Carlos Villalobos.- Justo una medida implementada en este Mundial, es algo que necesitamos como sociedad: la pausa de hidratación. Estamos a unos días de que termine el torneo mundialista y de que el futbol vuelva a ocupar su lugar habitual entre la rutina, los horarios de oficina, las obligaciones y esa cotidianidad que, durante varias semanas, aprendimos a organizar alrededor de un balón. Durante más de un mes, millones de personas encontramos una razón para detenernos y, si bien nos iba, para celebrar victorias que, siendo estrictamente prácticos, no iban a cambiar nuestra realidad material; sin embargo, sí la cambiaban un poco.
El futbol tiene esa capacidad extraña de construir pequeñas pausas dentro de la maquinaria diaria. Durante noventa minutos, una parte de la atención colectiva se concentra en algo que no es el trabajo, la polarización, las crisis políticas ni la interminable sucesión de tragedias que consumimos todos los días en nuestros feeds. Por eso resulta cada vez más difícil aceptar que el futbol internacional esté siendo encerrado en una jaula de oro.
La FIFA ha conseguido algo que raya en la ironía institucional: convertir el mayor espectáculo popular del planeta en un producto cada vez más inaccesible para quienes hicieron posible que ese espectáculo existiera en primer lugar: los espectadores.
El problema es estructural: el futbol sigue siendo profundamente popular, pero participar de él es cada vez más privativo. Las transmisiones se fragmentan en múltiples plataformas; asistir al estadio exige un desembolso irracional; consumir la parafernalia es un lujo o hacerla implica que te exploten (ahí está el caso de Someone Somewhere). Todo el ecosistema parece diseñado para que el aficionado pague una y otra vez por su propio sentido de pertenencia y, aun así, el fenómeno social encuentra la manera de desbordarse.
Ahí radica la principal contradicción que las cúpulas directivas parecen ignorar: el futbol puede ser administrado como una industria transnacional, pero no puede ser completamente gestionado como una emoción. Se pueden monopolizar los derechos de transmisión, las zonas de hospitalidad y los espacios publicitarios, pero el corporativismo pierde su poder cuando un grupo de personas se encuentra frente a una pantalla y decide que ese momento, simplemente, les pertenece.
Pronto, el futbol regresará a su forma cotidiana, volverán las ligas locales (en México la “Liga muy equis”), los debates estériles sobre directivos, el mercado de fichajes y las polémicas de siempre; y con ello también volverá el negocio.
El quiebre ocurre cuando el modelo de negocio olvida que hay un componente irremplazable por la “experiencia premium”: la afición. No entendida como un segmento de mercado o un consumidor cautivo, sino como parte integral del juego. El futbol no nació en “hospitalitys”, nació en las calles, en los barrios y en las dinámicas familiares que transmitieron una identidad sin cobrar por ello. Ese es el origen que corre el riesgo de borrarse cuando todo se reduce a una oportunidad de monetización.
Antes de que veamos si España o Argentina se proclaman como campeones del mundo (lo cual personalmente me tiene sin cuidado), vale la pena hacer una pausa. No para abandonar el deporte, sino para recordar por qué lo defendemos.
Algo está profundamente mal cuando una disciplina capaz de paralizar a un país entero termina tratando a sus seguidores como simples métricas. Aun así, el futbol nos sigue regalando instantes que ninguna estrategia corporativa puede manufacturar: una ciudad entera hablando el mismo idioma durante noventa minutos vale más que cualquier paquete VIP.
Cuando levanten la copa, quizá convenga conservar la lección de esta pausa de hidratación. En un sistema que nos exige estar siempre produciendo, consumiendo y avanzando, detenernos a compartir una emoción colectiva es, a su manera, un acto de resistencia.
El futbol, con todas sus contradicciones y sus jaulas de oro, todavía lo consigue, por eso lo seguimos queriendo. Por eso, también, es nuestra obligación seguir cuestionándolo.
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