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Reforma electoral: austeridad, aritmética y poder

Daniel Valles. La reforma electoral de Claudia Sheinbaum se presenta como un ajuste necesario, como modernización, como ahorro, como democratización.

Pero cuando uno le quita el discurso, lo que aparece no es una reforma administrativa. Es una reforma de poder.


Son diez puntos los que están sobre la mesa. Y cada uno tiene implicaciones políticas mucho más profundas de lo que suenan en conferencia mañanera.

Primero: reducir 100 diputados plurinominales.

Segundo: eliminar 32 senadores de lista nacional. Ahí está el corazón del asunto. La representación proporcional no es un capricho. Fue diseñada después del régimen hegemónico para evitar que una mayoría simple se convirtiera en dominio absoluto. Quitar pluris no solo reduce curules: altera el equilibrio del Congreso.


Tercero: disminuir hasta 30% el financiamiento público a partidos. Suena bien. La gente está cansada del gasto político. Pero la pregunta es: ¿quién resiste mejor un recorte? El partido mayoritario con estructura nacional… o los partidos pequeños que dependen de ese financiamiento para sobrevivir.


Cuarto: reducir costos del INE.

Quinto: revisar su estructura operativa. Cada vez que se habla de “ahorro” en órganos electorales, el debate real es autonomía. El INE no es perfecto, pero tocarlo siempre genera sospecha. En política, la forma importa tanto como el fondo.

Sexto: revisar la sobrerrepresentación.


Séptimo: reducir regidores y diputados locales.

Octavo: ajustar topes de campaña.


Noveno: fortalecer mecanismos de democracia participativa.


Décimo: revisar el fuero legislativo.


Hay puntos que podrían avanzar sin mayor resistencia. El fuero, por ejemplo, siempre vende bien. Reducir regidores también. Ajustar topes de campaña es políticamente correcto.


Pero los plurinominales y la revocación de mandato emparejada con 2027 son otra historia.


Empatar la revocación con la elección intermedia no es un detalle técnico. Es colocar a la presidenta en la boleta el mismo día que se renueva el Congreso. Eso es estrategia electoral pura.


Ahora viene la parte incómoda: Morena no tiene mayoría constitucional. Necesita al PT y al Verde. Y esos partidos son, precisamente, los que más pierden si se reducen plurinominales. Menos pluris significa menos poder, menos negociación, menos posiciones estratégicas.

La oposición grita. Pero el verdadero conflicto no está ahí. Está dentro de la coalición oficialista. Si PT y Verde dicen no, no hay reforma. Si negocian, habrá reforma parcial. Si Morena presiona demasiado, puede fracturar alianzas.


¿Qué puede suceder?

Escenario uno: reforma light. Recorte moderado de financiamiento. Reducción parcial de pluris. Ajustes cosméticos al INE. Nada que altere radicalmente la arquitectura del sistema.


Escenario dos: negociación dura. Morena cede posiciones, concede candidaturas, mantiene algunos escaños proporcionales y salva la narrativa de cambio.

Escenario tres: la reforma se cae. Y entonces, el mensaje sería claro: la mayoría ya no es automática. El sexenio entra en fase de negociación permanente.

Para Claudia Sheinbaum, este es un punto de definición. No puede permitirse una derrota estructural temprana, pero tampoco puede imponer como en el sexenio anterior.


Y para México, la pregunta no es cuánto se ahorra. Es cuánto cambia el equilibrio del poder. Porque las reglas del juego importan. Y más cuando quien las propone también compite bajo ellas.


En política, reformar nunca es neutral. Siempre redistribuye poder.

Y esa es la verdadera discusión.

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