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Priorizar el cuidado ambiental al impulsar el desarrollo

Dr. Omar Bazán Flores.- La Academia Mexicana de Impacto Ambiental publicó en su más reciente boletín, cifras alarmantes en la generación de residuos. El mundo produjo alrededor de 2,600 millones de toneladas de residuos sólidos en 2022, y si no cambiamos el rumbo, esa cifra crecerá hasta casi 3,900 millones para 2050.

Los países con mayores ingresos producen más residuos por persona, pero el crecimiento más acelerado ocurre en las regiones con menos recursos. Es decir, el problema no solo se expande, también se profundiza en los lugares con menor capacidad para enfrentarlo. Lo más preocupante es que una gran parte de estos residuos sigue sin gestionarse adecuadamente.

En las ciudades de México tenemos problemas recurrentes: basureros a cielo abierto, recolección incompleta y sistemas deficientes que no solo contaminan el entorno, sino que también afectan la salud de millones de personas. Y, aun así, pareciera que el costo de no hacer nada sigue siendo más cómodo que el de actuar.

Yo creo que aquí está uno de los mayores errores: pensar que la basura desaparece cuando la sacamos de casa. No desaparece. Se acumula, se descompone, emite gases de efecto invernadero y termina afectando ecosistemas enteros.

Sin embargo, también veo una oportunidad clara. La transición hacia una economía circular no es solo un discurso ambientalista, es una necesidad económica y social. Recuperar materiales, reducir el desperdicio y rediseñar productos puede generar empleo, innovación y sostenibilidad. Incluso, medidas como la responsabilidad extendida del productor obligan a replantear cómo y para qué producimos.

Pero nada de esto funcionará sin un cambio de comportamiento. Separar residuos, consumir menos y exigir mejores políticas públicas son parte de una transformación necesaria.

Tenemos que desacoplar el crecimiento económico de la generación de basura. No se trata de frenar el desarrollo, sino de redefinirlo. Porque si seguimos por el mismo camino, el costo no será solo ambiental, será también económico y humano.

La pregunta ya no es si podemos cambiar, sino si estamos dispuestos a hacerlo antes de que el problema nos rebase.

Aquí vuelvo a abordar que la expedición de la Ley General de Economía Circular abrió la puerta a una discusión que en México se había aplazado durante mucho tiempo: hasta qué punto es viable seguir sosteniendo un modelo lineal basado en extraer, producir, consumir y desechar, pese a los costos ambientales, sociales y económicos que genera.

Es necesario seguir insistiendo en que la economía circular debería dar lugar a una transformación más profunda, que incluyera el rediseño de productos para extender su vida útil, la recuperación de materiales, la evaluación de impactos y el replanteamiento de las responsabilidades en cada eslabón de la cadena de valor.

Sin un reglamento claro, coherencia legislativa, infraestructura adecuada, criterios técnicos verificables, aplicación efectiva y coordinación entre los tres órdenes de gobierno, la circularidad corre el riesgo de quedarse solo en el terreno del discurso.

La economía circular tiene dimensiones comunitarias, territoriales, tecnológicas y productivas que no pueden verse como aspectos secundarios. Si queremos que la ley se convierta en un verdadero punto de inflexión, tendrá que traducirse en aplicabilidad y ejecución reales.

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