Mario Álvarez.- Nací en una generación que no conoció el México de 1970. Mi país ha sido el de internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y la democracia electoral. Sin embargo, como educador de 30 años, me resulta imposible ignorar una pregunta que aparece constantemente en las conversaciones de mi generación: ¿México realmente cambió o simplemente aprendió a convivir con los mismos problemas?
La respuesta es ambas cosas.
México de 2026 es un país muy diferente al de hace cincuenta y seis años. Hoy existen más escuelas, más universidades, mayor acceso a la información y más oportunidades educativas que en cualquier otro momento de nuestra historia. Millones de jóvenes que antes difícilmente habrían llegado a la educación superior ahora tienen esa posibilidad.
Pero quienes trabajamos o estudiamos el fenómeno educativo sabemos que el acceso no siempre significa igualdad de oportunidades.
Todavía encontramos escuelas con enormes diferencias en infraestructura, conectividad y recursos. Todavía observamos cómo el lugar donde nace un estudiante puede determinar gran parte de sus posibilidades futuras. La educación ha avanzado, pero sigue reflejando las desigualdades que atraviesan a la sociedad mexicana.
Mi generación creció escuchando que la educación sería la gran herramienta para transformar el país. Y aunque sigo creyendo profundamente en ello, también he aprendido que la escuela, por sí sola, no puede resolver problemas como la pobreza, la inseguridad o la falta de movilidad social.
México ha cambiado políticamente. La alternancia en el poder es una realidad y los ciudadanos participan de manera más activa en la vida pública. También ha cambiado tecnológicamente. Hoy la información circula a una velocidad impensable para generaciones anteriores.
Sin embargo, algunos desafíos parecen resistirse al paso del tiempo. La corrupción continúa siendo una preocupación recurrente. La violencia afecta comunidades enteras. La desigualdad sigue marcando diferencias profundas entre regiones y sectores sociales.
Lo que sí ha cambiado es la actitud de la ciudadanía. Los jóvenes de hoy somos más críticos, más informados y menos dispuestos a aceptar que los problemas estructurales son inevitables. Exigimos resultados, transparencia y políticas públicas que trasciendan los ciclos electorales.
Como educador, veo motivos para el optimismo. He conocido estudiantes brillantes en contextos difíciles, docentes comprometidos con transformar vidas y comunidades que entienden que la educación sigue siendo el camino más sólido hacia el desarrollo.
Pero también veo que el progreso no puede medirse únicamente en cifras de crecimiento o cobertura escolar. Debe medirse en oportunidades reales, en la capacidad de una persona para construir un proyecto de vida digno sin que su origen determine su destino.
México no es el mismo país de 1970. Ha cambiado profundamente y en muchos aspectos para bien. Sin embargo, las grandes tareas nacionales siguen vigentes. El reto de mi generación no consiste en construir un país nuevo, sino en terminar el trabajo que otras generaciones comenzaron: lograr que el desarrollo llegue a todos, y no solo a unos cuantos.
Esa es, quizá, la verdadera medida del cambio. No cuánto ha avanzado México, sino cuántos mexicanos han avanzado con él.

