Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca (Facilitador privado).- Cuando Andrés Manuel López Obrador emprendió el proyecto político que conocemos como la Cuarta Transformación, estableció tres principios fundamentales que habrían de distinguir a quienes asumieran la responsabilidad de gobernar: no robar, no mentir y no traicionar al pueblo.
Tres principios sencillos, pero de enorme contenido moral. Tres compromisos que despertaron la esperanza de millones de mexicanos cansados de la corrupción, de los abusos del poder y de las promesas incumplidas.
Sin embargo, hoy debemos hacernos una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cuántos de quienes llegaron al poder bajo las siglas de Morena cumplen verdaderamente con esos principios?
No se trata de desconocer los avances sociales ni de negar los esfuerzos realizados para transformar nuestro país. Se trata de reconocer que ningún proyecto político, por legítimo que sea su origen, puede sostenerse indefinidamente sobre discursos cuando la realidad cotidiana de los ciudadanos exige resultados.
México atraviesa momentos difíciles. Las manifestaciones sociales, las inconformidades contra autoridades federales y estatales, la inseguridad, la violencia y las demandas de justicia nos obligan a reflexionar sobre el rumbo que estamos tomando.
Las protestas no deben interpretarse automáticamente como ataques políticos contra el gobierno. Muchas representan el grito desesperado de ciudadanos que reclaman atención, seguridad, servicios públicos, respeto a sus derechos y soluciones a problemas que durante años han permanecido sin respuesta.
Un gobierno que verdaderamente se identifica con el pueblo no puede temerle a su voz, mucho menos responder con indiferencia, descalificaciones o violencia.
No robar significa mucho más que abstenerse de apropiarse de los recursos públicos. Significa administrar con honestidad, impedir privilegios indebidos, combatir la corrupción sin importar quién la cometa y comprender que el dinero público pertenece a los mexicanos.
No mentir significa hablar con la verdad, reconocer errores, no ocultar los problemas ni disfrazar las deficiencias mediante estadísticas o discursos triunfalistas. El pueblo merece información transparente, no explicaciones acomodadas a las conveniencias políticas.
No traicionar significa mantener la palabra empeñada, respetar la confianza ciudadana y recordar que los cargos públicos no son patrimonio personal ni recompensa para familiares, amigos o grupos de poder.
Y aquí surge otra pregunta: ¿cuántos servidores públicos recuerdan estos compromisos después de ganar una elección?
Me preocupa profundamente el ejemplo que estamos dejando a las nuevas generaciones. Nuestros niños y jóvenes observan diariamente enfrentamientos, agresiones, amenazas, asesinatos, intolerancia y una creciente normalización de la violencia.
¿Qué sociedad estamos construyendo cuando nuestros hijos aprenden que las diferencias se resuelven mediante la confrontación y no mediante el diálogo? ¿Qué autoridad moral podemos exigirles cuando quienes tienen la responsabilidad de gobernar no siempre predican con el ejemplo?
La violencia no puede convertirse en nuestro lenguaje cotidiano. Ni la que proviene de la delincuencia, ni la que se manifiesta en las calles, ni aquella que puede ejercerse desde las instituciones públicas.
Debemos comprender que la paz no se construye únicamente con policías, soldados o leyes más severas. Se construye también desde la familia, las escuelas, la educación, el respeto, la justicia y, fundamentalmente, con el ejemplo de quienes gobiernan.
La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta una enorme responsabilidad histórica. Consolidar la transformación del país exige algo más que continuidad política: requiere corregir errores, escuchar las inconformidades y exigir congruencia a todos los funcionarios que dicen compartir este proyecto.
Porque la lealtad a una transformación no consiste en guardar silencio frente a sus equivocaciones. Por el contrario, la verdadera lealtad consiste en señalar aquello que amenaza con destruir sus principios.
Morena debe comprender que ganar elecciones no significa recibir un cheque en blanco. La confianza popular se conquista con hechos y también puede perderse cuando se olvidan las razones que llevaron al pueblo a depositarla en sus representantes.
México no necesita políticos intocables, gobernantes soberbios ni funcionarios que confundan el servicio público con el ejercicio del poder personal. Necesitamos hombres y mujeres capaces de reconocer que gobernar es servir, no servirse.
Como ciudadano, abogado, padre y abuelo, me preocupa el país que estamos heredando. No quisiera que nuestros nietos crecieran pensando que la corrupción es inevitable, que la mentira forma parte natural de la política o que la violencia constituye el camino para resolver nuestras diferencias.
Todavía estamos a tiempo de recuperar el sentido ético de nuestra vida pública. Los principios proclamados por López Obrador no deben pertenecer exclusivamente a Morena. Deben constituir una exigencia para todos los partidos políticos, todos los gobiernos y todos los ciudadanos.
Porque la honestidad no tiene colores partidistas, la verdad no admite conveniencias y la lealtad al pueblo no puede negociarse.
No robar, no mentir y no traicionar. Tres principios que no necesitan repetirse tanto en los discursos, sino demostrarse todos los días con nuestras acciones.
Y mientras quienes gobiernan no comprendan esa diferencia, seguirá vigente una pregunta que millones de mexicanos tenemos derecho a formular: ¿Quién cumple? Porque México no necesita más promesas. Necesita ejemplos.

