ¿Y las de los civiles? ¿Cuánto valen para el Estado Mexicano? ¿Nada? ¿Ni un mensaje de duelo? No se vale.
Dignidad, no solo es indemnización. El gobierno de Sheinbaum debe dejar de tratar a los militares como piezas de ajedrez desechables.
Se requiere una revisión inmediata de los seguros de vida y fondos de retiro para que las familias de los caídos vivan con la solvencia que la entrega de esos hombres merece. No es un favor, es una deuda.
Pudiera existir también responsabilidad de los mandos. Si 25 soldados mueren en un solo evento, hubo, necesariamente, una falla de inteligencia o una negligencia criminal en el mando, más allá de las loables lágrimas de su jefe.
El Estado debe investigar y cesar a quienes, por las prisas de colgarse el éxito ante Washington, enviaron a la tropa a una emboscada anunciada.
También por la falta de planeación para evitar los desmanes esperados y que costaron pérdidas súper millonarias y la pérdida invaluable de 45 vidas. Basta de usar al Ejército como escudo político.
Mientras el soldado cae en la sierra, los políticos se toman la foto en la oficina.
El Estado debe garantizar que estos sacrificios no sean en vano, limpiando las policías locales y las estructuras de poder en las entidades federativas que son las que realmente sostienen al crimen.
Es una vergüenza que el soldado mexicano sea el más valiente del mundo y tenga el gobierno más cobarde a sus espaldas.
A los 25 caídos los mató el cártel, sí, pero los sentenció el olvido y la urgencia política de sus superiores.
El triunfo es de cartón si se construye sobre 70 ataúdes. Porque hay que sumar los 45 civiles muertos en fuego cruzado por los bloqueos y desmanes en la república. 25 uniformados y 45 civiles muertos, es una derrota táctica por donde se le mire.
Mientras no haya una respuesta a la altura por parte del gobierno para con las familias de los soldados y los civiles, la sangre de civiles y la tropa se constituye en el barniz de este gobierno.
¿O nos van a salir, como reza el dicho español, de sota, caballo y rey?… ¿Siempre lo mismo?
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