Sociólogo Omar Jesús Gómez Graterol.- Hay personas que son discriminadas o humilladas por hacer uso de su idioma natal en países donde no se emplea su lengua. Estas agresiones asumen diferentes matices que van desde ignorarlos, insultarlos e incluso la agresión física. El problema, -al parecer-, se fundamenta en un intento de los agresores por intentar defender su “identidad nacional”, que suponen afrentada cuando los agredidos emplean su lengua original.
Si bien es cierto que el idioma es un componente importante de la identidad de un país, hay otros elementos que también participan de la configuración identitaria de una población por lo que no es fácil vulnerarla (no es que sea imposible, pero ya esto será tema de otros debates). De manera que, el celo excesivo que emplean los nativos de ciertas regiones con los extranjeros, al comunicarse éstos entre sí en su lengua, carece de fundamento. Frente a estas situaciones cabe preguntarse: ¿Quién se está limitando más?
A finales de los años noventa, en la universidad donde hacía mis estudios de postgrado, se armó un gran revuelo. Una señora indígena de avanzada edad y la última sobreviviente de una tribu indígena, había enfermado de gravedad. Esto tenía preocupado al personal de la División de PostGrado de la Facultad de Antropología y a una lingüista de nacionalidad francesa que no se separaba de la paciente tratando de aprender de su habla todo lo que pudiera.
Confieso -no sin cierta vergüenza ahora- que me pareció una alharaca exagerada por el esfuerzo que se hacía para preservar ese dialecto. No encontraba motivación suficiente para de tratar de conservarlo. Pensé con cierto desdén, que la razón de los académicos era el de justificar los salarios que les pagaban, además de hacerse los interesantes, en tanto que la motivación de la erudita francesa era impresionar. A medida que fui avanzado en conocimientos acerca de la antropolingüística, logré comprender la razón del escándalo por la muerte inminente de la dama enferma.
Las lenguas, independientemente de la cantidad de hablantes que poseen, representan una riqueza intangible de la humanidad, porque además de posibilitar la comunicación entre los seres humanos, hacen patente una gran diversidad cultural. Entre las cualidades más destacadas del lenguaje esta la posibilidad de profundizar más en la realidad e interpretarla con mayor amplitud, ensanchando de esta manera nuestra comprensión y conciencia; así como las posibilidades de relacionarnos con los entornos en los que estamos.
El español, por ejemplo, tiene múltiples vocablos que no encuentran traducción exacta en el idioma inglés y sucede lo mismo a la inversa. Palabras como cuñado, consuegro o compadre, logran categorizaciones en las relaciones parentales que no tienen significaciones exactas en lenguas de origen anglosajón. Por su parte los hispanos en campos como la informática, -por citar algunas de las áreas donde más nos hemos beneficiado de los anglicismos-, hemos incorporado en nuestro vocabulario términos como “software” que nos permiten ahorrar el uso de una verborrea innecesaria para referirnos a los programas o rutinas con los cuales funciona una computadora.
No se trata de violentar los fundamentos y leyes ortográficas, gramaticales o semánticas de los idiomas. Estas deben ser acatadas así como vigiladas por las academias y especialistas en la materia. Pero el cambio es una constante que no se puede ignorar y hay que actuar en consecuencia a esta cualidad de las lenguas. Además, los idiomas no son un producto terminado, definitivo e inmutable. Siempre están en constante dinamismo, incorporando nuevos vocablos y descartando otros, incluso modificando su semántica. De manera que muchas de las palabras que empleamos son tomadas de otras lenguas o se derivan de estas. En México, por ejemplo, se han incorporado muchas expresiones de los pueblos originarios, enriqueciendo así nacional e internacionalmente el castellano.
Alarma que algunas personas pretendan utilizar el canal de comunicación idiomático como medio de exclusión, cuando precisamente su función es la de acercar a los seres humanos. Quien más pierde al limitar a otros por hacer uso de su lenguaje son los que intentan acallarlos pues se desaprovechan otras perspectivas y visiones del mundo. Es alarmante que en ello se involucre gente joven que es de la que se espera una mente más abierta. Si son los adultos los intransigentes, se torna como un triste ejemplo que solo refleja alto grado de desacierto y resistencia al cambio.
Se exhorta a estas personas, por tanto, a demandar el cumplimiento de sus leyes, el respeto a su cultura, la consideración a su historia y el reconocimiento a sus ciudadanos y sus instituciones. Pero tengan presente que al limitarles el uso de su idioma a otros se limitan a sí mismos.

